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Viernes, 22 de enero de 2021

Venancio Blanco, la vida que retorna

En la obra ‘Cristo vuelve al padre’ el bronce del autor tiene una desnudez desoladora, un hueco infinito en el espacio de las entrañas donde se quedan la lluvia y las hojas de los árboles

Los Cristos de Venancio no son yacentes, están incorporados. No sabe el espectador sobrecogido si exhalan su último aliento en un estertor doloroso o se incorporan de nuevo a la vida

  El arroyo de Santo Domingo guarda en su quietud de entrada sosegada a la ciudad culta, la escultura magnífica de un San Juan de la Cruz habitante de la iglesia del Carmelo cuyas piedras irregulares tanto tienen que ver con la sagrada mampostería de los monjes dominicos. Los sabios americanistas vestidos de blanco en su nave barroca de San Esteban, magnánimos con el espacio, generosos con la deliciosa edificación devenida en sala de exposiciones para ese 2002 del que la ciudad sigue gozando…

Y tienen los jardines sagrados un recogimiento delicado, un sonido de fuentes, un arco de colina, un seto bien cortado… es la naturaleza del claustro ungida por manos de ora et labora que permanece así, mientras la parra virgen se anuda alrededor de un ciprés, el olido centenario deja caer su fruto y los árboles de hoja perenne nos recuerdan su vocación de eternidad ¿Quién no conoce los jardines secretos del Arroyo de Santo Domingo? Lugar fueron de conciertos recoletos, lugar son de paseo tranquilo en la ciudad confinada plena de rincones desconocidos. Y este este jardín, locus amoenus, el lugar de encuentro con el artista de Matilla de los Caños, con el escultor que naciera en la dehesa salmantina, hijo de mayoral y excelso artista: Venancio Blanco cuyas obras parecen surgir, como los olivos centenarios, de la tierra de los dominicos y habitar, desde su diversidad, su infinita riqueza, la sala de las columnas que guarda el eco de las estancias conventuales.

¿Perdió la ciudad una sala de exposiciones o ganó un museo? Tiene la letrada provinciana ciudad sus cuentas pendientes, su rosario de jaculatorias, sin embargo, la belleza del espacio se impone, piedra, bronce, arte en definitiva, a flor de tierra o en la nave sagrada de la exquisita sala. La obra de Venancio Blanco acalla la polémica sostenida en el tiempo y nos ofrece, inmensa, su maestría, de ahí que el fotógrafo no repare en la inmensidad de la catedral tan cercana y cierta, ni en el jardín secreto de vivos olivos, ni en la disposición museística de la exposición del artista salmantino. No. La mirada del fotógrafo se hinca ante el Cristo de Venancio Blanco, apenas separado de la calle quieta, guardado por el ángel concebido como un arquero de la modernidad. Cristo tendido.

Salido del evangelio de San Lucas, de la profunda religiosidad del artista y de la tierra toda, el Jesús que vuelve a la vida de madera, el perfecto estudio anatómico de un hombre en la plenitud de su cuerpo, fue en vida de Venancio Blanco, un empeño de dolor. Quiso el ebanista prodigioso hacer de su hermano muerto un Cristo a medio camino entre la vida y la tumba, y el ejercicio fue tan hermoso como perturbador. El Cristo que regresa al Padre fue un ejercicio magistral de ebanista inspirado que siguió indagando en escayola, en bocetos, en el misterio del resucitado. Sin embargo, quiso el bronce, en el 2015, alejarse del canon barroco de Gregorio Fernández que marcaba los Cristos yacentes con su versión del evangelio de San Lucas ¿Y cómo recrear el modelo clásico desde la piedad, el fervor y el hálito del arte? ¿Cómo ser original con un canon tan reconocido?


Quiere detenerse en este lugar tan inspirador, Amador Martín, en el Cristo tendido. Titulada la pieza “Cristo vuelve al padre”, tiene el bronce de Venancio una desnudez desoladora, un hueco infinito en el espacio de las entrañas donde se quedan la lluvia y las hojas de los árboles. Para él, nos recuerda Mar, siempre atenta a la obra del Maestro, las obras se acababan definitivamente, con la impronta del tiempo y la intemperie. Los mismos que le han dado a la pieza su pátina descarnada. Y el fotógrafo capta a la perfección el doloroso perfil de una mirada que conmueve, Cristo de una energía que rebosa y desborda sus músculos de bronce.

Los Cristos de Venancio, dice la historiadora del arte Montserrat González, no son yacentes, están incorporados. No sabe el espectador sobrecogido, el fotógrafo fervoroso, si exhalan su último aliento en un estertor doloroso o se incorporan de nuevo a la vida, resucitando con la fuerza de los codos, la columna que se quiere erguir y levantarse. Es un Cristo de energía contenida, de belleza dolorosa, el esternón como libro que se abre para leer el hálito del aire, el vacío de las entrañas. Y se recrea en el rostro sufriente el objetivo de Amador Martín, nos recorre el escalofrío de su osamenta afilada. Y la fotografía, que tantos rincones puede festejar en este jardín de otoño prodigioso, se detiene en la figura que, según Montserrat González, creó un canon nuevo que despierta al yacente y toma del sudario el fotógrafo emocionado… inmerso en la luz que inunda este jardín dominico, esta sala sosegada y quieta, esta obra detenida en el genio de un hombre de la tierra. Es el callado, bellísimo, estertor del sol sobre las hojas, celebrando el otoño donde vuelve a la vida el hálito generoso de lo eterno.

José Amador Martín, Charo Alonso.