Viernes, 4 de diciembre de 2020

Trump y los niños

El reconocimiento de la derrota por parte del propio Trump se puede dar en cualquier momento, pero ya será tarde si esa declaración no es clara y contundente. Una empresa nada fácil para su carácter y peor aún para sus más radicales seguidores que, inoculados de fraude, se manifiestan en las calles.

Aunque no nos guste hablar de la política de otros países, EE.UU. no puede sernos indiferente, y, si no, como diría el poeta, que les pregunten a los aceituneros de Jaén “quién les robó los olivos”. Si preguntan allí, les dirán que los aranceles aplicados al aceite son insoportables.

La onda expansiva del poder norteamericano es tan fuerte, que puede llegar a equilibrar/desequilibrar cualquier lugar del planeta, y es de sobra conocido que del impacto del “terremoto Trump” como presidente aún existen países que no se han recuperado.

Un ejemplo lo tenemos en México. Recordemos aquellas primeras palabras de Trump al ganar las elecciones: “Vamos a construir un muro con México… y lo va a pagar México”. Sin embargo, ¿es concebible que el señor Obrador, presidente actual de México, no haya validado aún la victoria de Biden? Alguien ha dicho, con razón, que lo de este señor es un claro síndrome de Estocolmo.

Por motivos distintos, otro relevante país, Rusia, tampoco ha reconocido la derrota de Trump. ¿Por qué? Decía Napoleón que cuando no quería que saliera una propuesta, él nombraba una Comisión. Putin, que es un mandatario personalista, muy acostumbrado a las tradiciones del régimen anterior, sabe de la importancia de contar en EE.UU. con un oponente o aliado, esto es indistinto, pues lo importante está en que se mueva por impulsos y no que una Comisión se interponga para entorpecerle. En lenguaje coloquial, diríamos, que otro como Trump no lo va a encontrar.

¡Qué vaivenes se dan en la política del gran pueblo norteamericano!

En lo que respecta a nuestro país, lejos queda aquel gesto de 1960, del que ahora se cumplen 60 años. España estaba gobernada por nuestro “caudillo” Franco, que presto se sumó a blanquear su régimen dictatorial con proclamas de satisfacción por la victoria del primer presidente católico de Norteamérica: John Fitzgerald Kennedy. Suena aberrante, pero nuestro “caudillo” puso los ojos en aquel gobernante para homologarlo con su persona.

Con Kennedy llegó a nuestro país la “kennedimanía”. Las revistas del momento (“Hola”, “Blanco y Negro”, etc.) publicaban reportajes del nuevo mandatario, en su faceta privada, como un esposo ideal y una familia modélica. Más tarde supimos que Kennedy, a pesar de su gran capacidad, tenía sus luces y sombras -más las primeras que las segundas-, pero aquí, en España, durante largo tiempo, historias como la de Kennedy y Marylin se solaparon de igual forma que la solapada entre Corinna y el rey emérito. Debe ser nuestro sino.

No obstante, lo anterior es un tema menor. Y cuando no se pudo acallar, solo fue ofensivo para la desdichada Marylin, a quien se la trató desde el confesionario como “perdida” y mala actriz, pero nadie pudo evitar que niños y mayores estuviéramos locamente enamorados de ella. (Es genial el diálogo de Marylin con Groucho Marx en la película “Love Happy”. Le dice Marylin: “Algunos hombres me están siguiendo”. “No entiendo por qué”, le responde Groucho).

Tuvo que ser Billy Wilder, que no era un director cualquiera, quien la puso en el lugar que le correspondía con estas palabras: “Cualquier persona puede aprenderse un diálogo, pero se necesita ser una verdadera artista para llegar a rodar sin tener idea del diálogo y llegar a interpretar como lo hace Marylin Monroe”.

Pero hablábamos de Kennedy y Trump, y mientras al primero lo conocimos los niños de entonces por la leche en polvo que bajo su mandato comenzaron a distribuir en nuestras escuelas para combatir la malnutrición, a Trump lo hemos conocido separando sin piedad a los hijos de sus padres para combatir la inmigración. Hoy, al final de su mandato, aún existen 585 niños que por muchas razones quizá nunca puedan reencontrarse con sus padres.

¡Suerte y feliz mandato, presidente Biden!