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Martes, 26 de enero de 2021

Elogio de la castaña

     Los feligreses que entren estos días en la iglesia de San Martín –Tesoro Escondido rodeado por las casas de la ciudad, que la esconden- se extrañarán de ver, dentro del portal, un carrito de asar castañas convenientemente protegido por una lona. Es un brasero de hierro en el que entrarán en íntima relación las castañas y el fuego, o mejor las brasas, que no es plan de torrarlas sino de asarlas. De asarlas se encarga Asadina, una Asociación , o una pasión de amor por las castañas y su mundo, o una locura que les ha entrado a unos chicos de Cantalpino enamorados de las montañas y las Sierras y Arribes y Dehesas, que en esta provincia tenemos varias, a cual más bella. Hay otros muchos castañeros y castañeras en la ciudad; esperemos que esta temporada que ahora empieza puedan seguir agradándonos la vida.

     Les habrá pasado lo que a mí, un chico de pueblo cerealista sin más árboles en mi infancia que los chopos de la fuente de La Olisa y el árbol del Pozo Bueno, cuyas raíces chupaban el agua derramada sin querer de los cántaros, al ponerlos en la cadera o al subirlos a la alforja en el burro: quedé extasiado contemplando el castaño, los helechos y los robles en mi primer campamento en La Alberca, en la Fuente del Castaño precisamente.

     Los chicos de Asadina, jóvenes adultos ahora, solían guardar el carrito con el brasero y la badila en el Convento vecino de la Madre de Dios –que no en el de las madres de dios, como dicen algunos, con el proverbial desprecio a la Gramática y a la Lengua de que hacemos gala muchos españoles-, pero este año hay obras en el Convento, así que lo guardan en el pórtico de San Martín, que es el “local” más vecino al puesto de asar castañas. Y es que los vecinos no los busca uno, sino que se los encuentra.

     El encuentro con Asadina me ha ayudado a descubrir que, en nuestros pueblos, hay agricultores jóvenes, entre ellos María -agricultora por tanto- que en su infancia, hace veinte años, acompañó a su padre a plantar y después injertar unos castaños, cuya fruta ya están recogiendo, unos 5.000 kg en esta campaña. El castaño tarda unos doce años en empezar a producir una cosecha decente, de modo que la niña de entonces, joven mujer ahora, ha sucedido al padre en la tarea.

     Ahora que la ecología está de moda, bueno es darnos cuenta de que en el campo, como en todo, hay que pensar a largo plazo y con visión global. Como dice San Pablo: uno planta, otro riega y cuida, otra cosecha y otro vende el producto elaborado: la castaña asada. Se trata de economía real, no economía meramente financiera. Pero no estaría mal que en Salamanca, como ocurre en El Bierzo y, no digamos nada en varias regiones de Francia, algún espabilado financiero o empresario ayudara a estos jóvenes a darle más valor añadido a las castañas, que pueden consumirse también pilongas, en mermelada, en pastel, en licores, en cocina de alto nivel como complemento…o, en la joya de la corona, el marron glacé.

     Las castañas no van a repoblar la España vaciada, pero pueden ser un complemento más que dé sentido a la vida de unos cuantos jóvenes en nuestro mundo rural. Las castañas tienen mucha historia detrás: introducido su cultivo por los romanos, fueron la base de la alimentación –quitaron mucha hambre, dice Felipe, o mejor Pipe, el líder de Asadina- hasta que quedaron relegadas a un segundo plano, a partir del siglo XVII, por dos plantas traídas de América: el maíz y la patata. Ahora ya no se trata de matar el hambre, sino de practicar Agricultura ecológica, lograr valor añadido, ofrecer productos gourmet y ayudar a fijar población joven en nuestras sierras y en la capital. Iniciativas y posibilidades para la gente joven del mundo rural no faltan. Algún joven serrano conocí que se pagó sus estudios universitarios con solo recoger setas…de las buenas; y sé también que las trufas no se dan mal en algunas de nuestras dehesas. Quizá falte un mayor apoyo, una mayor apuesta por estas iniciativas.

     Otros años, los entusiastas componentes de Asadina han realizado castañadas, calvochadas, charlas, juegos y fiestas infantiles y de adultos en Colegios, en Asociaciones, en pueblos y barrios, unas trescientas actividades, que este año no han podido llevar a cabo para no favorecer aglomeraciones de personas. La prevención de la pandemia manda…y ahoga. Esperemos que en la próxima campaña sus sueños puedan volver a volar.

Para más información: asadina.blogspot.com