Viernes, 4 de diciembre de 2020

Idioma y lenguaje

“El meu país és tan petit
Que sempre cap dintre del cor
Si és que la vida et porta lluny d'aquí”.

LLUÍS LLACH, País petit. (“Mi país es tan pequeño/Que siempre cabe en el corazón/Si es que la vida te lleva lejos de aquí”).

Ejercitando una paradoja lingüística muy acorde con el tema, y blandiendo pancartas que piden ser “más plurales, más iguales, más libres”, personas contrarias a la reforma que el gobierno propone de las leyes educativas, protestan contra la pluralidad, la igualdad y la libertad que busca potenciar la citada reforma. Con el acostumbrado vocerío con que el conservadurismo hispano recibe cualquier propuesta legislativa ajena a sus intereses, la discusión en la Comisión de Educación del Congreso de la Ley Orgánica de Modificación de la LOE (LOMLOE), ha despertado de nuevo las iras y elevado los anatemas de los autores, impulsores, testaferros y rentistas de la antigua LOMCE (la llamada “ley Wert”), uno de los textos más perjudiciales, abstrusos e inadecuados que han regido las normas educativas de este país desde el franquismo.

Tal vez porque es difícil, o impresentable, rebelarse contra la voluntad de potenciar asuntos como la igualdad, la integración, la equidad o la modernización, o contra los contenidos curriculares de educación cívica y ciudadana que propone la LOMLOE (pluralidad, igualdad, libertad), el reaccionarismo español, que ni pestañeaba cuando brillantes alumnos negaban en público, por su ley, el saludo al ministro, ha echado mano del patrioterismo banderil y la santa indignación que suele usar como ariete cada vez que la ley se enfrenta a sus casi nunca patrióticos ni santos intereses. En este caso, su diatriba de dolor clama contra la (falsa) supresión del castellano de la enseñanza, intento de extender un espeso manto para ocultar las grandes reformas que la LOMLOE propone en aras de, sobre todo, la justicia igualitaria y la equidad, más en el aprendizaje que en la enseñanza, y más con el objetivo puesto en los intereses del alumnado que en la paralizadora burocracia que genera el negocio de las aulas o la promoción de sus mercaderes. Pero hablemos de lenguajes, de idiomas, de la herramienta del conocimiento, del vehículo de expresión del pensamiento y el arte, de la lengua materna.

Durante décadas, el catalán y el euskera fueron perseguidos y negados por la imposición que del castellano hizo el fascismo golpista, obligado en todos los territorios de España no solo como lengua oficial, sino como “antídoto”, insulto, desprecio y negación de las expresiones lingüísticas catalana y vasca que, mediante su idioma expresaban, a juicio del franquismo, un cuestionamiento inaceptable para las prietas filas que impuso la sangrienta dictadura. A partir de esa persecución y el consecuente ocultamiento de la expresión hablada (escrita, dicha... pensada), el catalán, un idioma que convivía perfectamente con el castellano sin roce ni estorbo alguno antes de la brutal arremetida del franquismo, fue convirtiéndose en bandera de la libertad, en expresión de una rebelión (no solo lingüística) contra la asfixia vital (también expresiva) de un régimen que intentaba cercenar no solo la voz sino el pensamiento previo a la voz que, como saben los más competentes estudios de Filosofía del lenguaje, constituye la herramienta que estructura la razón. Poetas, historiadores, narradores, dramaturgos, ensayistas y otros intelectuales de expresión catalana, no solo fueron impedidos de dar a conocer su obra en su lengua original, sino que sus propios nombres y su obra fueron ninguneados por un remedo de cultura censora, pacata, escasa, pueril y barata que se impuso marcialmente.

El euskera, un idioma que se expresaba mayoritariamente en el ámbito rural de Euskal Herria, pero que pertenecía a los vascos con una profundidad sentimental inigualable, y los pronunciaba en su historia, su cultura y sus afectos, fue convirtiéndose, también sin pensarlo, en el ariete de la lucha antifranquista (no en el discurso del terrorismo ni del crimen, como a ambos lados de esa “patria” quieren todavía hacernos creer, sino en la expresión de la íntima conexión del corazón del pueblo con el lugar, la tierra, el rincón del propio país), y hablarlo fue convirtiéndose en norte y clave de la lucha por una identidad sojuzgada, perseguida, negada y despreciada hasta en sus más pequeñas expresiones.

A partir de la restauración democrática de 1978, ambas lenguas, junto con otras como el gallego, han ido articulando en clave identitaria las legítimas aspiraciones de los pueblos en sus documentos, su historia y su arte, estructurando en torno a la lengua su propio modo de reivindicarse, y el potenciamiento del uso del catalán y el euskera nunca ha significado, ni en la calle ni en las aulas, menosprecio alguno por el castellano sino, como puede comprobarse a poco que uno se imbuya en lo que son esos territorios y su cotidianidad, un enriquecimiento mutuo y una más abierta consideración de la doble pertenencia en el auto conocimiento de esos pueblos. Muchas veces, a pesar de sus gestores políticos.

El artículo de la LOMLOE, que no niega en absoluto la prevalencia del castellano, ni lo arrincona, lo aparta o lo abarata, y que sirve de avanzadilla de los recursos de anticonstitucionalidad que anuncia la reacción hispana dice textualmente que “las administraciones educativas garantizarán el derecho de los alumnos y las alumnas a recibir enseñanzas en castellano, lengua oficial del Estado, y en las demás lenguas cooficiales en sus respectivos territorios. El castellano y las lenguas cooficiales tienen la consideración de lenguas vehiculares, de acuerdo con la normativa aplicable”. Una decisión puramente administrativa, que en absoluto perjudica la enseñanza del castellano en lugar alguno, sino que, muy al contrario, potencia el bilingüismo y su uso correcto, equilibrado y enriquecedor en aquellos territorios que tienen la fortuna de ser naturalmente bilingües, y que, efectivamente, busca más pluralidad, más igualdad y más libertad: para elegir, no para imponer.