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Sábado, 23 de enero de 2021

Vamos a la escuela

Los garantes de que se cumplan los derechos humanos del niño son sus propios padres

Vamos a escuela sí, pero ¿a qué escuela? En los años de democracia hemos conocido ya ocho leyes de educación. Y todavía no sabemos qué educación queremos.

Estamos en el trámite rápido de la llamada ley Celaá, debido a la ministra que la promueve. Pero es curioso ya el mismo nombre oficial: la LOMLOE, que significa Ley Orgánica de Modificación de la LOE. La LOE era la Ley Orgánica de Educación aprobada anteriormente por el partido popular, con el ministro Wert. Ya sólo la redacción del título de la nueva ley deja bien claro que no es una ley sustancial en sí, sino una ley que se promueve contra la Ley Wert. Mal asunto. Así llevamos procediendo una tras otra ley en las ocho que llevamos ya.

Los niños nacemos normalmente en el seno de una familia y es en ella en la que comenzamos a ser educados. La familia es nuestra primera escuela. En ella vamos descubriendo la vida y el entorno en el que nos desarrollamos. El hombre es un animal que no se vale por si mismo en los primeros años de su existencia. Es la familia que le da vida la que le guía en loa primeros pasos de la alimentación, el vestido, la vivienda, la salud, pero también en el descubrimiento mismo de los valores de la vida, en su aspecto intelectual, moral, religioso. En fin, en la visión del sentido último de la vida, y no sólo en la formación pragmática o técnica que le capacite para el desarrollo práctico del ser productivo de acuerdo con los intereses de aquél que trata de dominarlo y dirigirlo, haciéndolo dócil a la consecución de los objetivos del engranaje productivo material. Y en todo caso, tratando de conducirlo hacia el fin de la propia ideología interesada.

En la educación, el principal agente y sujeto a desarrollar en todos los aspectos de su vida es el propio niño o joven educando. Y a él es al que se refieren los artículos de los derechos humanos de la infancia: “Toda persona tiene derecho a la educación…” (Art. 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos).

Y los garantes de que se cumplan los derechos humanos del niño son sus propios padres. Nadie puede sustituirlos en la tarea educativa de los primeros años de la vida infantil. Ellos podrán solicitar el complemento en el tipo de educación que deseen. Por tanto, son ellos los que tienen derecho a elegir para sus hijos el tipo de orientación educativa y, en consecuencia, el colegio o centro educacional que crean conveniente.

Algunos tratan de justificar la existencia única de centros de educación pública diciendo que los centros concertados o privados sólo se justifican cuando el estado no puede llegar a la totalidad de la enseñanza. Y dicen que eso está basado en el principio de subsidiariedad: los particulares no deben hacer aquello que puede garantizar el estado. Pero eso es una equivocación. Sí, hay que invocar el principio de subsidiariedad, pero justamente al revés. Este principio, correctamente interpretado, dice que los estamentos superiores solamente deben hacer aquello a lo que los inferiores no pueden llegar.

De donde, lógicamente habría que suponer que la enseñanza es en primer lugar derecho y obligación de los padres y de los organismos inferiores, por tanto de los centros privados y concertados, y el estado sólo debe complementar aquellos centros o lugares de enseñanza a donde no pueden llegar los particulares, como serían las escuelas rurales o las de barrios menos pudientes, o de centros dedicados a niños en situación especial, de los cuales debemos responder todos, gestionándolo por medio de los  instrumentos del estado, que cuenta para ello lógicamente con los impuestos de todos los ciudadanos.

Desde esta perspectiva, está más que justificada la enseñanza privada y concertada, y son los centros mismos los que deben asumir la propia orientación, sus objetivos y los medios y métodos para conseguirlos, y el estado sólo debe preocuparse de que alcancen los objetivos básicos comunes. Los centros mismos podrán elegir el lenguaje vehicular o la educación religiosa y moral que los padres en cada caso determinen.

Evidentemente tendrá que haber algún cuadro básico de las orientaciones comunes a todos los ciudadanos del país, y para lograr esto con eficacia, será necesario llegar a algún acuerdo general de todos los implicados. Es decir, hay que llegar a un acuerdo de estado, que dé consistencia y durabilidad al marco general de la educación y la enseñanza.

Y será necesario dotar a todos los centros, privados, concertados, especiales y estatales, de los medios necesarios: locales, servicios elementales, transporte, algún tipo de alimentación si es necesario, medios técnicos de comunicación, máquinas de formación profesional, etc.

Y no estaría demás que echáramos una ojeada a los países más empobrecidos y que cuentan para la educación con muchísimos menos medios que nosotros, y tratáramos de colaborar con alguna ayuda sustanciosa. Los derechos de sus niños nos obligan también a nosotros,

Es bueno asimismo considerar la labor que en ese sentido están llevando meritoriamente muchas ONGs. Y, por supuesto, la buena y eficaz colaboración in situ y con el apoyo de los mismos nativos, que llevan a cabo nuestros misioneros. Los campos de la educación y de la sanidad son los comúnmente mejor trabajados por estos hombres y mujeres vocacionados, que conocen a las personas y sus necesidades, y que son capaces de multiplicar los euros o los dólares por la eficacia de su rendimiento. Algo podríamos aprender de ellos. ¡Enhorabuena!