Advertisement
Miércoles, 20 de enero de 2021

Cocido unamuniano

Hoy estoy ante mi columna 373 en este medio, y como el espíritu que reina en un articulista es apostar siempre por su próximo artículo como el mejor, ¡lejos me lo fiais!, diría el clásico. La intención será esa, pero si el resultado no acompaña, que las musas carguen con las culpas

En este tiempo -cada martes durante más de siete años-, si nadie se ha dado cuenta, algunas de mis columnas las he escrito en avión camino de Viena, Grecia, Dinamarca, Amsterdam, Munich o Sao Paulo, o por varias ciudades españolas –“¡qué felices éramos y no lo sabíamos!”-, pero entonces, como ahora, en ningún lugar me he encontrado tan inspirado como en mi escritorio de Salamanca.

Esta de hoy se escribe mientras le echo una mirada a mi nieta Carolina de casi cuatro años y a mi nieto Gabriel de casi dos. Un disfrute ocasional, pues para poder disfrutar de ellos tenemos que desplazarnos a Madrid, como es el caso, o venir sus padres a Salamanca. Mi abuelidad es así de sencilla, no tiene parangón con otros casos en los que los abuelos están “al borde de un ataque de nietos”, como el libro de título almodovariano que escribiera hace unos años el sabio economista don Leopoldo Abadía.

Probablemente no lo apreciemos y este sea un tiempo idóneo para el artículo, aunque por esta actividad literaria jamás se recibirá un Nobel o un Cervantes. En mi caso particular, la pregunta es hasta cuándo seguiré realizando columnas. No sé, en principio me gustaría llegar a las cuatrocientas, anteriormente mi reto estuvo en trescientas, pero colocar un techo cuando nada depende de uno mismo es como un mal augurio.

Esto le ocurrió a la novelista estadounidense Sue Grafton (1940-2017) quien puso en circulación una colección de novela negra bajo el epíteto “El Alfabeto del Crimen”, una por año, con títulos en los que cada novela comenzaba por una letra del abecedario y, sin poder cumplir su objetivo, falleció con la “y” griega de “Yesterday” (ayer). La zeta se llamaría Zero, pero no la llegó a escribir.

Dejémoslo, no somos supersticiosos, pero por si acaso. Y ya que estamos por aquí, por Madrid, hablemos de ese ayer de la capital refiriéndonos a un artículo muy bien escrito por la polifacética pintora, escritora y presentadora de televisión Elena Santonja, ya fallecida, bisnieta del gran pintor Eduardo Rosales, quien refiere una anécdota familiar con estas palabras: “Menos mal que no se ha olvidado de echar los garbanzos a remojo, porque hoy pongo cocido, pero un poco más ilustrado que a diario. Me ha dicho Luis que viene a almorzar un señor vasco, profesor, escritor, filósofo o algo así y según mi marido muy intelectual y algo revoltoso […]. Dudo si necesitaría poner un principio. Los vascos comen mucho, aunque este, como es filósofo… Ahora recuerdo que Luis me dijo que se llama Miguel de Unamuno […]. Mil gracias. Ya pasó todo y fue un éxito la comida. El mismo don Miguel, que es de pocas palabras (como todos los vascos) me felicitó e incluso repitió de sopa”.