Martes, 24 de noviembre de 2020

Morir aislado en el hospital

“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos” (Antonio Machado)

Llevamos meses, que vivimos atormentados, temerosos ante los acontecimientos que venimos padeciendo. Y, será difícil, de olvidar este año bisiesto de 2020, aunque será recordado para la historia, como el de la pandemia Covid 19, que arraso con la vida de más de un millón de personas – que se sepa- en un mundo global infectado de cincuenta millones de seres, en lo que este país llamado España, contribuyo a sumarse a tan luctuosos datos, así como a sufrir la angustia, la incertidumbre y la muerte, que a buen seguro, muchos de nosotros hoy hemos perdido amigos, familiares, conocidos, todo ello sin desgraciadamente poder asistir a visitarlos, a despedirse de ellos, o asistir tan siquiera a su funeral. Y aún nos queda un largo camino para la tristeza y pesadumbre que soportar.

Morir es una “putada”, llena de escenas deprimentes, de llantos, de tristezas etc. Nuestra sociedad está organizada; a cada una de sus necesidades le corresponde una o varias profesiones. Cuidar, tratar y proteger la salud han hecho surgir una profusión de oficios distintos. Pero tras los muros de los hospitales, clínicas, residencias, y hogares, todos sabemos que la batalla no siempre se gana y que la muerte se presenta. Se reencuentran entonces las profesiones que no pueden eludirse: la médica y la de enfermería. Pero la importancia de tal acontecimiento, la forma que puede adoptar, la acción que estas profesiones pueden y podrían desarrollar, el modo cómo reacciona esta sociedad nuestra, tan bien organizada, prefiere ignorarlo, y el muro de silencio es aún más espeso que las paredes de piedra; silencio que aísla al enfermo, encerrándole en su soledad, que aísla al médico y aísla al personal asistente.

En el siglo XVII se informaba siempre al enfermo de la proximidad de su muerte; este papel de informador recaía casi siempre en el amigo más cercano. Cada miembro de la familia, incluyendo los niños, desfilaba por la habitación del moribundo, el cual bendecía a cada uno y le legaba una parte de sus bienes.

Con el paso del tiempo se pasó a convertir al moribundo en un menor de edad; debe actuar como si nada supiera. Se espera del moribundo que evite las escenas de llanto, desesperación, etc. ¡Que no hable de la muerte y que no la menciones en las relaciones sociales!. En nuestra sociedad, en la que los fines que se persiguen son generalmente más materiales que espirituales, a ninguna parte del “yo” se le permite sobrevivir a la muerte, significa entonces el fin de todo. El sentimiento de “nunca jamás” suscita la angustia y la rebeldía. La muerte se concibe también inconscientemente como contagiosa. El enfermo moribundo es aislado, separado, se le miente. Se le impide de este modo intercambiar emociones y al mismo tiempo comunicarse. La muerte se ha convertido en tabú. Un conjunto de factores provenientes del hecho de morir, pero también de la actitud del entorno familiar, médico y asistente, así como de la enfermedad misma, van a modificar el comportamiento del moribundo.

Frente a toda situación angustiante, uno puede verse obligado a la regresión, utilizando las mismas armas de defensa que empleaba el niño en situaciones inquietantes. Podemos describir, - al que llama sin cesar-, al que está celoso-, al que monta en cólera-, al que se ensucia-, o al contrario, al que se abandona completamente en manos del médico. Estas formas de regresión pueden evitar la aparición de una depresión, en tanto que mecanismos de defensa son útiles. El replegarse sobre sí mismo es constante, y la comunicación se torna difícil, está triste y muestra una disminución de la velocidad de los procesos intelectuales y actividades motrices. Sin embargo, la depresión no es evidente, porque poca gente habla con los moribundos. Está puede venir del peligro físico, pero también de las actitudes del entorno, en particular de la mentira, que aísla cuando el enfermo presiente su muerte. La depresión es una reacción de duelo ante la propia perdida, la de los objetos y personas que ama.

Otros estadios, como la agresividad, la angustia, la agonía son comportamientos, que modifican sus sentimientos, sus reacciones frente a la aproximación vivida de la propia muerte y frente a las reacciones que ella comporta en el medio exterior. Entre todas estas tristes y meditabundas consideraciones, se han encontrado personas de sensibilidad y temple, como el personal médico y de enfermería, de ejemplar comportamiento y han sido muchos los que tras este virus diabólico, se preguntaban ¿Qué podemos Hacer?... entre el silencio y la huida.

                Fermín González salamancartvaldia.es                 blog taurinerías