Advertisement
Jueves, 21 de enero de 2021

Llamando a las puertas del cielo

En nuestras puertas historiadas, sólidas puertas, los tiradores nos ayudan a cerrar y las aldabas, a llamar al abrigo de la casa

Tenían las antiguas aldabas un martillo sencillo que daba contra la pieza de hierro, bronce o latón. Foto de José Amador Martín

  Se cierra la puerta y nos creemos protegidos de toda perturbación. La madera nos cuida de la calle, de la intemperie, de lo ajeno, de la amenaza. La puerta con su pesadez de cuartones, sus remaches de hierro, adorno y protección, unión y demostración de fuerza. La puerta que cerramos a cal y canto y que nos confina en la intimidad cuidadosa de lo nuestro,  lo cálido, lo intenso. La casa como refugio y bien cerrada, bien asegurada, bien candada, la puerta que nos separa de lo ajeno, de lo extraño, de ese frío que se cuela por los huesos. Es la linde de la propiedad privada, la boca que se cierra para no perder ni el calor ni las palabras. Cierra, cierra, canda la puerta.

En nuestras puertas historiadas, sólidas puertas, los tiradores nos ayudan a cerrar y las aldabas, a llamar al abrigo de la casa. Su sonido pedía asilo en las iglesias y las casas solariegas y blasonadas que se ornaban de hierro, bronce y hasta plata y piedras preciosas para mostrar la riqueza de sus gentes: “De tal casa, tal aldaba”, y el llamador, que al principio era una argolla suspendida de una anilla, pasó a ser cabeza de león, escudo heráldico, mano lánguida, cuidadosa labor grabada con facetas de arabescos… llamé al cielo y no me oyó… decía el Tenorio de Zorrilla ¡Ah de la casa! ¿Nadie me responde?

Llama, llama a la puerta. Y la aldaba se vuelve mano que sujeta una esfera perfecta, mano de mujer, mano de nieve, fina y exquisita, largas unas, puño de encaje, anillo tallado. Una aldaba que quiere, mano femenina de bellos rasgos, mostrarse hospitalaria, acogedora, suave en el recibimiento, generosa en la bienvenida. Es el rescoldo árabe del respeto al viajero, al ilustre visitante que hace sonar la aldaba con timidez, rozando la mano que fuera de Fátima, la jamsa de cinco dedos preislámica que otorgaba buena suerte y acabó marcando, oportuno sincretismo, los cinco pilares del Islam. Llama y te abriremos, llama y serás bien recibido, acaricia esa mano que todo lo abre y todo lo cierra, como en la invocación inventada de Federico García Lorca en su letanía de La casa de Bernarda Alba.

La puerta se abre a la sorpresa, firmes cuartones de madera vieja claveteada por la fuerza de la costumbre. Qué exquisita geografía de puertas, llamadores, manijas, aldabas… por los mapas de nuestras puertas historiadas, el fotógrafo descubre un lienzo de pintura cuarteada, textura de intemperie, luz que incide sobre las griegas de la madera viva que durante siglos, guarda el quicio de la piedra. Es la Salamanca de los detalles, bosque de puertas cuyas tablas de la ley conjuran el tiempo y son palimpsesto de los siglos que pasan. Puertas claveteadas, puertas que exhiben el llamador que nos anuncia, y un sonido profundo que a todas partes llega, avisa a los de la casa, asilo, hospitalidad, comida, calor, amistad, cariño. Visita que se recibe con gusto y se despide con agradecimiento mientras la puerta se cierra a nuestras espaldas.


Tenían las antiguas aldabas un martillo sencillo que daba contra la pieza de hierro, bronce o latón. El martillo se volvió argolla y adquirió la forma en U de una herradura invertida para conjurar la buena suerte ¿Quién no ha colgado llamadores de ángeles, escapularios, cristales para el mal de ojo, fragmentos de la Toráh, piezas de cristal que tamizan la luz? Seres deseosos de protección, colgamos nuestras esperanzas en la pared o en la puerta de la casa, y dotamos a las aldabas de forma de animal... un león amenazante, una figura quimérica, una mano de mujer lánguida y fina-. La palma que sujeta el mundo y lo golpea contra la puerta nos indica la hospitalidad acogedora de sus habitantes, aquellos a los que los cayucos, los trenes de la frontera, la inmigración no deseada parece no llamar porque no tiene adonde pedir asilo. No hay aldaba en las puertas de Europa o en la frontera de los Estados Unidos. No hay mano de Fátima en los puertos de Canarias o de Lampedusa, en las fronteras erizadas. No hay nada. Muda y sorda, la puerta permanece cerrada, sin embargo, en las puertas seculares que acaricia con el objetivo, a la luz de todos los soles, Amador Martín, la aldaba guarda el eco de la esperanza del asilo. Y resuena su tañido de metal, su hermosa factura, y dentro, muy dentro de la casa, de la iglesia, suena un consolador “ya va” que se hace eco de nuestra llamada.

Amador Martín, Charo Alonso.