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Martes, 19 de enero de 2021

Airosa torre del aire

Era el palacio de los Fermoselle escenario de las luchas intestinas de los bandos de la ciudad, incluso de un asesinato por amor al galán enemigo

Una de las ventanas de la Torre del Aire. Foto de José Amador Martín

         La llama Amador “La Torre más hermosamente llamada”, y su  objetivo se prende de todas y cada una de las diferentes ventanas que se abren, abanico de piedra, en el lienzo oriental de ruda piedra. Es el edificio sólido y majestuoso que se adorna con la Torre del Aire. Plaza ganada a la geometría de la Gran Vía y su uniforme apostura franquista de piedra de Villamayor, la de la Constitución es un espacio que respira donde se tiende la Náyade exquisita de Agustín Casillas y se muestra en toda su belleza la fachada del Palacio de los Fermoselle, aquel levantado en 1440 y que luego perteneciera al Barón de las cuatro Torres cuyo misterio llega hasta nosotros ¿Tenía cuatro torres de verdad el edificio o solo alguna otra más que fue derruida por abandono? ¿Le da nombre la calle del Aire a la Torre o es la Torre la que nombra a la calle pequeña que da a la Plaza de Santa Eulalia, espacio de niños, de mercado popular, de sombra de una iglesia derruida? La Salamanca desconocida, menos paseada, guarda rincones tan hermosos como la conjunción de la avenida clásica, escuadra y cartabón de la administración de un tiempo de posguerra y garcilasismo de Escorial, con la edificación de finales de la edad media, contundente factura y delicadas ventanas góticas donde se asoma el incipiente renacimiento.

         Era el palacio de los Fermoselle escenario de las luchas intestinas de los bandos de la ciudad, incluso de un asesinato por amor al galán enemigo, Romeo y Julieta que narrara Matilde Chener, quien contaba también que la casa señorial, casi un castillo, tenía una pesada cadena de hierro que actuaba como pararrayos y acababa en un pozo. Era el espacio elevado de la fortaleza que ahora nos sorprende con la rotunda torre de casi seis pisos de altura que deberíamos ganar para disfrute de la ciudad, pidiéndole permiso a las monjas que tras el uso como fábrica de paños en el XVIII poseen el edificio. Atalaya en la ciudad para comprobar su extensión y su geometría que quisiéramos disfrutar como espacio monumental, Torre del Aire rotunda y abierta a todos los vientos que se adorna, en la sólida fortaleza, con cuatro ventanas góticas, todas diferentes, entre los pesados sillares de piedra y las saeteras dispersas que nos recuerdan su voluntad defensiva.

         Ventanas góticas, aljimezes exquisitos con trazos de piedra circulares de bella factura, mozárabe, morisco trazado de compás de piedra. Aljimez es la ventana de dos aberturas separadas por una delicada columna llamada mainel o parteluz. Ventana de arco ojival de geométricos adornos árabes, arcos lobulados, finas columnas, herradura mora en la casa de los Fermoselle. Es la conjunción del gótico con el arte mozárabe en tierras de guerreros y damas asomadas al aire de su ventana, al hermoso espacio de su bordado de piedra, bellos arabesco. Hay que admirarse ante estas bellas ventanas que el fotógrafo recrea, una a una, deleitándose en su trazo de calígrafía mora. Es el extraño encuentro de formas de arte que contrastan, en su elevada fuerza, con la torre rectangular que se eleva al cielo, la más hermosamente llamada en esta Salamanca de sugerente toponimia y callejero prodigioso.


         Un cielo caro al vecino de su altura. Cuenta la escritora Trinidad Ardura en sus recuerdos del maestro Torrente Ballester, su cercanía con el monumento. Los Torrente vivían en la Gran Vía y era tal la querencia del gallego a la Torre que se vislumbraba por sus ventanas, que llamó así a sus columnas de prensa, incluso al libro que las recogió publicado en 1992 titulado Torre del aire. Porque de aires y vientos cambiantes sabía mucho Don Gonzalo, quien había escrito la segunda parte de sus sombras y gozos en 1960 bajo el excelso epígrafe de Donde da la vuelta el aire. Poco sabía entonces Don Gonzalo que a la vuelta de Albany viviría en la Salamanca airosa de los años setenta, cuando era una ciudad recoleta, provinciana, más bien quieta, aparentemente cerrada a todos los vientos, tradición y campo o como rezaba el dicho que adornaba los coches cuando yo era chica: Salamanca: arte, saber y toros.

         Era vecino de la torre airosa el Gonzalo Torrente Ballester al que hay que recodar en su salmantino deambular por los paisajes y los paisanajes como el Unamuno que palpita aún entre nosotros. El recuerdo de Trinidad Ardura y de la poeta Charo Ruano así como el de sus amigos y alumnos del Torres Villarroel precisa de espacio y de reconocimiento. Y quizás de alta torre, de soto unamuniano, porque la ciudad se eleva en forma de Ieronimus, Clarecía, Dominicos ¿Por qué no Torre del Aire a la manera de Don Gonzalo? La Salamanca letrada, la Salamanca literaria es de altos vuelos y en la esquina de la pequeña, de la bella, de la exquisita calle del Aire alza la mirada el fotógrafo para descubrir la grandeza de una torre asentada en la avenida de la modernidad. Es la fortaleza del recuerdo, aquella que se orna de ventanas ojivales, de testimonios bellos, de evocaciones plenas de reconocimiento. Al aire de su vuelo…

Amador Martín, Charo Alonso.