Advertisement
Miércoles, 20 de enero de 2021

Algarabías

Con el (inquietante) regocijo del periodismo sensacionalista (casi el único que existe en este país) y el (sospechoso) silencio general de la política, se hace público un manifiesto firmado por militares en el que se propone una intervención militar “para salvar España” para, según los firmantes, recuperar los eternos valores que definen la esencia de la nación, y que, como medida adicional, alguno de sus autores propone “fusilar a 26 millones de hijos de puta”.

Leído el “manifiesto” (escrito con el lenguaje cuartelero cuya baja estofa ha sido santo y seña de lo castrense en este país), a poco que uno conozca el fascismo español, se comprueba que en el tono y el estilo (un decir), vienen a calcarse las arengas y justificaciones que hace casi noventa años utilizaba el reaccionarismo para allanar el camino de lo que en 1936 constituyó uno de los mayores genocidios y crímenes de lesa humanidad, perpetrados por los golpistas del 18 de julio, y que sumieron a España en uno de los períodos más sangrientos, oscuros, crueles y dolorosos de su historia.

Si no fuese porque tanto las palabras, el contenido, los argumentos y la forma de este manifiesto- toque de corneta patriotero, así como la presuntuosa jactancia de los uniformados firmantes (ya retirados) provocan el hastío de aburrimiento por la cutre ignorancia del mundo que revela, movería a risa leer semejante rosario de estupideces, provocaría la carcajada el ver que nostálgicos de la más cruel dictadura, evocadores de las glorias del fascismo, enarbolan todavía el espantajo de la sagrada unidad de España, la bandería del patriotismo cañí y el ardor guerrero servil a su caudillo luciendo, como patriarcas bananeros, condecoraciones, medallas,  galones y estrellas con que amenazar a quienes se las procuran, sufragan y mantienen.

Mil veces se ha denunciado que, en la tan alabada Transición, aquella de la reforma y no de la ruptura, una de las grandes carencias fue haber mantenido al ejército con las mismas estructuras, vicios, escalillas y costumbres con que sirvió durante décadas al franquismo del que fue principal baluarte y defensa. Esa incapacidad (o temor) de la democracia española para abrir y limpiar el núcleo de un poder así, fue la causa de múltiples problemas, amenazas y chantajes, como el intento de asonada del 23 de febrero de 1981, y dio alas a la permanencia de una paralela organización civil franquista responsable y cómplice de amenazas a la libertad y a la convivencia, anteriores y posteriores, como la operación Galaxia, la matanza de Atocha, Montejurra, Yolanda González, la triple A y otros jalones de nuestra memoria y sufrimiento cuando creíamos extinguida la dictadura, propiciados por la incapacidad, el miedo y el chantaje que la larga sombra del fascismo ha extendido a lo largo del proceso democrático hasta hoy, que aun con tintes de ridícula opereta, grita todavía la arenga patriotera enarbolando el pistolón.

El manido tópico de que quienes olvidan su historia están condenados a repetirla, puede hoy convertirse en indiscutible si seguimos consintiendo que desde escaños parlamentarios se insulte a las víctimas del fascismo y se impida legalmente el conocimiento veraz de la Historia; si no nos rebelamos cuando se escupe indignamente el nombre de mujeres y hombres justos (Miguel Hernández, Rosa Luxemburgo, Largo Caballero, ‘Las trece rosas’...) y se escriben en los libros de actas parlamentarios falsedades solemnes y mentiras absolutas sobre ellos; si no somos capaces de impedir la falta de respeto a los españoles cuando se obvia y se justifica una incomprensible protección a la monarquía frente a delitos flagrantes; cuando se institucionaliza la corrupción impune; cuando se potencian y publicitan las amenazas directas y descaradas del gangsterismo pistoleril de la ultraderecha; cuando se legisla a favor de la indecencia y la usura en la economía o se paralizan boquiabiertas las instituciones frente a la irresponsabilidad, el capricho o el interés particular de gestores públicos abiertamente incapaces, o cuando, como ahora, se le ríen las gracias a la publicación de manifiestos fascistas...

La necesidad de una reforma democrática de la estructura militar de este país; el reordenamiento penal de la respuesta que debe darse a la falsedad, la amenaza, la tergiversación o el robo; el cuidado de la verdad en la historia y en la enseñanza de la historia; la lucha contra la desigualdad planteada como elemento primordial para la consecución de la justicia social; la anulación de cualquier estructura franquista, la condena de su apología y la apertura de un proceso general a la dictadura de Franco y sus responsables, denuncia de culpables, reparación y reconocimiento de las víctimas; los mecanismos que propicien la decisión libre del pueblo sobre la forma del Estado y, por fin, la general movilización ciudadana, judicial, procesal, parlamentaria, periodística, política y moral contra estos fantoches que se permiten calificar de “26 millones de hijos de puta a quienes hay que fusilar” a quienes no piensan como ellos, si es que el rebuzno fuese una forma de pensamiento.