Dios on-line

Ante nuestra mirada teje la Humanidad su cerebro. Mañana, por un ahondamiento lógico y biológico del movimiento que la aprieta, ¿no hallará su corazón el corazón sin el cual el fondo último de sus fuerzas de unificación jamás podría desencadenarse plenamente?

TEIHARD DE CHARDIN

 

No basta pasar por las «calles» digitales, es decir, simplemente estar conectados: es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero encuentro. No podemos vivir solos, encerrados en nosotros mismos. Necesitamos amar y ser amados.

J. M. BERGOGLIO

Vivimos un exceso de realidad, ya en plena segunda ola del COVID-19, la información se multiplica y más que nunca estamos necesitados de esperanza. La buena noticia de una vacuna, en este momento tan crítico, nos coloca ante una pequeña luz en este oscuro túnel en el que estamos inversos. Pero, no debemos apresurarnos, dotados de un cerebro, debemos construir la realidad tanto interior como externa en esta nueva cotidianidad que estamos viviendo y realizar un mapa interior donde prime la responsabilidad y no aventurarnos a vivir como si el COVID no existiera.

En este mundo sobreexcitado e incontrolado, la prudencia debe ser la norma prioritaria, proteger la vida de las personas sobre cualquier tipo de programación y programa que podamos desplegar en un año oscuro e inesperado. No es perder el año, es renacer de nuevo, fertilizar la existencia, depurar los excesos, ya que el hombre no se puede confinar del misterio. El ser humano, en su confinamiento y en su retiro, sigue siendo un ser espiritual. Dios está allí donde el hombre lo necesita, también más allá de los templos, en su hogar, en su necesidad, en los hospitales, en el trabajo, en los miedos o en la soledad, en el móvil o en las redes; ventanas abiertas en un mundo detenido.

En una sociedad cargada de información y exceso de realidad, hoy más que nunca hay que buscar las señales o mejor, descodificar el mensaje como importante entre las múltiples respuestas que recibe. Lo importante, posiblemente no son las respuestas, sino reconocer las preguntas significativas y fundamentales para que nuestra vida, en medio de las dificultades, siga abierta al misterio y “religada a Dios”.

En un mundo como el nuestro y más después del confinamiento, estamos hiperconectados, hoy abrimos canales de comunicación capaces de superar barreras y distancias. Se piensa y se conoce el mundo no solo a la manera tradicional, sino con las nuevas tecnologías. Con ellas, se esta construyendo una nueva manera de pensar y de construir conocimiento, una especie de inteligencia presente en todas partes y en continuo crecimiento.  La red de esos conocimientos da forma a una nueva inteligencia colectiva, como ha indicado el pensador y filósofo Pierre Lévy.

Una inteligencia que no se impone desde “arriba”, de la universidad o de la escuela, sino es el cartesiano “yo pienso” o “nosotros pensamos”, creando una especie da ágora virtual integrada dentro de la comunidad y que permite el análisis de problemas, el intercambio de conocimientos y la toma de decisiones. La inteligencia colectiva realizada por las redes, tiene una raíz teológica, efectuando una conversión de lo transcendente a lo inmanente, de la teología a la antropología. Más allá de la inversión gnóstica e inmanente de la transcendencia que plantea Lévy, el pensador intuye un elemento fundamental sobre la inteligencia que se desarrolla en la red, que comprende una dimensión teológica y espiritual.

El ser humano actual está siempre conectado y en comunicación, es el hombre de la red, el homo technologicus, pero es al mismo tiempo en hombre espiritual. El hombre actual en medio de la pandemia y del ciberespacio tiene anhelos de transcendencia, las redes subrayan nuestra finitud y nuestra limitación, pero también ese deseo infinito de lo divino.

El ciberespacio no es solo una herramienta de comunicación, es un lugar cultural que determina un estilo de pensamiento y contribuye a nuevas maneras de estimular la inteligencia, el conocimiento y las relaciones. Es un lugar real, no es inauténtico, las relaciones en este medio son entre personas que piensan y sienten, lo hemos constatado en el confinamiento de marzo, cuando las redes fueron las únicas plazas y ágoras donde pasear y comunicar. Podemos distinguir lo físico y lo digital, dos maneras diversas de una sola presencia de lo humano.

Lo importante en el ciberespacio, es pasar de la conexión a la comunión para hacer de la red un lugar plenamente humano. En ese paso hay que ser conscientes de los peligros de la red y también, no abandonar las relaciones de tú a tú en el mundo cotidiano para no perder la perspectiva. El desafío no es cómo utilizar la red, sino como vivir bien en tiempos de la red, es un contexto donde la fe está llamada a expresarse. La red puede ser también el lugar del don, creando lazos de comunión, que lleva a la participación, a la solidaridad a la cooperación. Quien comunica y entra en comunión se hace también prójimo y cercano del otro en ese mundo virtual pero auténtico. En esa projimidad, no es lo más importante transmitir mensajes de fe, es más bien no pasar de largo, estar disponibles para los hombres y mujeres que están a nuestro alrededor, de implicarse y responder pacientemente a sus dudas y preguntas.

El evangelio no tiene que ser una mercancía en una realidad cargada de información, es mejor un encuentro discreto con las personas de la red, desplegando mensajes humildes cargados de verdad. El creyente en la red está llamado a una autenticidad de vida muy exigente ya que afecta directamente al valor de su comunicación, que debe no solo apelar a la mente sino al corazón. La presencia en las redes es compleja, es también una llamada a convertir la conexión en proximidad, es una de las muchas periferias a la cual estamos llamados, poblada de seres humanos que piensan, sienten, viven, están solos, personas necesitadas que esperan no solo una palabra, sino un acercamiento.