Miércoles, 25 de noviembre de 2020

Luz de las librerías

Hubo un tiempo –en plena recepción un tanto bobalicona de la nueva “revolución tecnológica”, como siempre ocurre entre nosotros (al igual que hoy con los móviles)–,  en que los apocalípticos (utilizamos el término procedente del gran Humberto Eco) pronosticaban el final del libro de papel, pues el llamado “e-book” lo arrasaría más temprano que tarde.

            Parece, sin embargo, que el libro en formato de papel, si así puede decirse, aunque preferimos decir más escueta y propiamente el libro, resiste los embates de ese otro que hay que leer en formato digital.

            Las librerías, en este trance, a lo largo de los últimos lustros, han experimentado una notable crisis y no pocas de ellas han tenido que terminar cerrando. Ejemplos hay cientos de lo que decimos. Y algunas de ellas son muy emblemáticas y antiguas. En Salamanca, por ejemplo, aunque cerrara acaso por otros motivos, la Librería Cervantes es un buen ejemplo de lo que decimos.

            Pero esta mañana en la radio escuchaba con atención cómo, en la ciudad de Barcelona, donde han cerrado asimismo estos últimos años algunas librerías emblemáticas, se han creado y han abierto en este tiempo último unas veinte nuevas librerías.

Ya no son tan grandes como las de antaño, ocupan más bien recogidos locales y ámbitos, pero ahí están, fruto de la iniciativa de emprendedores jóvenes que han comenzado a apostar por este tipo de servicios culturales que parecían venirse a pique en los últimos años.

Menos mal. Porque, en nuestro país, pese a haber aumentado el número de lectores –ahí el sistema educativo, pese a no estar muy bien parada en él la lectura y seguir siendo una asignatura pendiente, tiene algo que decir, además de la extensión de los recursos culturales a capas más amplias de la sociedad, entre ellos los de las bibliotecas públicas–, todavía no ha arraigado en sectores sociales que, sin embargo, no tienen por qué no poder acceder a la lectura.

Las librerías son, hoy, –lo han sido siempre–, como una antorcha o una luz civilizadora, en la medida en que ponen los libros a nuestro alcance. Y el libro, desde el inicio de los tiempos modernos hasta hoy mismo, ha sido y sigue siendo un objeto civilizador y humanizador de primer orden.

Estos días, este año, en que se cumplen tres centenarios, el de los nacimientos del novelista vallisoletano Miguel Delibes y del poeta y narrador uruguayo Mario Benedetti y el de la muerte de Benito Pérez Galdós, tenemos un buen pretexto por tal motivo para acercarnos a cualquier librería y adquirir algún libro de estos extraordinarios autores, para, a través de su lectura, compartir con sus creadores esos mundos verbalizados por ellos y puestos a nuestra disposición, para convertir la vida de los lectores en una aventura hermosa.

Porque, pese a todo, a todo la que está cayendo –como dicen los castizos–, sigue siendo –y aquí evocamos a José María Castellet– la hora del lector. Y, afortunadamente también, la de las librerías.