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Lunes, 18 de enero de 2021

La infancia no vivida

«Lo que se les dé a los niños, los niños darán a la sociedad»

Karl A. Menninger

A pesar de nacer en una capital de esas en las que a determinadas horas se forman grandes atascos, la gente pelea por un asiento en el metro y la contaminación no permite disfrutar del firmamento, me siento privilegiado por “ser de pueblo”. Mis padres, naturales de un pequeño municipio del oeste salmantino –al que probablemente algún día dedicaré algunas líneas–, me premiaron durante mi infancia con multitud de fines de semana y periodos vacacionales correteando por sus calles. Recuerdo con nostalgia las tardes tratando de capturar ranas en el caño, patinando sobre el frío hielo del regato o recorriendo los pueblos aledaños en bicicleta. Además, de las salidas nocturnas en época estival para jugar al escondite o a la cadeneta. Esos días, en los que compartía la mayor parte del tiempo con mi pandilla de amigos, me sentía muy feliz al liberarme de las formas de vida impuestas en la ciudad.

En los últimos años, con la invasión de las nuevas tecnologías, los hábitos de los niños y niñas en los pueblos han cambiado. En las plazas ya no se ven tantas carreras al pilla pilla, ni discusiones por quién ha sido el primero en tocar la pared en el escondite. Apenas sobrepasada la primera decena de años, muchos niños y niñas se congregan en torno a sus smartphones y –pese a que aún no posean la edad mínima exigida para emplear los servicios de compañías como google– divierten su tiempo con prácticas similares a las de los adultos (intercambio de mensajes, vídeos y fotografías, búsquedas en internet…).

Sin ser objeto de estas líneas valorar los riesgos que implica el uso de estos dispositivos –con un peligro potencial superior al de los citados juegos (cuyo menoscabo no iba más allá de un pantalón roto o una herida en el codo)– y consciente de que las denominadas “crisis de valores” no son más que procesos de sustitución de los mismos, les invito a reflexionar en torno a la siguiente pregunta: ¿qué impacto tendrá esa infancia no vivida en los adultos del futuro?