Sábado, 28 de noviembre de 2020

Refugiados, la Humanidad pendiente

“no nos gusta que nos llamen “refugiados”. Nosotros mismos nos llamamos unos a otros “recién llegados” o “inmigrantes”

Hannah Arendt

 

“Sólo la pérdida de la comunidad misma le arroja de la Humanidad”

Hannah Arendt

El coronavirus no solo nos encierra en el hogar, también nos oscurece la mirada para ver las situaciones más desesperadas del mundo. Nos están animando a una resignificación del cuidado y de la prevención que requiere no una mirada del miedo, sino una mirada atenta. En un mundo como el nuestro cargado de sofismas, nos lleva a una mirada poco profunda, repitiendo los mismos eslóganes, aunque con un lenguaje un poco más refinado. Lo que nos salva es la mirada, nos recordaba Simone Weil. Esta mirada nos implica no solo una protección social para aquellos que lo están pasando mal y no tienen garantías de trabajo, también para aquellos que viven la desesperación y el abandono en los numerosos campos de refugiados del mundo.

El campo de Lesbos está situado en el corazón de Europa donde viven casi abandonadas 4.000 personas, obligados a convivir con su propia basura, el olor atraviesa la mascarilla y se impregna en el alma. Recordar también el campo de refugiados de Dadaab, en Kenia, donde viven 217.000 refugiados abandonados a su suerte, en donde se han registrado numerosos casos positivos en COVID-19. Ahí está el campo de refugiados de Cox’s Bazar, al sureste de Bangladesh, con una mayor incidencia del coronavirus que en el campo de Dadaab. Podíamos ampliar la lista, Somalia, Zambia Libia, Pakistán, donde la crisis social y económica de los países más desarrollados se ha hecho notar en estos países más pobres, principalmente en el acceso a medicamentos y alimentos básicos, con el agravante de otras enfermedades que provocarán muertes masivas, como el sarampión o la malaria.

El COVID-19, no ha conseguido paralizar el movimiento de personas, ya que la necesidad y la desesperación es enorme en numerosos países africanos. En los últimos meses, los migrantes y las personas refugiadas procedentes de África, han seguido intentando cruzar el Mediterráneo y los movimientos se han duplicado exponencialmente. Buscan trabajo para sobrevivir, aunque sea mal pagado, sin contrato y en condiciones, muchas veces, durísimas. Muchos de ellos siguen perdiendo la vida en el intento, lo que pone de manifiesto la realidad de desprotección y vulnerabilidad en la que siguen viviendo millones de personas. Los gobiernos enzarzados en enfrentamientos internos y más preocupados de la rentabilidad electoral en un momento de gran dificultad vírica, no están dando respuesta a esta realidad, abandonando la solidaridad y la cooperación internacional.

Ante esta realidad, buscamos un mirar más atento que tiene mucho que ver con el respeto, con la persona, con la fragilidad, con la dignidad, con la solidaridad, con la justicia, con el otro, con lo otro, con uno mismo. Esta mirada se hace necesaria en medio de la pandemia, en un mundo donde todo fluctúa en la indiferencia, donde casi todo consumible y desechable y muchos de nuestros hermanos no se reconocen en la trivialidad casi inhumana. En nuestra sociedad analfabeta de emociones, la pobreza y el miedo, el dolor, la incertidumbre, la exclusión social, los inmigrantes y refugiados políticos, gritan sin ser oídos en los márgenes de la exclusión, a la intemperie en una existencia enmascarada.

