Reiterados ritos

La navidad es un ritual que conjura el frío y la pena con su caricia de luces, regalos, encuentros y comidas. Un tiempo que todo lo acentúa: la inocencia, la esperanza, la soledad, la caridad, la gula y hasta el deseo siempre absurdo de ser mejores y de tener más.

-A ver si este año nos toca la lotería.

Mi padre hace la cábala compartida. Si no se puede estar en la misma mesa con el compañero de trabajo ni beber la copa navideña con los amigos, al menos la esperanza de la prosperidad –ese nombre de barrio tan significativo- nos hermana a todos en un solo deseo.

-Que tengamos salud y ya se verá lo demás.

Del árbol de navidad cuelgan las felicitaciones y las esperanzas de un reencuentro. Y el alivio, el alivio de estar vivos, respirar el frío a través de la mordaza, acarrear por las calles el botín de regalos aunque los niños sean una sombra ausente que se desgañita por teléfono y en la escuela enmudecen sin cantar villancicos ni vestirse de pastorcitos de la España vaciada.

-A esta niña lo que le hace falta es una oveja.

Mi hija quiere ser pastora y lo único que apacienta son apuntes. Las notas son ese regalo anticipado que alguno convertirá en avión de papel antes de arrojarlo a la basura camino de su casa. A veces los padres creen que las calificaciones llegan después de los reyes, cuando recogemos el árbol y ponemos el cartel de las rebajas. Para rebaja, la de nuestro magro presupuesto dedicado a prevenir esa pandemia que parece respetar a los niños y a los jóvenes amontonados a la salida del instituto. Y ya es un mantra.

-A estos se la suda la pandemia.

Arrastramos todos un cansancio triste que, sin embargo, se solaza con el reiterado rito navideño. Y mi ciudad provinciana se llena de corredores que se preparan para la San Silvestre, y sus piernas enfundadas en mallas recorren las calles como un latido de normalidad. Compras, regalos, gorros con pompón de lana. Es la luz del pesebre, el Belén de cada año, el árbol renacido del trastero, la ilusión intacta. Y el drama de quienes han perdido por el camino a quienes son un número para los afortunados que por ahora, nos mantenemos en la batalla.

-Este año, la mayor lotería es estar vivo.

Vivo y respirando el aire que nos hurta el miedo. Que nos escamotea el virus, que resuena en el pecho de los corredores ajenos al frío. Corren y corren y vuelven a correr y me consuelan de todo mal, paso certero. Volar, partir, sobreponerse a todo. Vacaciones y tiempo detenido mientras galopa el corazón, constante corredor de la esperanza.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.