Viernes, 4 de diciembre de 2020

El viaje de Ciudadanos

Acaba de cumplirse un año desde que el fundador de Ciudadanos, Albert Rivera, después del rotundo fracaso en las últimas elecciones, decidió dejar su formación y abandonar la política activa “para ser feliz”. Para que alguien que entra en la política con el firme propósito de llegar a la Moncloa, que se convierte en la tercera fuerza política del Congreso en abril de 2019 y que, medio año después, pase a ocupar el sexto lugar, de forma casi testimonial (de 57 diputados a sólo 10), algo serio debe suceder. El votante nunca hace un giro tan brusco si no es por alguna razón de peso. Esa razón hay que buscarla en un error de cálculo. Creer que ya se tiene “a tiro” al PP para convertirse en el jefe de la oposición –y, quién sabe si con un poco de suerte, en presidente-  le nubló la visión política del momento. Por grande que fuera su ambición, mayor era la de Pedro Sánchez que, siendo ya el primero de la clase, necesitaba reforzar su bancada con alguna fuerza que no desentonara demasiado de unos postulados en los que pocos creían.

          Todos recordamos los apuros de un presidente que comenzaba la XIII legislatura con tan solo 123 diputados, exactamente los mismos que sumaban PP y Cs. Con el sonsonete de no querer pactar con los enemigos de la Constitución para poder dormir tranquilo – “Nunca pactaré con Bildu ¿Quiere que se lo diga otra vez?”-, se aventuró a formar gobierno pensando que, para los temas de Estado, nadie le negaría el apoyo necesario. Curiosamente, Sánchez tiene la rara habilidad de mentir en todo momento para poder embaucar a quienes le mantengan en el poder. Hay que ser demasiado ingenuo para caer en la trampa. De hecho, dentro del Congreso, sólo seduce a los parlamentarios que se sienten muy satisfechos siguiéndole el juego. Una sola excepción ensombrece esa regla: a base de alianzas en autonomías, diputaciones y ayuntamientos, Cs ya había caído en la trampa de Sánchez, creyendo que así daba el primer paso para tareas futuras más importantes.

          Se enfrentaban dos jugadores que creían guardar un as en la manga. Sánchez conocía el discurso de Rivera y, estando convencido de que rechazaría cualquier intento de pacto, seguía ofreciéndoselo porque necesitaba una excusa para amagar una alianza con alguien a su derecha (cuando lo que le pedía el cuerpo era aquello que negaba continuamente). A esas alturas, ya había llegado al convencimiento de que sólo un apoyo a lo Franquenstein haría viable un gobierno duradero. Rivera, por su parte, cegado por el repentino ascenso -25 escaños más que en 2016-, acabó creyendo en el famoso sorpasso y rechazó a Sánchez persuadido de que, en la siguiente consulta, sería el PP quien tendría que prestarle su apoyo para encabezar la oposición o, quién sabe, si para formar gobierno. Tanta indecisión, y pensar que su adversario era Casado y no Sánchez, no le valieron para convencer a nadie. En ese momento, Rivera repitió la misma trayectoria que, en su día, terminó con el CDS. El verdadero origen del batacazo no está en haberse negado reiteradamente a pactar con Sánchez, sino en ofrecerse cuando se veía con el agua al cuello, cuando ya sabía que Sánchez no pactaría nunca con él. Y se cuidó mucho de no explicárselo al electorado.

          El mal menor que suponía una coalición PSOE-Cs hubiera aclarado el posterior atasco. Sánchez no habría podido poner en práctica sus ensueños progresistas y Rivera habría agrandado su prestigio desenmascarándolo. Con toda seguridad, hoy tendríamos un arco parlamentario muy distinto.

          Para más infortunio, los restos del naufragio de Ciudadanos, con Inés Arrimadas al frente del timón no acaban de encontrar su verdadero derrotero. No pocas de las principales cabezas de la formación naranja se han quedado fuera del Congreso. A pesar de los continuos desplantes de Sánchez, Arrimadas está dispuesta a apoyar los Presupuestos, pero el inquilino de la Moncloa prefiere la compañía de Bildu. Alguien puede pensar que el apoyo de la formación filo terrorista pueda ser la consecuencia de una recomendación, o imposición, de su socio Iglesias. Quien así lo crea, ya puede despojarse del velo que nubla su percepción. Sánchez nunca se ha desprendido del marxismo que abandonó Felipe González y sus verdaderas simpatías están mucho más próximas a la extrema izquierda que a cualquier asomo socialdemócrata. Ya ha conseguido el apoyo de toda la izquierda para rechazar las enmiendas a la totalidad de los Presupuestos. Acaba de sacar billete para viajar en el Falcon tres años más. De momento. Lo que no sabemos hoy –pero acabaremos sabiéndolo- es lo que nos ha costado ese apoyo.

          De momento, las primeras evidencias en forma de leyes rayando la anti constitucionalidad, vergonzoso y velado acercamiento de presos al país vasco, injerencias en la Justicia. Acoso a la iniciativa privada, desbarre en el gasto público o claras amenazas al régimen del 78, están apareciendo a diario. Si algo se debe tener claro ante esta panorámica es que todos los ayudantes de este gobierno Frankenstein han sido fieles a sus principios. Al contrario que su presidente, ellos no han mentido. Están cumpliendo sus planes sin que nadie se lo impida, ni se lo afee. Desengañémonos. Pedro Sánchez se siente muy cómodo en este momento. Ni desea ni precisa para nada el apoyo de la derecha, porque está poniendo los cimientos de un nuevo régimen más propio de principios del siglo XX. Si pudieran levantar la cabeza los Múgica; Casas, Lluch, Buesa, Jáuregui, Pagazaurtudua, etc., más de un nuevo socialista tendría que meterse bajo tierra. Los conatos de repulsa por parte de algunos barones obligados a significarse nunca harán que la sangre llegue al río. Los órganos internos de un PSOE adulterado hace tiempo que han dejado de tener influencia en sus militantes. Otra vez está todo bien atado. Este gobierno ha venido con dos propósitos muy claros: primero, para quedarse y, además, para “tumbar el régimen” (sic) según un miembro de Bildu, o como proclama a diario un vicepresidente, que no ha recibido ni un reparo por parte de su jefe directo.

          En un claro intento de lavar su imagen, Albert Rivera critica solapadamente la actitud de Arrimadas -menos descarada que la suya-  por ofrecer su apoyo a Sánchez. Pronto ha olvidado sus propios titubeos con el poder. Si su deseo de procurar lo mejor para España hubiera sido real, nunca debió rechazar una coalición con el PSOE, como única posibilidad de conseguirlo en aquellas circunstancias. Desaprovechó el momento y así nos encontramos. Cabría repetirle una adaptación de la famosa Canción de Rolando (*)

Mala la hubiste, Rivera

que en el último comicio,

por tu exceso de ambición

nos llevaste al precipicio.

 

(*) Nota para los alumnos de Celaá: No hay errata. Rolando no era un futbolista.