Viernes, 30 de octubre de 2020

Favoritas que reinaron

Ser valido de un rey era la aspiración máxima que podían alcanzar los políticos del Antiguo Régimen. Un cargo de poder casi absoluto que en muchos casos se conseguía a través de la querencia de la reina.

Fue en Rusia el caso del enigmático monje Rasputín y su influencia sobre la zarista Alejandra, o en España, Godoy, presunto cuarto amante, en sucesión, según el historiador Ballesteros, de la atrevida María Luisa de Parma, reina consorte del rey Carlos IV.

No obstante, lo mismo la zarina Alejandra que la reina María Luisa, al ser cónyuges de los reyes, sus atribuciones eran debidas al casamiento real, pero más curioso fue lo ocurrido en el reinado de Luis XV -bisnieto heredero de Luis XIV, el “rey sol”-, un rey obseso sexual que se aprovechó de sus “amantes oficiales”, en este caso las favoritas, para que le gobernaran el país, sistema del que se aprovechó durante treinta y ocho años.

Casado con la princesa polaca María Leszcinska, que le dio diez hijos, terminó por aburrirse de tan resignada esposa y al desatársele las dormidas pasiones, que complacientes damas estaban dispuestas a serenarle, se arrebató primero por las damas de la aristocracia, entre las que eligió a la duquesa de Chateauroux, quien reinó en toda su literalidad, aunque compartiéndola en amores con otras cortesanas.

Pero quien realmente ha pasado a la historia como su más distinguida favorita, reclutada de la burguesía, fue Madame de Pompadour, dama muy preparada culturalmente a quien Luis XV le debe unos años de amor y veinte de relajante reinado, con más aciertos que torpeza.

De Madame Pompadour, realizando una breve biografía, podemos decir que nació en París como Jeanne Antoinette Poisson en una modesta familia de clase media, pero la desmesurada ambición de su madre era ver a la hermosa muchachita, de cabellos dorados e inmensos ojos celestes, cogida del brazo de un hombre de ensueño.

Y, a tal fin, se paseaba junto a su hija por los jardines favoritos del rey, sin que ello fuera obstáculo para preocuparse por la mejor educación para ella. Pero como el tiempo pasaba y el rey no se fijaba en la bella adolescente, Jeanne se casó con el sobrino de un amante de su madre, quien los historiadores creen que en realidad era el padre de la joven.

Pero su oportunidad le llegó ya casada. Habiendo fallecido la duquesa de Chateauroux, reseñada anteriormente, las más bellas damas de París, entre las que se contaba Jeanne, asistieron a una fiesta de disfraces en la que la entrada era libre. Un antifaz cubría su cara y en la fiesta se mezclaron con las damas ocho personajes masculinos vestidos de árbol, todos de gran parecido, pero por la astucia de la dama, merodeando entre ellos, no tardó en reconocer al rey y él, mediante la conversación, se dio cuenta que estaba ante una dama de singular cultura. Un impacto que les llevó a pasar la noche juntos.

Las trabas que existían para que Jeanne fuera su amante oficial pronto las disiparon. Al marido de Jeanne le asignaron una renta vitalicia y durante un tiempo se marchó al exilio. Otra traba para que la Corte la aceptase fue comprarle el carísimo Marquesado de Pompadour, un lujo que para el rey era asunto menor. Y siendo la última prueba presentarla ante la reina María, aprovechando un besamanos de nuevos aristócratas, la reina quedó fascinada por la belleza y cultura de la Pompadour, con lo que no puso obstáculo alguno para que fuera la amante oficial de su marido, sino al contrario.

Son historias de sociedades estamentales con reyes absolutistas, pero parece mentira que en la actualidad, aunque sea el rey de Tailandia, haya un monarca que se confine con veinte concubinas en un hotel de Alemania.