Cuenta nueva... si no se olvida el borrón

El último domingo del pasado 2020, bien temprano, la buena de doña Araceli, a sus noventa y seis años de edad, en una residencia de Guadalajara, daba gracias a Dios por haber sido vacunada contra el coronavirus. Le tocó ser la primera y salir en directo por la televisión, abrir informativos, copar portadas… y a ella le pareció que la mejor respuesta era “gracias a Dios”. Era la suya. Yo también las doy con ella. Por la vacuna tan ansiada y por un año inolvidable en el que, lo espero, habremos aprendido a vivir mejor en el sentido menos evidente, menos actual y menos popular de la palabra.

Un año, el 20, para siempre marcado por el anterior, 19, ese número primo que habíamos dejado atrás y reclamó protagonismo en marzo. Se llevó para sí el 20 y comenzamos el 21 bajo su imperio. Suerte de que ya vimos la luz, siquiera unos rayos nacientes del sol recién recibido, cuando doña Araceli desnudó su brazo izquierdo en la residencia “Los Olmos”. Éramos un olmo bastante seco, hendido por otros rayos más oscuros y destructores, podrido por diversas podredumbres, pero en el último domingo del año viejo nos salieron algunas hojas verdes.

Dispuestos como estamos a la cuenta nueva, recién arrancada, anhelada como pocas veces, mal haríamos ignorando el borrón de múltiples trazos con que se nos ensució la blanca hoja de 2020. No era una página limpia, claro. Antes de la pandemia este mundo era ya olvidadizo. Me incluyo y me pongo el primero, porque nadie tiene más culpa que yo de mis egoísmos. Si releo algunas pocas notas personales de estos meses y hago memoria sé que soy muchas veces olmo seco, pero también me consuelan las hojas verdes de cuando he desnudado el brazo y he dado gracias a Dios.

Uno de los borrones más graves de 2020, que debiéramos asumir todos como sociedad pero obviamente cada cual según su responsabilidad, fue el desbordamiento en la atención a los enfermos que lo precisaron, que no se dio en la medida deseable, y sobre todo en aquellos ancianos y personas dependientes que viven (o vivían) en las residencias. Centros socio-sanitarios, decimos. Podía haber ocurrido y, de hecho, ocurrió. Demos por bueno que los acontecimientos se precipitaron: no es cierto, hubo tiempo para reaccionar y no se acertó en la labor preventiva desde el Ministerio de Sanidad. Aun así, la realidad devoró al sistema sanitario, que improvisó y salvó muchas vidas… pero llegó hasta donde podía llegar y bastante más allá de sus límites. Con la tempestad, también sus sombras, sus carencias y los profesionales menos comprometidos, que no se trata de ser corporativistas y negar la verdad.

Sin embargo, peor borrón que no haber podido o no haber sabido fue intentar tapar el borrón con la vanagloria, el triunfalismo, las grandes declaraciones y la propaganda. Es “urgente medicalizar” las residencias de ancianos, declaró el vicepresidente Iglesias, ministro de lo social, desde el mando único del Gobierno de España, recién estrenado el primer estado de alarma. Las diversas administraciones autonómicas, sociales y sanitarias, teóricamente bajo su control, interpretaron esto de la medicalización más en clave paliativa que curativa. Esa fue mi experiencia, eso leí en sucesivos informes bioéticos para la gestión de la situación y eso percibí cuando llegaron remesas de cloruro mórfico a mi centro de salud. No había sitio en los hospitales para todos los que no podían curarse en su domicilio. Y claro, al contrario que la vacuna que pusieron a doña Araceli el domingo pasado, la morfina llegó sin pegatina. Sin escudo. Sin letras grandes para leer bien claro “Gobierno de España”. Sin vacuos artefactos de los de Iván Redondo. El destino era el mismo: cientos de “Los Olmos” desperdigados por todo el territorio nacional. ¿Se juzgará esto algún día? ¿O lo cubrirá el manto del olvido como olvidados estaban ya miles de los habitantes de esas olmedas? Por lo pronto, nadie ha dimitido. Será la costumbre de apadrinar los éxitos y dejar los fracasos en orfandad….

Bienvenida, de todas maneras, la vacuna… o las vacunas. Y la cuenta nueva. Y el 2021, con su Jacobeo en fecha y sus Juegos Olímpicos aplazados. Lo deseamos próspero, más que nunca, y feliz. Podrá serlo si hemos aprendido de lo que hemos emborronado antes. Un borrón que no deberíamos tapar con ninguna pegatina.

 

En la imagen, el olmo viejo y seco machadiano, cubierto de nieve. No es la nieve carbónica que precisa la vacuna pero… “año de nieves, año de bienes”