Vivir extraviado en la mentira

A propósito de la derrota de D. Trump en las elecciones norteamericanas y sus acusaciones de “trampas” en la victoria de J. Biden, me surgen estas reflexiones sobre el espectacular incremento de LAS MENTIRAS en nuestro modo colectivo de relacionarnos. Un gran porcentaje de periódicos, de canales y programas de televisión, de declaraciones públicas diarias de numerosos políticos, están llenas de mentiras, muchas veces groseras, otras en forma de medias verdades ( o sea, medias mentiras). No hay datos de ninguna investigación, que conozca, que afirme o niegue si en la población general, en la vida cotidiana, la gente miente más o no que en épocas pasadas. Sería raro que no fuera así, que todos mintiéramos más, cuando estamos viendo y escuchando continuamente a “líderes” o “modelos” que lo hacen sin pestañear.

En la psicología del desarrollo se interpreta la mentira como una negación de la realidad, es decir como un mecanismo por el que el sujeto se miente a sí mismo, distorsionando la realidad, aunque lo que él pretenda conscientemente con la mentira es engañar al otro. En el desarrollo infantil se ve muy claro cómo los niños más pequeños mienten a sus padres por temor al castigo: “yo no he sido, no he cogido los caramelos” es su defensa para no ser castigados. Pero con el paso de los años, las mentiras de los niños se van alejando de su objetivo inicial de evitar el castigo y aparece otra función: las mentiras a partir de una edad señalan el rechazo y el descontento de la situación vivida y observada; si un adulto miente diciendo por ejemplo a su mujer que ha ganado en las apuestas, cuando ha perdido, su primer objetivo es “consolarse” del sufrimiento de la pérdida de dinero, aunque secundariamente persiga también evitar el enfado de su mujer.

Por eso el mentiroso siempre destruye a la larga la realidad: el jugador termina arruinado y solo, el inversor codicioso que niega el deterioro ambiental (como el presidente recién vencido en EEUU) en su prospección y explotación de los yacimientos de petróleo de Alaska, terminará destruyendo el  equilibrio climático.

En El casamiento engañoso Cervantes, a través de una pareja que se acaban de conocer y desean casarse, tanto ella como él mienten sobre lo que tienen, para seducir al otro; la mujer alardea de su lujosa casa (suplantando a la dueña que ha tenido que viajar, y ocultando que ella es una criada) y el soldado miente a la mujer diciendo que son de oro unas medallas sin valor que posee. Aunque no lo escribe expresamente, Cervantes da a entender que los matrimonios fracasan cuando están construidos sobre mentiras.

Hay otro aspecto de la mentira que ha tendido a incluirse en el concepto muy amplio de propaganda; la propaganda (incluida la moderna publicidad) se basa en el truco de aumentar y enfatizar los valores de un producto ( desde un coche determinado, a un alimento, o un régimen gobernante) y ocultar los aspectos negativos. Este aspecto de la mentira es el que más admitido está, aunque pueda ser tan dañino como una mentira completa. El hecho de ocultar, de no expresar lo que a uno le puede perjudicar, está incluso permitido en los dispositivos judiciales, al menos en las primeras fases. Por eso la casi totalidad de los hombres públicos que son preguntados por alguna fechoría dan como respuesta un escueto “no”, “yo no sé nada”, “me enteré por la prensa”, aunque el día o días anteriores hayamos visto en imágenes esa “fechoría”, con el hombre público como protagonista.

En conclusión, como dice el refrán “Antes se coge al mentiroso que al cojo”. Por eso, entre otros criterios, mentir es una mala inversión. Los cientos de mentiras que D. Trump y su equipo han sostenido diariamente, a lo largo de cuatro años, no le han servido para ganar, ni le servirán para anular la victoria de su rival.