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Lunes, 18 de enero de 2021

Otra vez la inmigración

Desde que el ser humano supo que no estaba solo, que formaba parte de un universo poblado por gentes con diferente cultura y grado de bienestar, sintió la inquietud de trasladarse allí donde pudiera mejorar su vida. Conforme avanzaba la información sobre el exterior, la historia se llenó de constantes movimientos migratorios hacia territorios más desarrollados.

          La historia de España – la de verdad- demuestra que, desde muy antiguo, nuestro suelo fue invadido por pueblos venidos de norte y sur. Unos, para quedarse; otros, para saquear nuestras tierras y, no pocas veces, segar vidas y sembrar el pánico. Así surgió un pueblo, mezcla de varias sangres, pero con un claro sentimiento de independencia ganada a base de tesón y sangre. Pueblo que, con el tiempo, llegó a dominar medio mundo después de haber descubierto el otro medio.

          Después del descubrimiento de América, varias naciones europeas decidieron expandirse por aquel continente, colonizando amplios territorios y solucionando la falta de mano de obra a base de un inhumano tráfico de esclavos africanos.

Con mayor o menor fortuna, España siguió escribiendo su historia y sus gentes sufriendo los altibajos del bienestar. La llegada del siglo XX, con sus guerras, internas o mundiales, seguidas de las consiguientes crisis, puso de manifiesto la desigualdad de los pueblos. Según el bando en que se había encuadrado cada nación, su situación final era bien distinta. Con ocasión de nuestra guerra civil, por motivos políticos, y en los años cincuenta, por la crisis económica, muchos españoles se vieron en la obligación de abandonar sus hogares para evitar la represión o para encontrar la forma de aportar algo de lo que aquí se carecía. Estos últimos, trabajando en unas condiciones muy duras, sin entender el idioma y cargando con las tareas que no querían los demás, partieron hacia Alemania, Suiza o Francia, que contemplaban unos seres con maleta de madera y boina bilbaína, que apenas se relacionaban con los nativos ni alternaban fuera de las horas de trabajo para poder ahorrar al máximo. Muchos de ellos pudieron adquirir la vivienda o la finca que los sirvió para levantar el vuelo, o terminar con las deudas. Es verdad que eran otros tiempos, pero nunca fueron sometidos a las penalidades que esperan al africano que se aventura hoy a tomar una patera para cruzar un mar sin garantías de salvar su propia vida, ni de encontrar otra mejor.

La gran diferencia entre nuestros paisanos y los que llegan hoy a nuestras costas radica en que los primeros salían de casa sabiendo a lo que iban -porque de otra forma no eran admitidos- y éstos, sin saber si van a conseguirlo, se juegan la vida muchas veces para no perderla si no lo intentan.

La configuración de la Unión Europea como espacio común define una organización con muy buenas intenciones, pero no tan buenas actitudes. Salvo contadas excepciones, a la sombra de naciones con déficit de mano de obra sin cualificar, la inmigración origina unos problemas que, cuando exceden los límites razonables, nadie quiere tomarlos en serio.

Sobre este mismo asunto, hace cuatro años ya comentaba desde estas páginas los problemas de la inmigración. Desde entonces, miles de seres han muerto en el intento y aún seguimos discutiendo qué hacemos con los inmigrantes. Sencillamente, hay naciones que no se dan por aludidas porque se han olvidado de los derechos humanos, o porque han endurecido su postura y así esquivan el problema en toda su magnitud. Lo grave recae de lleno en los países de la Europa mediterránea. Al inmigrante le atrae cualquier nación con un estado de bienestar mayor que el propio. Ahora bien, el efecto llamada se hace notar entre los que buscan trabajar, pero también entre los que oyen hablar de ayudas y subvenciones.

Toda Europa es un polo de atracción para quien aspira a mejorar. Cuando la inmigración desborda toda previsión, como está sucediendo desde hace años, el problema es de toda la Unión Europea; no sólo de los países de entrada. Pretender “tapar la boca” a estas naciones desbordadas a base de unos fondos que nunca son suficientes para compensar los muchos inconvenientes de esta pacífica invasión, es una forma de desentenderse del problema. Si admitimos que detrás de este fenómeno están las mafias que organizan la travesía marítima, que con esa inmigración se ha colado muchas veces el terrorismo islámico, y que hoy representa otra puerta de entrada para el Covida-19, tendremos razones más que suficientes para exigir que los organismos internacionales que tienen atribuciones y medios para solucionarlo tomen cartas en el asunto. No es de recibo, por ejemplo, mantener la actual situación del archipiélago canario sin que nuestro gobierno sea capaz de paliar los desastrosos efectos que ocasiona en aquellas provincias. No sólo mira para otro lado, sino que se adoptan posturas o se hacen declaraciones que para nada favorecen nuestras relaciones con el país que más influye en esa travesía: Marruecos. Cómo se nota que, de momento, los inmigrantes no votan. Sería la primera cosa que haría bien este gobierno. Aparte del presidente, hay varios ministerios a los que atañe de lleno la inmigración. ¿Dónde están esos responsables que apenas aparecen, y, cuando lo hacen, es para negar la evidencia? Una vez más, para no cambiar, en esta forma de hacer política también batimos cualquier plusmarca de ineficacia.