Del horror a la esperanza: breve historia de la Declaración de los Derechos Humanos

El 10 de diciembre de 1948, la Organización de las Naciones Unidas firmó y aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un hito decisivo en la historia del progreso humano, aunque todavía queden muchas luchas por librar para que los derechos humanos se hagan efectivos y no queden en papel mojado.

Jorge Valle Álvarez

Activista y defensor de los derechos humanos

“A menudo me he sentido tentada de responder que yo estoy avergonzada de ser humana”. Con esta frase demoledora, pero aún así certera, Hannah Arendt ponía voz a un sentimiento colectivo surgido de las monstruosidades de las que es capaz el ser humano. La sociedad (re)nacida de las ruinas de las cámaras de gas alemanas y de los escombros de Hiroshima y Nagasaki estaba aterrorizada ante el mayor derrumbe de valores que la historia de la humanidad había conocido. Nunca se había registrado ese desprecio absoluto por la vida y la dignidad humana, nunca la sociedad civil había sufrido tanto las consecuencias de una guerra tan devastadora, interminable y asesina, nunca el genocidio se había convertido en la bandera y la razón de ser de ninguna nación. Ante este panorama tan desolador, y tras haberse asomado a un abismo, el suyo propio, la humanidad debía acometer una difícil, pero necesaria, misión: resurgir de sus cenizas y construir un nuevo futuro, lo que conllevaba inevitablemente asumir el horror que había sido capaz de perpetrar. De nuevo, palabras de Arendt que invitan a reflexionar: “Todos los crímenes que los hombres han conocido y todas las naciones comparten la carga del mal que todas las otras han cometido”.

De ese sentimiento de vergüenza generalizada, y en ese contexto de guerra aún ardiente y de ruinas humeantes, se creó por la voluntad de un conjunto de países la Organización de las Naciones Unidas. El 24 de octubre de 1945 se fundó la ONU, ante la necesidad perentoria de una institución mundial que agrupase a todos los países y les impusiera límites. La Carta Constitutiva de las Naciones Unidas que se firmó en la Conferencia de San Francisco el 26 de junio de 1945 reafirmaba su fe en los derechos humanos, y reconocía entre sus claros propósitos el que se consigna en el artículo 1, inciso 3: “Realizar la cooperación internacional en la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, y en el desarrollo y estímulo de respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos sin hacer distinción por motivos de raza, idioma o religión”.

Asimismo, en el capítulo 9, artículo 55, inciso c, se lee: en términos de cooperación internacional económica y social, la ONU promoverá “el respeto universal a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos, sin hacer distinción por motivos de raza, sexo, idiomas o religión y la efectividad de tales derechos y libertades”. Para tales fines existe desde 1946 la Comisión de Derechos Humanos del Consejo Económico Social y un Alto Comisionado para los Derechos Humanos. La humanidad había tomado consciencia de que el horror de la Segunda Guerra Mundial no podía volver a repetirse, y se dotó a sí misma de instrumentos que lo garantizasen.

El 16 de noviembre de 1945 la propia ONU creó la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. A la UNESCO se le encargó la difusión de la educación de los Derechos Humanos con tres objetivos: desarrollar en los alumnos actitudes de respeto y tolerancia, impartir conocimiento sobre los derechos humanos y llegar a un mundo más justo a través de la educación.

Finalmente, la ONU, el 10 de diciembre de 1948, en su Asamblea General, reunida en París, firmó y aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ese año había 58 países miembros de la ONU y ninguno de estos países votó en contra de la declaración. Fue un momento clave en la historia de la humanidad, en la que la mayor parte de los países logró ponerse de acuerdo en unos derechos mínimos que garantizasen y promoviesen la dignidad de todos los ciudadanos y ciudadanas del mundo. Unos derechos que son universales, porque pertenecen a todo ser humano; innatos, pues cada persona los posee por el mero hecho de ser persona; intransferibles, pues no se puede renunciar a ellos; interdependientes, al relacionarse, apoyarse y complementarse unos a otros; e inviolables, pues no pueden transgredirse por ser absolutos. Nos pueden quitar la libertad, pero no el derecho a ser libres.

La Declaración de Derechos Humanos, hito decisivo del progreso humano, ha recibido no obstante críticas por constituir un conjunto de normas morales que apelan a la conciencia individual, y en las que es el propio individuo el juez y censor de sus actos. Los derechos humanos no son leyes universales que la ONU pueda sancionar, sino que tiene que ser cada estado el que convierta esas normas morales en normas jurídicas, que obliguen por ley a su respeto y cumplimiento. Desde Amnistía Internacional, como desde tantas otras ONG, seguimos luchando incansablemente y día tras día para que los derechos humanos se hagan efectivos y no queden, simplemente, en papel mojado.