El cateto moderno

Foto: Daniel Caro

- ¿De dónde eres?  

- De Salamanca.

Respondes de forma casi automática.

En cuanto sales de tu provincia, parece que se te olvida el nombre de tu pueblo. Ese pueblo en el que creciste y socializaste hasta ser quien eres hoy. “Es que si digo de dónde soy no van a saber”, intentas justificarte. Y es evidente que alguien de Asturias se quedará igual que estaba cuando le digas “soy de Lumbrales”, pero no si incluyes “un pueblo del oeste de Salamanca”. Entonces, ¿por qué no lo haces?

Lo rural siempre ha estado denostado, mal visto. O al menos en la era antes de la pandemia. Al presentar tu identidad propia como rural, asumimos que nuestro interlocutor, inherente y espontáneamente, va a ligar tu personalidad a una serie de atributos que, dependiendo quien, serán más o menos correctos.

En el imaginario colectivo, en la fotografía mental, lo rural se asocia a lo caduco. A tierras sin vida, ariscas, ancladas en el esplendor que tuvieron antes de la Revolución Industrial y los grandes flujos migratorios hacia las urbes. Al presentarte como “soy de un pueblo de Castilla y León”, algo totalmente cierto, asumes que te van a otorgar unos atributos, unas dimensiones. Te van a considerar recio. “Cómo no serlo en una tierra tan silenciosa”, piensas. Retrogrado. “Habrá de todo como en todos lados, ¿no?”. Antiguo. “Si aún estoy en la veintena”, te dices.

La brecha ‘modernidad-atraso’ parece que viene de la mano con la diferenciación ‘rural-urbano’. Y cuanto más urbano, más gentrificado y más notorio, más moderno. Y por tanto, “mejor”. Y a ti, por aquello del imaginario colectivo, te hacen sentir inferior. Como si por ser rural tuvieras otra categoría en una supuesta escala de humanidad. Algo, que, por cierto, también se empeñan en reproducir nuestros políticos en las instituciones.

Lo rural se vincula a lo cateto. A pueblos con gentes -los pocos que quedan- que con tener paz y pan se dan por satisfechos. Gente que no se queja, que no tiene demandas similares a las de un madrileño, conformistas sin vida más allá de la torre de la iglesia que corona cada municipio. Pueblos dónde no llega el internet, en la televisión no echan la MTV y que no saben qué son los aguacates. Pueblos llenos de trabajadores del campo, humildes, que apenas saben leer, que actúan como Paco Martínez Soria cuando van a la majestuosa urbe cosmopolita.

Sin embargo, la realidad que percibo es bastante diferente. Comentas que, quizá por el tamaño de mi municipio, -casi- nunca he tenido problemas con la red. De hecho, con la pandemia se está viendo cómo la gente teletrabaja desde las zonas rurales. Y, acentuado, pero no provocado por la coyuntura, siempre he conocido gente (familiares, pares, amigas y conocidos) que tienen muy claro que su futuro está ligado al mundo rural. Personas que, con independencia de sus proyectos de vida, desean quedarse a vivir en el pueblo. Del mismo modo, dices, basta con dar un paseo por los caminos concéntricos que rodean cualquier municipio para observar cómo los ganaderos y agricultores están dotados de tecnologías de último modelo para la producción. O reseñas que puedes acercarte a un bar -a dos minutos andando desde tu casa- donde ofrecen decenas de cervezas de importación a un precio bastante más asequible que el que encuentras en cualquier ciudad.

Mientras, probablemente tu interlocutor conoce datos unidos y figurados bajo el paraguas de la “modernidad bien”. Costumbres que ocurren a miles de kilómetros, desdeñando todo lo ‘cateto’ del mundo rural que ocurre a cientos de kilómetros de su hogar. Todo lo ‘cateto’ que verano tras verano le gusta disfrutar o envidia a aquellos que tienen la surte de disfrutarlo.

Probablemente a todas y todos nos ha ocurrido. Hemos llegado a la urbe, hemos socializado y al profundizar y decir que somos de pueblo, alguien ha soltado un comentario impertinente buscando desacreditarte luciendo la sombra de esa modernidad, mientras no conoce absolutamente nada de la idiosincrasia de las gentes con las que cohabita. Y ahí nos hemos preguntado “¿quién es realmente el cateto?”.