Contando con los dedos 

Poco a poco se ha ido completando la lista: se engalana como si no hubiera un mañana (que lo hay), suenan villancicos en las calles, se montan casetas de poner y quitar para los mercados navideños que exhiben con orgullo la artesanía que, día a día, mes a mes, ha llenado esos tiempos de recogimiento, de espíritu hacendoso, de laboriosidad, confinados esperando tiempos mejores, todo ello después de que los carteles negros de los descuentos, ocupando grandes cristales, intentaran abrumarnos, y antes de que los de color rojo, anunciando increíbles rebajas, nos vuelvan a invadir.

Nos hacen las cuentas con calculadoras gigantes, grandes dígitos, enormes estadísticas, descomunales números con miles de ceros. En las empresas, en los comercios, en las tiendas de la esquina hay demasiados huecos, demasiadas faltas, cifras que dejan una nota bordeada de negro en las necrológicas; otras que saltan a la vista en la casilla de población activa de las páginas de los periódicos para pasar a formar parte de una cuadrícula distinta en otro lugar, números ruborizados que sacan los colores de una sociedad a la que le sobran las personas y las amontona en otros espacios, después de haberles sacado las entrañas de la labor, tras haber quitado la vida a dentelladas con horarios imposibles. La enorme excavadora los apila, le da igual: por jóvenes o mayores, por expertos o inexpertos, por falta de actualización o por excesivamente formados. Algunos echan la culpa al virus.

Mientras tanto, en las casas, hacemos cuentas con los dedos para ver si podemos estar. Sobran platos, sobran cubiertos, sobran espacios en la mesa, sobran copas, sobran sillas… Empezamos a tener conciencia de lo que es ser muchos o pocos, ser más o menos de los que siempre fuimos…

En los hogares éramos otros, éramos antes, ahora somos recuerdo y añoranza, vivencias especiales que conservamos como grandes tesoros en lo más profundo de nuestros corazones. Somos olor a masa dulce, a tostado de horno, a estrellas doradas pintadas a mano alrededor de la mesa camilla, grandes y pequeños, compartiendo risas y emociones, floreciendo a la vida con notas de canciones, villancicos que hablan de pastores y de peces que nuestras mentes infantiles imaginan de colores, deslizándose con elegancia, festoneando un río de papel de plata.

Éramos lavandera que lavaba en el río, y ropa tendida en un hilo sacado de una bobina del costurero de una madre hacendosa, prendido en dos diminutas ramas de arbusto que se convertían en nuestra mente en árboles gigantes. Con el impecable blanco de una cuartilla de papel, nuestras tijeras, encantadas, recortaban con forma de pañal de niño, de camiseta abrigada, de patucos calentitos, de babero que enjugara papillas…

Dulces piedrecitas, de todos esos colores, envueltas en pequeñas bolsas de celofán, venían de la pastelería prestas a obedecer nuestros caprichosos caminos para llegar al portal, o a ser los apoyos sobre los que cruzarían el río los pajes de aquellos Reyes, tan mágicos, sin mojarse las babuchas que guiaban sus pasos venidos desde el Oriente…

Qué lejos estaba todo, qué lejos, qué grandes eran todos los espacios fuera o qué pequeños nosotros, qué pequeñas eran las casas que poníamos salpicadas en aquellas montañas, las “tan pequeñas” “cerca de lo lejos”; “lo lejos” próximo al castillo de los malos; las más grandes, delante.

Qué enormes eran las manos de mi padre rellenando cuidadosamente de serrín aquellos pequeños huecos entre las cosas, qué exquisitas las de mi madre espolvoreando harina sobre los caminos y los tejados…

Es tiempo de mirar hacia dentro, de sondear el pozo de los recuerdos, de escanear las imágenes de la nostalgia, de tejer una madeja entera de paciencia, manos amorosas, esperando todo lo bueno que está aún por llegar. Momento de compartir, de amar, de tener presente, incluso en las ausencias.

Tiempo, también, de hacer planes, de tener ilusiones, de mirar, con mucha esperanza, el futuro.

 

Brindamos por otros ciento cuarenta artículos más, agradeciendo tanta fidelidad.

¡FELIZ NAVIDAD!