Lunes, 26 de octubre de 2020

El balcón donde se sigue posando la milana bonita

 

Cien años se cumplen hoy. Un tema de los que caen bien en un telediario de sábado en medio de un octubre que es a la vez rojo, morado, amarillo, verde, naranja y azul, sin pintor capaz de armonizarlos. Una efeméride amable, la de recordar su nacimiento más de diez años después de su muerte. Se quedó en las puertas de los noventa Miguel Delibes, sobre el que hoy se publicarán, espero, brillantes columnas, en su Norte de Castilla y en el resto de periódicos. Nada puedo añadir sino prometerme leerle más y releerle, e invitar a hacerlo. Su palabra desnuda tiene la capacidad de arroparnos, atesora la vigencia y la lucidez de siempre, y conserva en la fuerza de su valentía la verdad seca y castellana de un hombre bueno.

Hoy, cuando tantos van a hablar de él, pienso en otro que se le parecía mucho. Tanto que yo le llamaba Delibes. Todo un sosias del escritor vallisoletano, que se asomaba cada mañana al balcón justo en frente del nuestro, al otro lado de una calle estrecha. El mismísimo Delibes, el de la familia, cada mañana a apenas unos metros del salón de casa. Hace años que ya no se abre esa puerta: persianas bajadas, balcón vacío, paradero desconocido. La familiaridad cotidiana de un vecino anónimo, improbablemente Miguel, Delibes en la nómina de esas personas que ya forman parte de tu entrañable universo diario sin necesidad de saber más que su rostro y su sitio. Con eso bastaba.

Ahora, sobre la barandilla negra, no se apoyan las manos ancianas de Delibes. Nadie gira allí la cabeza a uno y otro lado para captar lo poco que suele suceder en una calle tranquila, aunque sea unos minutos cada día. Ya no está. Solamente esa nostalgia de los años en que la casa era la de los padres, la que siempre es tu casa, al contemplar el balcón vacío. Y así, al mirarlo, recuerdo a los dos. Al que vi y al que leí. Al que ya no veré más y al que seguiré leyendo.

Sé que no es creíble. Que es en lo salvaje de los bosques y en lo agreste de los páramos donde debía buscarlo, amigo del campo y de la caza como era, amistades obviamente compatibles. Que más fácilmente lo encontraría en una biblioteca, ante una máquina de escribir o interviniendo en la reunión de redactores de un periódico. Sé que de encina en encina, o de alcornoque en alcornoque, y no aquí, es donde podría esperar un vuelo que me lo evocara. Pero no. Es en este balcón. Sobre su barandilla negra. Como un homenaje al que levantaba las persianas, y abría la puerta, y se asomaba… Ahí, y no en otro sitio, y con el mismo rostro que los hermanaba, porque rostro y sitio bastan, se sigue posando la milana bonita de mis añoranzas, que reúne en un mismo grito, el de su vuelo en otoño, la santidad y la inocencia.