Martes, 24 de noviembre de 2020

Las chicas del Radio

 

 Seguro que muchos conocen el caso que les voy a narrar, pero recordar nunca es malo. Dedicar un día a la mujer, al hombre, madre/e, niños, abuelos… me parece poco grande, por eso, hoy, sin membrete en el calendario quiero rendir homenaje a las Chicas Fluorescentes, que nos dejaron y hoy son olvidadas.

 

Era la fiebre del radio a comienzos del siglo XX y con estos años también llegan: las jóvenes fluorescentes.  Madama Marie, y su esposo, Pierre Curie lo habían descubierto dos décadas atrás, a finales del siglo XIX, el elemento se consideraba casi milagroso. Todo llevaba radio, o eso decían los anuncios, desde píldoras y vendajes, dentífricos y maquillaje, hasta jarras de agua en las clases pudientes. Los relojes de alta gama, los que llevaban los soldados en la I Guerra Mundial. Comenzaron a pintarse las esferas con una mezcla que lograba que los números brillaran en la oscuridad.

En esta industria entraron a trabajar cientos de chicas. Era un empleo bien pagado, estable y hasta glamuroso. Ganaban 40 dolores semanales, y si eran rápidas, doblaban el salario Las mujeres que trabajaban pintando esferas, estaban bien  consideradas, jóvenes e independientes, un aura especial las envolvía… resplandecían en la oscuridad. Literalmente. El polvo radioactivo se posaba en su ropa, en su pelo, en su piel, en sus labios. Su labor en la fábrica consistía en chupar un pequeño pincel para afilarlo,  se mojaba en la pintura compuesta con radio, y a pintar. De hacerlo con disolventes tradicionales, ocasionaba un gasto elevado a las empresas.

 

Al principio, los síntomas que tenían no parecían estar relacionados con el trabajo. Algunas se sentían cansadas, a otras les comenzó a salir acné y demasiadas comenzaron a tener un dolor intenso en las mandíbulas

Mollie Maggia, fue la primera en sufrir los síntomas de la intoxicación por radio. En 1921 le quitaron la primera pieza dental tras quejarse de molestias en la boca, pero la herida no cicatrizó y los dolores no se fueron. Le quitaron más dientes, pero solo empeoraba, la infección no remitía y las heridas quedaban abiertas en úlceras supurantes. Maggia empezó a padecer otras enfermedades: le dolían la cadera y los pies, los médicos pensaron que era reuma. Para entonces los dientes se le caían solos. Al poco estaba coja. En una de sus visitas al dentista, este vio con horror durante el reconocimiento cómo  el hueso de la mandíbula se rompía bajo sus dedos sin apenas causar presión. Casi un año después de haber sufrido los primeros síntomas, Mollie Maggia murió. El diagnostico: SIFILIS.

 

Los síntomas y el mismo desenlace se repetirían con otras pintoras de esferas. El mal de la boca acabaría conociéndose como “la mandíbula del radio”. Otras veces, el lugar del dolor cambiaba: garganta, brazo, espalda, piernas... otras tenían anemia, y más adelante carcinomas. Ante la avalancha de casos, los médicos empezaron a sospechar que podía tratarse de un mal relacionado con su trabajo, pero la empresa, United States Radium Corporation, apaciguaba a las trabajadoras. No había ningún peligro. Pero los directivos y los trabajadores de laboratorio trabajaban con trajes especiales.

En 1925 llegaba por primera vez a la empresa una demanda relacionada con la salud de sus empleadas. El problema era demostrar que la radioactividad estaba matando a las chicas, aunque para ese año los médicos estaban convencidos de que el radio se acumulaba en los huesos.

 Su naturaleza química es similar a la del calcio, así que cuando entraba en el organismo a través de la boca, este tendía a asimilarlo y fijarlo en los huesos. La única forma de demostrarlo era extraer el radio de los huesos y  pulverizarlos. Dos años después de comenzar el proceso legal, exhumaron a Mollie Maggia. Sus hermanas, que habían trabajado en la misma fábrica y también habían enfermado, solo podían jugar con lo que revelara el cuerpo de Mollie. La sorpresa llegó: el interior del ataúd brillaba y cada uno de los tejidos que cubría los restos mortales, dio muestras de radioactividad.

Durante varios lustros, las pintoras de esferas lucharon contra los plazos de prescripción de las leyes norteamericanas, también contra los escasos estudios que había sobre los efectos de la radiactividad en el cuerpo, y las formas de detectarlo.

 Estaban sentenciadas, alguna declaró en su lecho de muerte como afilaban los pinceles de pelo de camello, muy finos, el lema era: CHUPAR, MOJAR, PINTAR… Y VUELTA A EMPEZAR.

 Deciden dar batalla en los tribunales y en la prensa. Tras innumerables dilaciones, recursos y apelaciones, y con el tiempo corriendo en su contra porque iban muriendo, trece años después de la primera demanda, en 1938, un tribunal declaraba a la empresa responsable de la salud de sus empleados.

Gracias al abogado  Raymond Berry que llevó sus casos de forma gratuita. En 1931 la FDA declaró ilegales las medicinas con radio. Se modificaron las leyes de enfermedad laboral en el año 1949.

 Las jóvenes fueron conocidas como El Escuadrón de las Muertas Vivientes.

 

Un poco de Historia sobre la importancia que tuvo el radio

La fiebre por el elemento que había descubierto Marie Curie  y su esposo, el 21 de diciembre de 1898. A comienzo del siglo, llega el culmen  de su utilización: en la industria cosmética, en los centros de salud, en el ocio, en la decoración de las paredes del hogar, como reconstituyente, tónicos para abrir el apetito, balnearios de rejuvenecimiento… Todos querían su trozo del pastel y lo anunciaban a bombo y platillo en la etiqueta de cualquier producto, aunque luego los vendidos en plazas públicas, por los charlatanes, tuviese tanto radio como pelo un unicornio.

Curie lo describía como una "luz que parecía suspendida en la negrura. Siempre nos sorprendía con nuevas emociones, con su hechizo". Fue su hija, años después, quien detalló sus efectos tal y como se observaban en el laboratorio. "Dejaba una impresión sobre las placas fotográficas. Corroía el papel y el tejido de algodón con el que se envolvía: lo dejaba todo reducido a polvo. ¿Había algo que no pudiera hacer?" .Clamó Hebe Curie. 

 NOTA: M. Curie dijo al enterarse de la tragedia: Me encantaría ayudar. Pero no hay manera de destruir la sustancia una vez entre en el cuerpo.

Pero las advertencias de Hebe llegaron tarde para las chicas del radio: adolescentes de manos pequeñas y ágiles dedos.  Hoy olvidadas.