Lunes, 26 de octubre de 2020

Carta del Papa

Cuando escribo estas líneas han pasado 10 días de la festividad de San Francisco de Asís, el 4 de octubre, un día de 2020 elegido por el Papa Francisco para hacer pública, ante la tumba del propio Santo, su tercera Carta Encíclica en los ocho años que lleva de pontificado, en este caso titulada Fratelli tutti (Hermanos todos), sobre la fraternidad y la amistad social. Los mensajes del Papa actual no suelen dejar indiferente a casi nadie de quienes los lean, sean católicos o no, e incluso levantan ampollas en el sector más conservador de la Iglesia con fuertes críticas, cuando no resistencia, a su pensamiento, a su gestión y a su pastoral.

No sabemos el cuándo ni el por qué Bergoglio decidió escribir y publicar esta Carta, pero el momento y su contenido no podían ser más oportunos, dados los tiempos y las circunstancias en las que vivimos: azotados por una pandemia, al borde del peligro o de la muerte, con grandes diferencias entre seres humanos, un nivel de desigualdad exacerbada y una pobreza acuciante en muchas capas de la sociedad.

Un texto con una carga humana, política, social y económica de gran intensidad. Con fuertes críticas al neoliberalismo, a lo que él considera la tiranía de la propiedad privada sobre el derecho a los bienes comunes preferentes, al consumismo, a la globalización desordenada, al populismo, a los nacionalismos exacerbados y agresivos. El Papa intenta señalar y clarificar responsabilidades sobre las desigualdades creciente en la sociedad y en el mundo. Buscando una nueva mirada compasiva, de solidaridad e inclusiva para los seres humanos, por encima del beneficio propio e individual, como única forma de vida. Alerta sobre los excesos de un sistema que genera nuevas formas de esclavitud y de exclusión social.

La Encíclica es extensísima. Traemos aquí a colación dos de sus apartados más relacionados con los derechos y las desigualdades. En el punto 118 es clarividente cuando dice: “El mundo existe para todos, porque todos los seres humanos nacemos en esta tierra con la misma dignidad. Las diferencias de color, religión, capacidades, lugar de nacimiento, lugar de residencia y tantas otras no pueden anteponerse o utilizarse para justificar los privilegios de unos sobre los derechos de todos. Por consiguiente, como comunidad estamos conminados a garantizar que cada persona viva con dignidad y tenga oportunidades adecuadas a su desarrollo integral.”

Y en el apartado 122 cuando habla de los derechos concreta que: “El desarrollo no debe orientarse a la acumulación creciente de unos pocos, sino que tiene que asegurar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las Naciones y de los pueblos. El derecho de algunos a la libertad de empresa o de mercado no puede estar por encima de los derechos de los pueblos, ni de la dignidad de los pobres, ni tampoco del respeto al medio ambiente, puesto que quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos”.

La Carta no aborda con la misma intensidad la desigualdad de género y se oyen algunas voces por utilizar un lenguaje y un contenido básicamente masculino. Pero hay otras protestas y disconformidades, como también hay aplausos y bienvenidas, porque su extensión y profundidad dan para casi todo en estos tiempos convulsos.

Por otra parte, pertenece al saber común el que las leyes establecidas en todas las sociedades defienden al que más tiene, al poderoso y al poder que éste posee frente a los que no tienen propiedades ni recursos, a los más desamparados. Comparto con Rousseau la filosofía política de que esta situación se puede mitigar a través de una sana vuelta a la naturaleza, buscando una sostenibilidad, decimos hoy en día en términos de responsabilidad social. Sin embargo, no comparto con él, con Rousseau, lo de promover una educación que fomente el individualismo, porque el exceso de individualismo egoísta e insolidario es, a mi entender, una de las causas de la crisis económica, de valores y hasta sanitaria, puestas de manifiesto en las primeras décadas del siglo XXI. 

Con su potente voz, el Papa da luz a lo que algunos venimos diciendo y pidiendo desde hace tiempo: es preciso volver a colocar al ser humano en el centro del debate y de las cosas. El mundo debe repensarse su forma de organizarse y de vivir, tanto individualmente como en sociedad. Esperemos que, no solo en los más de 1.300 millones de personas que forman la comunidad católica que lidera, sino también en la mayor parte de la sociedad, las palabras de Bergoglio alcancen las conciencias de los dirigentes y establezcan rutas para transitar hacia una sociedad más justa y mejor.

Disfruten el Coro de los esclavos. NABUCCO. Canto a la libertad de Verdi:

https://www.youtube.com/watch?v=J5qi_4DnpKg                                                                     

                                                                                                        Aguadero@acta.es