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Jueves, 21 de enero de 2021

El espejo

Aquella tienda le había gustado desde siempre. Al volver del trabajo, solía pararse delante del escaparate para contemplar detenidamente sus objetos. Incluso, en alguna ocasión, había entrado. Y no había una sola vez que no encontrara algo que le pareciera bonito, interesante, bello.

Llevaba unas semanas pasándose con más frecuencia por allí, mirando y volviendo a ver aquel espejo antiguo.

Cuando reiniciaba el camino de regreso, daba vueltas mentalmente al espacio que había en aquel rincón de su habitación, que resultaba tan sombrío y, a veces, además, barajaba la posibilidad de colocarlo allí. Sin duda llenaría aquel sitio al que parecía que le faltaba algo, y le daría un toque de distinción y prestancia.

Después de medir el hueco para asegurarse de que cabía, se dirigió a la tienda para comprarlo.

De vuelta a casa se dio cuenta de lo que pesaba. Al llegar, cogió una gamuza para el polvo y un espray de cristales para quitarle el vaho, y quedó reluciente, aunque con esos matices de antigüedad que lo hacían tan especial.

Una vez instalado en su habitación, confirmó su idea. Ahora todo resultaba mucho mejor. Y podía ver su cuerpo entero.

Aquella noche, antes de acostarse, volvió a mirarlo con satisfacción. Y enseguida se durmió, pues aquel día había sido muy duro en el trabajo.

A las tres de la madrugada se despertó con agitación. Había oído unos ruidos extraños que le hacían acelerar el corazón. Se levantó, dio una vuelta por toda la casa, pero todo estaba en orden, y sólo se oía el crujido de la tarima al ritmo de sus pisadas. Pensó que el cansancio le había jugado una mala pasada. Así que se dio media vuelta en la cama y siguió durmiendo.

A la mañana siguiente, ya vistiéndose para ir a trabajar, al mirarse en el espejo vio que lo cubría una pequeña capa. Juraría que lo había dejado impecable el día anterior, pero ya lo repasaría al volver.

Por la tarde le dio de nuevo otra mano con limpiacristales. Comprobó con alegría lo bien que quedaba.

Esa noche, otra vez a la misma e intempestiva hora, se despertó con sobresalto por los ruidos, le faltaba el aire, y se fue temblando a la cocina a beber un vaso de agua.

No había visto nada extraño en la casa, volviendo a tumbarse en la cama. Le costó conciliar el sueño.

Al amanecer se levantó, y mientras se anudaba la bata, su sorpresa fue ver el espejo completamente lleno de esa neblina que ya parecía imposible de quitar.

Comenzó a obsesionarse con los ruidos y con esa película blanquecina; comprobó puertas y ventanas, revisó todas las estancias, no pudiendo explicarse de dónde venían aquellos extraños quejidos.

Aquella noche decidió programar el móvil para que le despertara unos minutos antes de las tres. Fue entonces cuando comprobó, con estupor, que aquellos inusuales sonidos provenían del espejo, que volvía a llenarse de un denso velo…

Nunca pudo descifrar lo que decía aquella voz… Jamás logró quitar aquel vaho…