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Miércoles, 27 de enero de 2021

Violencia: fracaso social

“Toda reforma impuesta por la violencia no corregirá el mal: El buen juicio no necesita de la violencia” (León Tolstoi)

¿Qué hay de la violación, la violencia doméstica y otras formas de agresión? Un número de infracciones que hoy se consideran crímenes, antaño en nuestra sociedad no constituían un daño social real. La violencia sexual y doméstica están muy extendidas en nuestra sociedad, e incluso observamos diariamente, como promulgando leyes, medios de denuncia y policiales, la violencia continua, no se encuentran los resortes para atajar esta forma de violencia, que se ha venido trasladando, a grupos de personas jóvenes, que podían estar alejadas de sucesos de esta índole. Pero aunque van disminuyendo estas agresiones y muertes violentas, aún por cualquier rincón, no deja de sorprendernos.

 En la actualidad, muchas formas de violencia sexual y doméstica son comúnmente toleradas, algunas son incluso alentadas sutilmente por algunos países, que consideramos de superior nivel educativo y sin embargo, mantienen  instituciones de cultura dominante.

Veamos lo que cada día ocurre en Estados Unidos, donde a menudo  la violación de derechos, el ejercicio de la fuerza, la brutalidad policial, y el poco celo a quienes pueden portar armas, es un lamentable relato de violencia, y como esta se disculpa en los medios de comunicación.

 El grave problema de la violación en el matrimonio es obviado en no pocas culturas del mundo donde el discurso de influyentes instituciones tiene como resultado que, muchas personas aún creen que un esposo  puede violar a su mujer, ya que mantienen una unión sexual contractual. Los medios de comunicación y las películas de Hollywood con regularidad retratan la violación como un acto cometido por un desconocido ―generalmente un extraño, pobre y negro―.

Según esta versión, la única esperanza de una mujer es ser protegida por la policía. Pero, en realidad, la gran mayoría de las violaciones son cometidas por novios, amigos y miembros de la familia, en actuaciones que se sitúan en la zona gris de las definiciones de la cultura dominante, entre lo consentido y lo forzado.

Con enorme frecuencia, se omite del problema de la violación, el abuso y la violencia doméstica, mientras que perpetúa el mito del amor a primera vista. Según este mito, el hombre seduce a la mujer y ambos cubren todas las necesidades del otro, tanto emocional como sexualmente, creando un lazo perfecto que no necesita hablar de acuerdos, trabajar en la comunicación, ni navegar por los límites emocionales y sexuales.

La policía y otras instituciones que tienen por objeto proteger a las mujeres de la violación aconsejan a las mismas, no hacer esto o aquello, que pueda poner su vida en peligro y provocar a su atacante, cuando el sentido común sugiere que la resistencia es, a menudo, una de las mejores opciones, y que la misma en estado normal, es el primer amparo que, aparte de la súplica, se pone como defensa.

 El Estado rara vez ofrece clases de defensa personal para mujeres, (ahora comienza en las más jóvenes evidentemente).Las personas que acuden al Estado para denunciar agresiones sexuales o físicas deben soportar humillaciones: los tribunales ponen en tela de juicio la honestidad y la integridad moral de las mujeres que valientemente denuncian en público el haber sido agredidas sexualmente.

Algunas normativas locales exigen a la policía que arreste a alguien, o incluso a ambas partes implicadas cuando hay una llamada de violencia doméstica. Las personas transgénero son maltratadas con más regularidad por el sistema legal, que se niega a respetar su identidad y, a menudo, las obliga a estar con personas de diferente género. Las personas transgénero de clase trabajadora y sin hogar son en muchas ocasiones vejadas, e insultadas.

Una gran cantidad de abusos son el resultado de personas que descargan su ira sobre aquellos que están más abajo en la jerarquía social. Los niños, que tienden a estar en la parte inferior de la pirámide, en última instancia, reciben una gran cantidad de esta violencia.

Las autoridades que se supone deben velar por su seguridad, como los padres, familiares, sacerdotes y maestros son los más propensos a abusar de ellos. Buscar ayuda solo suele empeorar las cosas, porque en ningún momento el sistema legal les permite recuperar el control sobre sus vidas, a pesar de que este control, es el que las víctimas de abusos más necesitan. En cambio, son los trabajadores sociales y los jueces con escaso conocimiento de la situación, y con otros cientos de casos por arbitrar, los que toman las decisiones en cada momento.

El paradigma actual basado en castigar a los delincuentes e ignorar las necesidades de las víctimas ha demostrado ser un fracaso total, y un mayor rigor en la aplicación de las leyes no va a cambiar esto; al menos no ha dado aún resultados tajantes. Los agresores, con frecuencia, han sufrido antes malos tratos, y enviarlos a la cárcel no les hace menos propensos a volver a actuar de forma abusiva.

Las personas que sufren maltrato pueden beneficiarse de tener un espacio seguro, pero enviar a sus agresores a la cárcel impide la posibilidad de una solución, y si además dependen económicamente de ellos, como suele ser el caso, se puede optar por no denunciar el delito por temor a terminar sin hogar, pobres o bajo custodia. Esta es, -aunque como digo parece remitir- una problemática, que el Estado y la sociedad en su conjunto, aún no ha sabido solucionar, mucha mies habrá que segar, para que el grano germine y de fruto.

                Fermín González    salamancartvaldia.es                       blog taurinerías