Martes, 24 de noviembre de 2020

El trabajo y el descanso bíblicos

Expulsado del Paraíso y condenado a obtener el sustento con el sudor de su frente, el ser humano se asienta en el reino de la necesidad, de modo que el trabajo resulta consustancial a su vida en este mundo. Frente a esa situación humana, la beatitud celeste es imaginable como una especie de sabbat eterno, un “vivir como Dios” para siempre, por así decir. La obligación de trabajar es pues el meollo de la condena bíblica en esta vida, que puede alcanzar la otra si uno no sigue los mandatos de Dios. De ahí su maldición: “Por eso juré con ira: ¡No entrarán en mi descanso!”.

Dando por sentada esta situación antropológica, la Biblia elogia por lo general la laboriosidad y el esfuerzo. Así, en los Proverbios se alaba a la hormiga diligente y previsora y a la “mujer ideal”, que “se arremanga con decisión/ y trabaja con energía./ Comprueba si sus asuntos van bien/ y ni de noche apaga su lámpara”. Ese creyente que trabaja con perseverancia recibirá como premio riquezas materiales y una abundante prole, sin que se descarte la actividad usuraria con los excedentes, como nos indica la parábola de los talentos (o de las minas).  Por lo demás, ya que hemos hablado de la mujer, el castigo bíblico de Eva va a ser al menos doble que el de Adán: sus hijas no trabajarán menos que sus hijos, pero además estarán sujetas al parto con dolor y a la autoridad del varón. (Es curioso que el término latino labor no solo se refiera al trabajo, sino a cualquier esfuerzo o empeño superador de dificultades y, más concretamente, al parto, de modo que la gestación y crianza de los hijos son uteri labores). Cabe suponer por ello que, si Eva hubiera dado a luz en el Paraíso, lo hubiera hecho sin esfuerzo ni sufrimiento y que lo mismo ocurrirá en el futuro reino de Dios sobre la Tierra, mientras dure esta vida.

Más tarde Pablo de Tarso –que suele ganarse el sustento ayudando a sus huéspedes en sus labores– plantea la cuestión laboral con el realismo que le caracteriza: “os exhortamos a que sigáis progresando más y más (...), trabajando con vuestras manos, como os lo tenemos ordenado, a fin de que viváis dignamente...”; pues, de otro modo, “si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma”. Además, los frutos de ese esfuerzo deben ir también a socorrer a los que se hallen en necesidad. No podría ser de otro modo, pues los apóstoles de Jesús tienen por lo general una dedicación full time a la predicación y al proselitismo. Los evangelios cuentan que el Mesías ordenó a sus primeros seguidores que dejaran sus labores y le siguieran, y no consta que después retomaran sus trabajos, por lo que suponemos que luego vivieron de esos socorros y de ocasionales multiplicaciones milagrosas de alimentos.

Como dijimos por aquí hace un tiempo, los mensajes bíblicos no están exentos de contradicciones. Un poco en contraste con estos planteamientos, Jesucristo nos invita a confiar en la providencia y a vivir sin preocuparnos por el sustento ni por el día de mañana. “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?”. Y nos insta a despreciar las riquezas materiales y el dinero, pues no se puede servir a dos señores y no hay que amontonar riquezas en la tierra, etc. Así pues, llegaríamos a una conclusión razonable: trabajar sí, pero no demasiado, no sea que ello nos depare demasiadas riquezas que nos esclavicen y no nos dejen dormir por la noche.

Una postura ética que no andaría muy lejos de la aurea mediocritas que reivindicaban algunos filósofos griegos como ideal de vida.

(Imagen: El sermón de la montaña. Wikipedia.org)