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Domingo, 17 de enero de 2021

Constelaciones del prodigio

El poeta soriano, Fermín Herrero | ABC

En todos los libros que va publicando el poeta soriano Fermín Herrero, hay un decir lírico sostenido, marcado por la emoción y la meditación; la realidad física y la metafísica; la levedad y la intensidad; la aparente cercanía de sus referentes, a partir de los cuales, el poeta nos lleva muy lejos, en una doble vía de ascensión y de profundidad, elementos que le sirven para trascender lo cantado.

            Y esto es lo que ocurre con su última y recientísima entrega poética, aliterativa y eufónicamente titulada ‘Húrgura’ (en la vallisoletana Editorial Páramo, de Javier Campelo, y con hermosas fotografías de Henar Sastre), término del área septentrional de la provincia de Soria, conocido en ambas laderas del puerto de Oncala, que el poeta conoce desde niño y que vendría a ser una onomatopeya del rugido del viento que agita la nieve y resuena en las chimeneas; “cosas de la imaginación y de los cristales rotos de la memoria”, nos indica el autor. También –por tales las tiene el también escritor soriano Abel Hernández, que cita Fermín Herrero– podrían ser unas brujas blancas o personificación de la nieve agitada por el viento en las noches oscuras, particularmente en torno a la Navidad.

            Fermín Herrero, en ‘Húrgura’, agita el territorio de la memoria, la nieve de la memoria, a través de un decir sobrio, encabalgado (un rasgo muy suyo), denso, preciso, que de continuo asocia los referentes físicos con todas las escalas de nuestro mundo psíquico y mental, para hacernos ver, para hacernos comprender, para hacernos caer en la cuenta de cómo en todo aquello que nos rodea, y que tantas veces no miramos ni captamos, o no le damos importancia alguna, está el prodigio del existir, el prodigio de lo que somos, si sabemos mirar, indagar, si abrimos el alma y dejamos que el mundo resuene en nosotros.

            Fermín Herrero parte de continuo de referentes inmediatos, conocidos y observados minuciosamente, como la naturaleza; las estaciones y los diversos ciclos estacionales; los fenómenos atmosféricos, meteorológicos y celestes; la tierra y su materialidad; los pájaros (las referencias ornitológicas son muy hermosas, simbólicas y variadas en este libro); determinadas labores campesinas; las diversas etapas de la vida (niñez, mocedad, vejez)…y otros varios elementos que tenemos ahí a mano (‘Sin ir más lejos’ es el título de uno de los libros más celebrados del autor) y los transfigura, impregnándolos de toda una serie de gradaciones y escalas psíquicas, que abarcan el temblor, el estremecimiento, la pesadumbre, la alegría, la turbación, el desamparo, el desconcierto, la memoria y el recuerdo, el desarraigo, la calma, la bondad, la lentitud, la permanencia, el amor… entre otras, fruto de una contemplación que imanta el mundo y lo trasciende, realizando un sutil itinerario de lo físico a lo metafísico.

            El poeta parte en su canto y en su nombradía de lo cercano y de lo próximo –la tierra, de la naturaleza, de los pájaros, de las estaciones, de los cielos…– para llevarnos más lejos. Pretende “hacer de la mirada / agua clara”, por eso habla también de “la claridad del canto”, que –en la poesía de Fermín Herrero– es serenidad y es júbilo.

            En este caso, se sirve de un antiguo molde estrófico chino, para acomodar su decir al ámbito de la brevedad, como es la estrofa de cuatro versos (una suerte de peculiar cuarteta) “de los juéjù de la literatura china clásica”, pero utilizándola a su modo.

            Tampoco falta el sesgo moral. “También el hombre / pisotea la flor y la hormiga. Yo mismo. Y al prójimo.” O las levísimas referencias culturales, desde los cineastas orientales Atom Egoyan (y su película “El dulce porvenir”) y Rikyu hasta Pascal.

            En ‘Húrgura’, Fermín Herrero, desde una claridad leve, intensa y emotiva, nos traza de continuo constelaciones del fulgor y del prodigio, porque el poeta expresa en este poemario “mi pasmo ante la creación, mi fortuna”.

            Como ejemplo de lo que decimos, quedémonos con tres fulguraciones, para que resuenen en nosotros:

            “Un silencio distinto está en mí, la alegría / de un aguasol fugaz, el arco iris / sobre el cerro, completo casi, la memoria / del pájaro, cantando, mientras me crezca el corazón.”

            O también, en otro plano: “Con qué prestancia las mujeres pasean / por las afueras. Suelen ir en grupos, / hablando de sus cosas. Los hombres, sin embargo, / van, por lo común, solos y obligados, con su miedo.”

            Y, en fin, con esta hermosa evocación de los padres, por parte del no nacido aún: “Vestido de domingo, mi padre subía / en bici el puerto, con amor, venidero. / Mi madre lo esperaba. Es mi primer recuerdo / y eso que yo no había nacido. Y tardaría.”

            Mientras nos crezca el corazón, podremos asombrarnos ante estas constelaciones del prodigio, gracias a la claridad luminosa de la palabra de Fermín Herrero.