Ni demasiada tristeza ni demasiada alegría

Aunque los estados de ánimo y en general la salud mental tienen un alto componente individual (la historia individual y las circunstancias socioeconómicas que rodean a cada uno modulan decisivamente nuestro malestar o bienestar) hay momentos colectivos que afectan de algún modo a la totalidad de la población. Como por ejemplo este año que termina, el año 2020, en el que hemos sufrido y aún sufrimos la pandemia.

Por eso ahora podemos hablar de qué está pasando con la salud mental y nuestros estados de ánimo, en el conjunto de la sociedad, incluyéndonos en ese conjunto a todos.

Hay tres afirmaciones que no parecen admitir dudas: La primera, que desde que empezó la pandemia hay un aumento muy significativo de las patologías mentales en nuestra población; tanto en la aparición de nuevas psicopatologías, como en el empeoramiento de las ya existentes. Sin embargo, en España, apenas se está atendiendo este sufrimiento, salvo escasas actuaciones de voluntarios, muy loables, pero completamente insuficientes.

La segunda afirmación es que la inestabilidad que produce en la totalidad de los individuos estos inestables tiempos es un hecho observable y comprobable, de tal manera que si alguien afirmara que a él no le afecta  todo lo que está pasando, concluiríamos que el que dijera esto no sería ningún sujeto “normal”, humano. Lo que sí que hay es una gran variedad de respuestas emocionales individuales: hay gente que lo está pasando anímicamente muy mal, la mayoría de la población sufre algunos síntomas que anteriormente no tenían y que revelan sufrimiento psíquico (como excesiva tristeza, insomnios, dolores de cabeza, dispersión mental, agresividad e impulsividad aumentada, desconfianza en el otro, etc.) y también hay un pequeño sector de población que logra controlar la “marejada” emocional del presente, sin perder el timón, sin hundirse, sin hacerse daño significativo ni a sí mismo ni a los demás.

La tercera afirmación es que el tomar conciencia de lo que está ocurriendo en el presente y no perder la perspectiva del futuro, aunque nos parezca una idea obvia, este pensamiento tiene un valor terapéutico innegable, en el sentido de evitar lo agudo del sufrimiento; el síntoma colectivo que percibimos ahora ( al menos en nuestro país) de estar más pendiente de tiempos pasados traumáticos ( la guerra civil, la postguerra, la Transición) que del presente, y apenas referirnos al futuro, es un mecanismo psicopatológico de defensa, que en estos duros momentos  solo sirve para agredir, como observamos por desgracia diariamente en la vida política de los partidos.

En conclusión, por muy mal o bien que nos haya tratado la pandemia, no parecen momentos para sentir ni excesivas alegrías, ni excesivos sentimientos de ruina. Cuando a finales de noviembre veíamos cómo se instalaba y encendía con premura el alumbrado de Navidad, la mayor parte sentimos una especie de desajuste entre nuestro estado de ánimo y la invitación a la fiesta callejera que anunciaban las miles  lucecitas. Y lo mismo sentimos al escuchar a “profetas” vocingleros proclamar que estamos sufriendo las siete plagas del Apocalipsis; por más que deseáramos creerlos, una parte nuestra “huele” la manipulación conocida de a río revuelto ganancia de pescadores.

Pero la gran mayoría somos, o deberíamos ser, suficientemente mayorcitos, para caer en las ilusorias redes de los profetas, que lo que les interesa es freírnos en su sartén.