Lunes, 26 de octubre de 2020

Parásitos

Está sucediendo que en el renacimiento (escaso) post-covid de cierta parte de lo cultural, ya se están transparentando enjuagues que favorecen siempre a los mismos, convocatorias “ad hoc”, encuentros a la carta para lucimiento de los esperados, ofertas con nombre, reservas de ámbitos y, sobre todo, ‘tapabocas-migaja que menos es nada’ para comprar el silencio de los demás. No se negará  aquí que existen profesiones, cauces y personas muy necesarias para orientar, equilibrar e incluso ayudar a que los artistas puedan encontrar vías adecuadas de expresión de su trabajo y ámbitos de muestra de su talento, y que esos profesionales (productores, agentes, programadores) serán imprescindibles cuando venzamos entre todos al virus que hoy parece derrotarnos. Pero a su lado, embozados y emboscados,  acechantes y con palco reservado, miles de sanguijuelas pululan intentando seguir ejerciendo la dañina influencia con que han envenenado hasta las relaciones entre artistas.

Entre las ruinas de lo que fue el mundo de la escena y la música, y en general de la creación artística, confundidos con los jirones de vida con que hoy sobreviven técnicos, actores, guionistas, transportistas, directores, trabajadores de todo tipo y mil y un aristas a los que un virus homicida ha condenado a la angustia, el desempleo y la necesidad, pueden adivinarse todavía los restos de otra clase de víctimas, éstas mucho menos cercanas y abrazables, de las que la pandemia de coronavirus parece, socialmente, habernos librado.

Se trata de los parásitos del arte, intermediarios del talento, explotadores de la creación, vividores del esfuerzo ajeno y manipuladores del mundo del arte escénico y musical, que parapetados en fundaciones, círculos, concejalías, mutualidades, agencias, consejerías y peñas de todo tipo (públicas, privadas y conchabeadas),  han venido ejerciendo sobre los artistas y gran parte del contenido de las programaciones culturales, una colonización decisoria basada en el enchufismo, el amiguismo, la coima, la influencia, el tiralevitismo, el chantaje o el mero capricho. Hundiendo o elevando, parasitando y utilizando, arrinconando y explotando a los verdaderos creadores en teatro, cine, música, exposiciones o cualesquiera de las formas en que la expresión artística podía mostrarse, y que mediante una intermediación interesada, rozando lo corrupto a veces, supuestamente política, rastrera a menudo y siempre, siempre, improductiva, ha creado y dictado gran parte de la demanda cultural de los escenarios de este país, manipulando el mercado de consumo de ocio y trazando a su capricho e interés la imaginaria línea de lo vendible, lo válido y lo exhibible, que ha generado un panorama artístico artificial, manipulado, falso, muy mediocre salvo excepciones, de colorín y postureo, ensalada de nombres, meritoriaje de portadas, de boca abierta y pasividad taquillera, con manchas elitistas sin clase alguna, que solo una pandemia, ojalá, ha podido desbaratar.

No se vea en estas líneas crítica ni ataque alguno a los miles de artistas y trabajadores de la cultura y el ocio que han visto derrumbada su esperanza y su futuro, sobre todo los que han tenido que humillarse ante las dictaduras del capricho de demasiados intermediarios colonizadores, ya que siempre los ha habido “arrimaos” que, con talento nulo, han escalado las cumbres de la notoriedad (y el trabajo). Pero sí la advertencia de que, entre las siempre insuficientes ayudas y apoyos que sin duda el mundo del Arte habrá de recibir para superar su actual paralización, podrían confundirse y aprovecharse en el reparto los emboscados intermediarios improductivos y parásitos, que desde hace muchísimo tiempo parasitan, condicionan, colonizan y se aprovechan del mundo artístico.