La cosificación de la mujer en México

Alexis Silva Tosca

Activista por los Derechos Humanos

Una de las primeras lecciones que un bisoño estudiante de Derecho aprende en los albores de su carrera es la diametral diferencia que existe entre las nociones de “persona” y “cosa”, entendiendo que, en términos del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, persona es todo ser humano; en cambio, una “cosa” en el ámbito principalmente jurídico-civil, es todo objeto del cual podemos disponer. Esto implicaría que una cosa se encuentra sometida a la voluntad de los seres humanos, por lo que es posible hacer básicamente lo que deseemos con ella: donarla, conservarla, venderla o incluso destruirla.

Sin embargo, desde una perspectiva semiótica, la Historia nos muestra cómo la humanidad, en sus diversas facetas, ha mezclado entre sí los respectivos significantes y significados de persona y cosa, al grado tal que a causa de esta concienzuda equivocación ciertos grupos humanos han “cosificado” a otras personas, es decir, les han despojado de su carácter de seres humanos para convertirlos simple y llanamente en cosas. De esta manera, en la Antigüedad uno de los engranajes de producción fundamentales fueron los esclavos, quienes para muchos (aún hoy en día) aclamados filósofos tenían la calidad de “cosa” y no de humanos, ocurriendo lo mismo en el Medioevo con las sociedades estamentales, e importando esta indigna visión al entonces nuevo mundo americano que se tradujo en el sistema de castas, en donde desde antaño predominaba ya la esclavitud entre las sociedades prehispánicas.

Así pues, es posible argüir que la humanidad ha tenido la tendencia constante (sea por las causas que fueren) de cosificarse entre sí, y un hecho que provoca mayor laceración en nuestra memoria histórica es que hay grupos humanos que han sufrido una doble (o incluso triple) vulnerabilidad y discriminación como consecuencia de estas prácticas abyectas. Un escenario peor resulta al tener en cuenta que muchas de estas costumbres denigrantes han sido trasmitidas de generación en generación, permitiendo que se consolide propiamente una cultura en estos términos, la cual conduce a las personas a actuar de manera automática, inconsciente y otras veces con plena consciencia, para manifestar su tendencia de poderío frente a otros.

En específico, y sin el ánimo de controvertir las actuales ópticas sociológicas y naturalistas entre “género” y “sexo”, las mujeres han sido históricamente víctimas de esta cosificación casi en todos los rincones del mundo. En el terreno de lo local, en México, las mujeres, como se mencionó previamente, pueden encarar una doble e incluso triple vulnerabilidad y discriminación. Hay mujeres que son pobres, pero que a su vez son indígenas, y en razón de cada una de estas facetas, sufren los estragos de una sociedad profundamente machista, clasista y racista.

En México lo negamos, pero ha sido tal el grado de cosificación de la mujer que hay una apabullante estadística al alza que muestra cómo algunos disponen de la mujer como si fuese un objeto, como si no tuviese un valor, al punto de hacerla desaparecer forzadamente, abusar sexualmente de ella y asesinarla miserablemente. Los datos oficiales son ofuscados por deficiencias institucionales; al respecto Amnistía Internacional en México ha evidenciado que muchas muertes violentas a mujeres, en vez de ser calificadas como feminicidios en razón de las circunstancias fácticas, han sido calificadas como homicidios. En adición, vergonzosamente hay casos que de manera previa habían sido calificados como suicidios, pero que después han sido reabiertos ya como feminicidios, revelando (en el mejor de los casos) la falta de criterio y profesionalización de quienes son parte del aparato de justicia en dicho país, por no mencionar la corrupción como causa de estas omisiones.

Otro aspecto a destacar es que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía en México no cuenta con una base de datos específica sobre el número de feminicidios en el país, solo con un apartado de defunciones de mujeres por homicidio, desprendiéndose de ello que, por ejemplo, en 2018, fueron asesinadas la impresionante cifra de 3.752 mujeres, pero sin especificar cuántos homicidios y cuántos feminicidios. Por su parte, Amnistía Internacional en México señaló en concreto que para septiembre de 2019 se contabilizaban 748 víctimas de feminicidio. Empero, en aras de conocer las estadísticas finales del 2019 y del 2020 se tendría que estar al pendiente del próximo informe de esta organización internacional.

De momento resulta pavoroso y totalmente despreciable ser testigos de cómo la cosificación de la mujer en México ha llegado a sus extremos, puesto que este año 2020 ha habido casos que han conmocionado a la sociedad mexicana, como el feminicidio de Ingrid Escamilla en manos de su propio esposo, quien además cobardemente la desolló. Otro caso es el de la pequeña Fátima, quien era una niña de tan solo 7 años, que al salir de su escuela de educación primaria fue secuestrada, abusada sexualmente, asesinada y encontrada seis días después de su desaparición en una bolsa de plástico. ¿A qué grado de cosificación de la mujer hemos llegado en México?

Si bien resulta obvio para la mayoría, es importante enfatizar que debemos entender que la mujer tiene los mismos derechos que los hombres, el nacer como mujer (en el caso del sexo) o escoger serlo (en el caso del género) no disminuye ninguna virtud humana. Dejemos atrás la visión paleolítica que quizás nuestros padres, si así fue, nos inculcaron.  Sin duda, nuestra generación y las venideras mostraran cada vez más la aversión radical hacia toda práctica machista en México, que la aprendemos como parte de una impronta (casi innata) dentro de nuestro núcleo familiar y que es reforzada por las deficiencias institucionales que someten la agonizante igualdad en dicho país.