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Lunes, 25 de enero de 2021

Tristeza Constitucional

     Imaginemos que yo soy de un pueblo que tiene un casco histórico bonito y monumental del que casi –siempre hay un “casi”- todos estamos orgullosos. El conjunto arquitectónico y paisajístico es hermoso, y el municipio se ha dotado de unas normas de construcción y rehabilitación de edificios encaminadas a mantener la belleza del conjunto dentro de un estilo característico, fruto de largos siglos de historia común no siempre pacífica, con episodios violentos que han dejado cicatrices en el paisaje, pero que ya han sido integradas y aceptadas por todos porque estas diferencias y esta pluralidad parecía que enriquecían el patrimonio de todos.

     Pero hete aquí que, en el barrio nuevo, en el que los menos pobres han ido construyendo casas nuevas y brillantes, se han puesto todos de acuerdo para imponer un nuevo estilo arquitectónico y con un mobiliario urbano ultramoderno pero que no pega ni con cola con el resto del conjunto paisajístico. En el uso de su libertad de expresión han organizado una especie de asamblea de barrio en la cafetería para darse nuevas normas. No pretenden cambiar el estilo del resto del pueblo, pero exigen que los demás barrios respeten sus puertas de acero inoxidable y sus ventanas de polipropileno, nada de madera, que es muy antigua y, además, no es plan de talar árboles para mantener el estilo constructivo del pueblo. Poco a poco han ido cambiando el paisaje y ahora pretenden que el resto del pueblo lo acepte, aunque ello lleve consigo la pérdida de la Declaración de Conjunto protegido por la UNESCO.

     Esta metáfora ya me ha tocado vivirla en España, no en asuntos directamente políticos, pero sí sociales y religiosos: una parte del todo quiso cambiar las cosas sin contar con la opinión del resto y pretendiendo que todos aceptáramos lo suyo como lo mejor para todos, pero sin contar con el resto, o sea, sin contar conmigo ni con los de mi pueblo. Los cambios se van imponiendo poco a poco hasta que, volviendo a la metáfora, al conjunto arquitectónico del pueblo ya no lo conoce ni la madre que lo parió, parafraseando la famosa frase de D. Alfonso Guerra, que en paz política esté.

     Me da la impresión que eso es lo que está pasando en España: poco a poco, decreto a decreto y ley a ley (“de la Ley a la Ley” ¿Les suena?) se va cambiando la Constitución, con un deficiente control parlamentario, no sea que los diputados se contagien  del coronavirus, hasta que cuando nos queramos dar cuenta,  el castellano o español ya no será “lengua vehicular”, aunque la hablen seiscientos millones en el mundo, los jueces serán nombrados por el poder ejecutivo. El partido “B” así lo quiso en 1985; el partido “C” siguió controlándolo, a su otra manera, y el partido “A”, fundador del sistema, no podía hacer nada porque se había ido por el sumidero electoral al limbo de los justos políticos; ahora, el partido “B”, al que se suma el “D”, de nuevo cuño, populista a la última moda, y el “E”, viejo como la pana, el “F”, también viejuno y con pretendidas raíces forales medievales y el “G”, al que hasta hace poco le gustaba mucho el “tiro al pato” y ahora se conforma con el “tiro al plato”. Mientras tanto, el partido “C”, peleado con los nuevos partidos “H” e “I”, porque no hay mejor pelea que la pelea familiar o de los muy “allegados”, afila sus armas económicas para salvar de nuevo a la patria de la debacle de pobreza, paro y emigración que se avecina para cuando las vacunas de Pfizzer, Moderna, Oxford, o las españolas que siguen avanzando pasito a pasito, permitan ver el conjunto del panorama. “Largo me lo fiáis, Sancho”.

     Entre todos la mataron, porque ella no se murió, y de sus ruinas emergieron, piafantes, un conjunto de repúblicas o de republiquetas, que van a ser merendadas por los gallos, los osos, los zorros o los dragones transfronterizos, hasta convertirlas en un parque temático ecológico de la biodiversidad mediterránea y de los bosques de ribera y un magnífico conjunto de casas rurales para hacerse la ilusión de que seguimos en contacto real con la Naturaleza y no en un mero videojuego virtual de reportajes de Félix Rodríguez de la Fuente, que Santa Gloria haya. ¡Que inventen y fabriquen ellos!