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Domingo, 24 de enero de 2021

Vuelva usted mañana

“...porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país.” LARRA.

Nunca habíamos tenido oportunidad de que las administraciones públicas se enfrentasen a una situación de emergencia como la actual y, por eso, nunca habíamos percibido en su exacta dimensión la nube de incompetencia que cubre la burocracia oficial española. Así que, impelidos por el inacabable rosario de despropósitos, negligencias y dejadez que día tras día acompañan y definen en España la gestión administrativa y política de las necesidades a que aboca la pandemia, la lectura de “Vuelva usted mañana”, el magnífico artículo periodístico que Larra publicase un enero de hace casi doscientos años, enfoca y define, con prístina claridad, el origen, las causas y los motivos por los que la paralización, la lentitud y la improvisación siguen campando por sus respetos en la maquinaria administrativa que habría de gestionar con diligencia, y no lo hace, esta inmensa crisis.

Más allá de las medidas de precaución y protección y al margen de las de obligado cumplimiento, nos encontramos con organismos cerrados durante semanas... porque sí; trámites interrumpidos sin razón alguna; ralentización de gestiones públicas sin justificación; abandono de diligencias; demora caprichosa de informes;  retraso de tramitación de expedientes de todo tipo y otras perlas de la peor burocracia dictadas por la pura molicie, el puesto seguro y un irrefrenable desinterés por lo común. Ese inmenso elefante administrativo que recibe una y otra vez cualquier resultado electoral sin pestañear es el reino de  los segundos escalones en la Administración, no de los directores sino de los secretarios, de los jefes de servicio, los jefes de negociado, los jefes de área (muchos jefes)... los subordinados, es decir, los encargados directos de hacer las cosas en los oscuros despachos que no dan explicaciones y son responsables de que nada, o muy poco, funcione.  No se vea en estas líneas atisbo alguno de defender la gestión privada de problemas que corresponde enfrentar a la administración pública ni, mucho menos, que esta crítica incluya a la totalidad de los funcionarios y trabajadores de la Administración, porque algunos han demostrado una profesionalidad, espíritu de servicio y capacidad de sacrificio realmente admirables (sanitarios en general, enseñantes en parte...), pero que no pueden considerarse ejemplo que hayan seguido cientos de paquidérmicos negociados, secciones, secretarías, subsecretarías y otros escalones de la cada vez más incomprensiblemente llamada Administración Pública.

Parece que en este país convivir con una burocracia oficial lenta, vaga e inoperante hubiese sido ya asumido por la ciudadanía de modo que, como hace doscientos años ya denunciaba Larra, recurrir al contacto o al enchufe, utilizar el amiguismo o la influencia personal para la gestión diligente de cualquier asunto se hubiese convertido en moneda común de los organismos oficiales. Podrían destacarse aquí algunas parcelas administrativas parte de cuya paralización (Cultura, por ejemplo) poco tiene que ver la situación a la que la pandemia ha abocado al mundo artístico y cultural, redescubriéndonos ahora que la simple contratación de eventos constituía la única actividad de demasiados organismos, frente a las labores de planificación que no se han hecho, los proyectos de cambio y ampliación que tampoco, los planes de reordenación dormidos en cajones y otras tareas que muy bien podrían haberse enfrentado, trabajado en ellas, mejorado, analizado y activado durante la obligada paralización. Pero es más cómodo aprovechar la pandemia para justificar la inacción, la vagancia y la indiferencia, sobre todo cuanto se tiene el sueldo asegurado. Terminemos con Larra (podríamos con Gila o Berlanga) para constatar la inamovilidad de la lamentable mentalidad burocrática española: “...empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y de no reconocer maestros”. MARIANO JOSÉ DE LARRA, ‘Vuelva usted mañana’, en El pobrecito hablador,  14 de enero de 1833.