Merece la pena

Una de las preguntas decisivas que siempre nos hemos de hacer es la siguiente: ¿qué da sentido al mundo?, ¿en qué contribuimos nosotros a que el mundo sea un cosmos y no un caos?

            Las respuestas son infinitas y no son unidireccionales ni excluyentes. Nos planteamos estos días –en que todos celebramos estas fiestas, tan tradicionales y arraigadas en nuestra sociedad, del ciclo navideño o de los doce días, como también es conocido– tales interrogantes, porque observamos en las conductas sociales, y también personales de los individuos, una dualidad que nos define.

            Para unos, las fiestas navideñas han pasado a convertirse, desde hace ya años, en sinónimo de hedonismo, uno de los venenos que silenciosamente corroe nuestra sociedad: buen comer, buen beber, buenos regalos…, que es lo que parece estarse publicitando de continuo en este primer mundo en el que tan regaladamente vivimos.

            Da igual que exista una humanidad precaria, una humanidad en la absoluta intemperie, ya esté formada por inmigrantes, parados, marginados de todo tipo… Contra el empuje del hedonismo insolidario nada se resiste. Y tal hedonismo crea caos, destruye los recursos, es insostenible. Parecería ser la actitud dominante, tal y como se nos publicita. Y podríamos figurárnosla como uno de los jinetes de ese apocalipsis que pareceríamos estar viviendo.

            Para otros, por el contrario, vengan los días que vengan, hay un deber moral del ser humano consciente hacia esa humanidad que acabamos de describir; hay una actitud de estar ahí, con ella y junto a ella. Y es aquí donde surgen las actitudes humanas que merecen la pena. Porque tales actitudes dan sentido al mundo, dan sentido al ser humano, crean cosmos, crean salvación (entendiendo tal término no en un sentido meramente religioso).

            Por ello, merece la pena la actitud de las gentes que estos días distribuyen viandas de los bancos de alimentos; elaboran menús para las gentes que vive en la indigencia o apenas tiene para alimentarse con dignidad.

            Merece la pena la gente que rescata inmigrantes en los mares, que los recibe cuando llegan a tierra, que se ponen a disposición de solucionar los problemas que puedan tener.

            Merece la pena… Podríamos traer a aquí muchos otros ejemplos. Convertiríamos en interminable la lista de unos hilos con los que se configura ese tejido hermoso que da la mejor imagen del ser humano.

            En nuestras tradiciones orales, hay un villancico, catalogado como romance, que expresa el dualismo humano que acabamos de plasmar. Es muy hermoso y muy tierno. Acaso, sus sílabas eufónicas pudieran también servirnos estos días para afianzar esa perspectiva que merece la pena.

“–Madre, en la puerta hay un niño - más hermoso que el sol bello, / tiritando está de frío - y el pobrecito está en cuero. / –Anda y dile que entre, - se calentará, / porque en este mundo - ya no hay caridad, / ni nunca la ha habido,    ni nunca la habrá.”

Caridad que ha de ir de la mano siempre con la equidad y la justicia.