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Jueves, 21 de enero de 2021

Naranjas confitadas

Son los anaqueles de la anticipación. Dulces para adormecer esa espera de noviembre que se inicia con castañas asadas, ritos funerarios, flores mexicanas para conjurar a los muertos, el truco o trato de la pandemia ¿Nos confinan, no nos confinan? La cultura, mientras, se vuelve un milagro de sillas separadas, público disperso que choca con las aulas llenas de adolescentes que, a la mínima, se juntan como muñecos imantados. Los niños saben guardar la fila, a los míos empieza a caérseles no la moquita, sino la mascarilla y asoma la punta de la nariz, tan obscena y censurable como la imagen de alguien fumando por la calle, gasa quirúrgica para tapar el cuello y no la boca.

Noviembre es un mes extraño, antesala de un adviento que hace dulce la espera, gasto que antecede al regalo, a la fiesta envuelta en color y lazos. Noviembre, sin embargo, pasa sin permiso, los árboles perdiendo el color dorado de un otoño que no hemos podido disfrutar. Tiene una cualidad gris de melancolía, de tristeza, de pérdida y espera. Y un extraño eco que se repite: “Nos confinan”. Sin embargo, es posible que la economía pueda más que la enfermedad y vayamos todos a trabajar como zombies de la obligación, sin el encuentro jovial, la copa compartida, el rato de risa y charla. Es el triunfo de una forma de vida calvinista y poco social, cada uno en casa y Dios en la de ninguno. La célula cancerígena de la familia y la pareja en pleno encierro sin tener el consuelo de salir no a correr, sino a acodarse en la barra de un bar a ver a quién te encuentras o a quién le cuentas tus cuitas ¿Y qué es lo esencial para cada uno? Vivimos el triunfo de una forma de vida alejada de nosotros, nosotros los meridionales, los que vendemos el sol y el calor de nuestra forma de ser y le hemos traficado el alma a un sistema económico turístico que no funciona.

Nos confinan, dicen y cada uno dice una cosa. Expertos tiene la santa madre iglesias para salir en una charla intranscendente y joderla. Seamos sensatos, esta atmósfera abierta de charleta de bar queda muy bien para eso, para el bar, no para hablar del ministro de interior ni del gremio de las enfermeras más que saturadas. Uno tiene que saber que no está el horno ni para bollos ni para despedir a nadie con una baja maternal. A veces hay que parecer serio, mantener el tipo, la dignidad, la distancia y hasta el misterio. Es una cuestión de principios, pero ya decía Gourcho que si hacen falta, los cambio. Total, hoy es una cosa y por la tarde, la contraria. Decimos algo con certeza y nos toca rectificar acto seguido y sin pedir ni permiso ni disculpas. Total, a los que van a morir, no les importa.

Quizás hace falta esa seriedad que tan antipática nos resulta a quienes hemos venido de una educación rígida, al ordeno y mando y al porque lo digo yo. Una seriedad en la que se trate con respeto a todo el mundo, pero más al maestro, al guardia, al médico, al policía. Y no digamos al político que se supone que es un ejemplo y una representación de sus electores. Un poco de seriedad y menos bandazos, y si los damos por desconocimiento, una disculpa que no pasa nada. Nada peor de lo que tenemos en este tiempo extraño de naranjas confitadas… que no confinadas.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.