Advertisement
Sábado, 23 de enero de 2021

Google también es frágil

¡Menos mal! Ya empezaba a erosionarse mi floja autoestima ante la hiperpotencia de las superpotencias políticas, militares y cibernéticas. De que uno es frágil ya me había dado cuenta hace mucho tiempo, pasada la juventud, en la que uno puede creerse que es indestructible; ya se encarga la vida de bajarte del machito y tirarte del caballo, si es que no te hace morder el polvo mediante una enfermedad, un accidente, una catástrofe natural o, lo que es peor, una desgracia de los tuyos, los más cercanos, los que más quieres, por no hablar de terrorismo, guerras, hambrunas y otras sacudidas.

     En Europa, después de muchos siglos de guerras internas y externas, invasiones, pestes y revoluciones, parece que ahora, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, disfrutamos de un período de relativa prosperidad, paz y seguridad no exentas de sustos. En Europa y en el universo mundo se ha desencadenado, desde el final de 2019, esta gran pandemia que nos ha recordado nuestra fragilidad, aunque algunos hacen como que no fuera con ellos, estilo avestruz, y otros se esfuerzan en negarla, por más evidencias que les golpeen. Se ve que, entrenados durante decenios en el disfrute permanente, ahora “no nos podemos de creer” nuestras limitaciones y, en efecto, no nos las creemos, a menos que nos toquen de cerca.

     El Estado del Bienestar nos ha defendido a los ricos hasta ahora, pero ya se le van viendo las arrugas y las patas de gallo; no todo es belleza juvenil de anuncio de colonia cara. En efecto, ya hace tiempo que los Estados, incluido el Estado de Bienestar, están perdiendo fuerza ante corporaciones y núcleos de poder aparentemente inmunes a los controles democráticos y ajenos al Derecho Internacional promulgado por las entidades regionales (OEA, UE, OCDE,…) o por las mismísimas Naciones Unidas: holdings financieros, lobbies ideológicos y, últimamente, empresas y corporaciones tecnológicas que tienen tanto o más poder económico y mediático que los estados más fuertes, que a su vez, están en riesgo cierto de confrontación bélica; el historiador británico Antony Beevor así lo teme en una entrevista de un suplemento dominical del domingo pasado: “…Los líderes militares estadounidenses, en privado, están esperando una guerra con China en los próximos cinco años. Esto es aterrador.”. Pero estas grandes empresas neotecnológicas también son frágiles, como se ha demostrado hoy mismo con el apagón de Google en todo el mundo, bien que solo durante una hora, de modo que ya no solo los mayores que viven en residencias, o en casa, somos frágiles, también “los más poderosos” lo son.

     “Nada humano me es ajeno”, como ya dijo Terencio hace muchos siglos. Y todo lo humano es bipolar: por una parte está llamado al infinito y, por otra, es muy frágil. Lo humano es cuántico, porque está, a la vez, en lo mismo y en lo contrario: todo el Universo nos cabe en la cabeza, como ya adelantó con típico optimismo el gran filósofo Leibniz, pero mucho antes que él, en los comienzos de la filosofía griega -una de las raíces más fuertes de Occidente-, Sócrates reconoció con sabia humildad que solo sabía que no sabía nada, lo cual no era cierto, sino que significaba que estaba siempre en actitud de aprender y de dejarse sorprender por la realidad y por la verdad, que es la realidad al alcance de nuestra comprensión…o al menos, de nuestra reflexión y de nuestra búsqueda apasionadas.

     Cristiano católico como soy, ayer me tocó vivir y celebrar el “Domingo Gaudete”, el domingo “¡alegraos!”, el domingo de la alegría. ¿Y por qué esa alegría, con la que está cayendo? Es la reflexión sobre el Misterio: el Todopoderoso, el Infinito, la Realidad Suprema…o por mejor decir, “el Padre de los astros” (Carta de Santiago. 1,17), el Creador, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Dios Padre, vaya, ha aceptado asumir toda nuestra fragilidad, nuestra carne, para elevarla hasta el infinito, hasta “sentarse a la derecha de Dios”, de modo que Dios se ha metido en nuestro ADN, respetándolo, sin introducir en él ningún gen potencialmente cancerígeno o deformante, sino por el contrario, transfigurándolo mediante la impregnación de su Espíritu.

     ¿Espiritualidades y buenos deseos navideños? Puede. Pero también, la realidad de que todas las personas tenemos la misma dignidad: la persona de los más débiles, de los que antes de nacer corren el riesgo de ser abortados, la persona de los candidatos a la “eu-tanasia” (lo pongo entre comillas porque el prefijo “eu”, bueno en griego, sólo es definible por el poseedor del copyright, o sea, Dios, o la Naturaleza que evoluciona, o ambas cosas, que Ciencia y Fe son compatibles, Misterio y Conocimiento hermanados), las personas especiales, las personas que se ven forzadas a migrar, las personas de los pobres, los excluidos, los que habitan las cunetas de la vida, todas esas personas tenemos el ADN de Dios, igual que los ricos, los sabios, los listos, los fuertes y los guapos. Y mujeres u hombres, xx ó xy, igualados en la diversidad. Y al ADN de Dios le pasa lo que al SARS-Cov2 –el virus de esta maldita pandemia-: no distinguen de fronteras ni de clases. Deben ser cosas de la Biología, expresión material del Logos eterno (cf. Prólogo del Evangelio de Juan).