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Sábado, 23 de enero de 2021

El árbol y tú

Gracias, maestro 2020. Gracias por enseñarnos la tenacidad que desea días mejores. Gracias. Por sacudirme a bofetadas la apatía, por despertarme a lo que importa, por abrirme así los ojos. Confrontada con mi propia soledad en el encierro, confrontada con mis ganas de ponerme a llorar en los meses terribles. (Los meses siguen siendo terribles, pero ahora, que sabemos encajar la mascarilla en el rostro y salir a la calle con el ánimo de no caer, lo terrible está descargado de sorpresa). Confrontada con mi rabia, con mi miedo, con lo trémulo de la emoción con la que vimos las fotos del regreso de los niños a los parques. (No llores, me he dicho tantas veces, hace tiempo ha sido tiempo de crecer), confrontada con la espera que cruza los dedos cuando familiares, amigos, conocidos decían «positivo»; y se nos fueron, sin poder respirar su último adiós.

Dicen que ha sido un año, el veinte-veinte, cargado de lecciones, ¿quién no sabe una cosa como esta? ¿Para qué volver a escribir algo tan obvio? ¿Buscamos más allá?, más hondo, metamos los dedos en el lodo para encontrar una pepita de belleza y digamos, sí, tal vez, tuvo sentido encontrar que la hermosura es un latido a secas, sin alardes. Aquel fasto coral (cursi y magnífico) de los aplausos a las ocho en el que puse, por fin, cara a casi todos mis vecinos. La generosidad valiente de mi prima, la médica, contagiada de Covid-19 y con la tos sobrecogida, cuando decidió llenarnos el WhatsApp de recomendaciones para que nos laváramos las manos. Las cigüeñas haciendo uso del paso de cebra; la hierba de meses convertida en monte; los ritmos de la luz y los cohetes; la vacuna que solo funciona si no se rompe la cadena de frío a menos setenta grados. Los libreros salvándonos la vida, mientras hacían lo imposible por mantener su barco (que es el nuestro) a flote; leamos, nos decían; pero hay desesperanzas que nublan las palabras que empiezan a llover sobre los lentes poniéndolos perdidos de esa bruma, ¿no ves como caemos como moscas? Tantos miles, tantos. Que no se nos olvide esta tragedia: ser supervivientes nos hace responsables de recordar. Hay que leer, decían, para salvarnos. O colorear mándalas o amasar el pan en casa, sin alardes, porque este año a bofetones nos ha mostrado lo que hay: pulmones que necesitan de los árboles.

El amigo de un amigo se murió, la tía de una amiga se murió, mi amigo se murió. Más de un millón ochocientos corazones detenidos por la falta de aire. Algunos estaban solos en sus casas. Muchos estaban solos y sin nombre y sin amor que viniera a recogerles el cuerpo. Los barcos con contagio deambularon de mar en mar, sin encontrar un solo puerto en el que anclarse. Y los muertos lanzados al agua entraron en la humedad haciendo un ruido seco, sin alardes.

Los meses de las puertas cerradas, maestro 2020. En diciembre, mi descuido olvidó una lenteja en un charquito (sobre la bandeja en la que escurren los platos). Tres días después había raíz, después hojas. La sembré, la amé con fuerza y creció. La sigo mirando, aquí a mi lado, con el asombro de pensar que una lenteja germinada es capaz de recrear el mundo. Estar en este día es ser sobreviviente. El café al despertar, su sabor a tierra que amanece. Toda hermosura es sin alardes: lo escueto del mensaje de mi prima pidiéndonos que nos laváramos las manos; mi amigo despidiendo a su padre con la tenacidad de un roble, con todo su silencio puesto en pie de sublime dignidad a secas. ¿Sabías que sin árboles no respiramos? El árbol y tú. La tierra en la que se deslíe la arcilla que somos, la tierra que nos sostiene los pies y los cantos. La hermosura es mi sobrina, sus cuatro años que piden salir a jugar y su carta navideña que dice: «queridos Reyes Magos, el próximo año, por favor, que el coronavirus se vaya de aquí, o que se canse».

Es bonito el número que sigue porque contiene una secuencia: veinte, veintiuno. Las uvas han pedido volver a abrazarte.

©Catalina García García-Herreros

(Salamanca, 1 de enero de 2021)