Para poder abrir la ventana del alma y desplegar una mirada de la projimidad, quisiera tomar prestadas las ideas y las palabras de Hannah Arendt, tan actuales, tan necesarias. La pensadora fue tremendamente perceptiva respecto a algunos de los problemas, perplejidades y tendencias más peligrosas de la vida actual, hoy más intensos y peligrosos. Esos “tiempos oscuros”, no solo están referidos al totalitarismo nazi, sino ha muchos problemas que amenazan a la humanidad actual, como el problema de los refugiados. El pensamiento, para Hannah Arendt, debe anclarse en la propia experiencia vivida, desde que escapó de Alemania y huyó de Francia hacia Nueva York, fue una apátrida y refugiada germano-judía. Allí fue ayudada y asistida por la organización de refugiados que la auxiliaron no solo económicamente, también ha obtener el visado.

En su vida en Nueva York escribirá “Nosotros los refugiados”, donde aflora su realidad de exiliada con perspicacia e ironía, afirmando que fuimos “obligados a convertirnos en refugiados”, muchos habían perdido sus casas, su tierra, su trabajo, incluso su lenguaje y obligados a olvidar todo. Había una lucha profunda contra la desesperación y la pérdida de identidad, afirma la pensadora. Fueron los primeros prisioneros voluntarios de la historia, camuflaron tanto su existencia de refugiados que serán incapaces de criticar la realidad en la que estaban inmersos. Su artículo concluye hablando de las consecuencias de esa realidad: “El entendimiento entre los pueblos europeos se hizo añicos cuando y porque permitió que su miembro más débil fuera excluido y perseguido”

En nuestro mundo millones de personas viven en campos de refugiados, sin la más mínima esperanza de regresar a sus casas o encontrar un nuevo hogar. Hannah Arendt, fue la primera en advertir esta realidad, donde el creciente número de apátridas y refugiados se convertiría en el grupo más sintomático de la política contemporánea. La pensadora constató en otra de sus grandes obras, La decadencia del Estado-nación y el final de los Derechos del Hombre, que después de la Primera Guerra Mundial, en los tratados sobre minorías firmados, se exacerbó en concento de Estado-nación. En ellos se explicitó, “que sólo los nacionales podían ser ciudadanos, que sólo las personas del mismo origen nacional podían disfrutar de la completa protección de las instituciones legales, que las personas de nacionalidad diferente necesitaban de una ley de excepción hasta, o a menos que, fueran completamente asimiladas y divorciadas de su origen”.

Hannah Arendt denunciaba la hipocresía y el fracaso de los tratados minoritarios, ya que no existía un mecanismo internacional para proteger a las minorías, quedando roto el precario equilibrio entre nación y Estado, entre el interés nacional y las instituciones legales. Hoy son muchos los partidos, sobre todo de derechas, los que pregonan que solo los que pertenecen a la cultura nacional merecen derechos legales plenos. Como vemos, la desnacionalización no fue un programa exclusivo de los nazis, muchas naciones soberanas reclaman y han reclamado un derecho “absoluto” sobre los asuntos que conciernen a la inmigración, la naturalización y la expulsión.

Con tristeza constatamos, que la única solución a la crisis actual de refugiados, ha sido la creación de campos más y más grandes, es la única tierra habitable que el mundo ofrece a todos aquellos que huyen de la guerra, la persecución, el hambre, la miseria, la hambruna o la pobreza. Perplejidad que suscita preguntas sobre los Derechos del Hombre, adscritos a un ser humano abstracto, desconectados del hombre concreto y cotidiano.  De ahí parte la afirmación de Hannah Arendt, que el derecho más fundamental es “el derecho a tener derechos”, el derecho a pertenecer a algún tipo de comunidad organizada en donde los derechos son garantizados y protegidos.

Con la pensadora hemos intentado mirar la vida amorosamente hasta el fondo, esa realidad que nos rodea de tantos refugiados tratados como sobrantes o superfluos, tomando en serio su advertencia que existe una delgada línea entre destrucción del derecho a tener derechos y la destrucción de la vida misma. La pérdida de pertenecer a una comunidad, les arroja fuera de la Humanidad. Solo pertenecer a una comunidad protege a los ciudadanos de tener derechos, de poder expresar, de poder compartir y poder desplegar su Humanidad.