Viernes, 30 de octubre de 2020

Escribir en Salamanca es llorar

Tomo prestada la frase escrita hace casi dos siglos por M.J. de Larra  “Escribir en Madrid es llorar” (nunca escribió “Escribir en España es llorar”, sino en Madrid) e introduzco el cambio oportuno: la ciudad por la que lloro y en la que lloro es Salamanca. Aunque, en mi caso, sea un llorar metafórico, no deja de ser un llanto.

Aclaro desde el principio que la escritura a la que me refiero no es la que semanalmente realizo desde hace seis años en este diario, que la siento en general gratificante y útil, sino mi labor de escritor, autor de ensayos, biografías, novelas históricas.

Como autor semanal de un artículo de opinión “lloro” cuando el tema sobre el que escribo es triste o muy triste; pero felizmente escribo no solo de los aspectos depresivos de nuestra realidad circundante, sino también de muchos aspectos positivos, que muestra y posee nuestro país y nuestra ciudad. Cuando hace unos días leí que un periódico suizo decía que en España ha triunfado “el partido de la tristeza”, por los malos resultados de la gestión de la pandemia atribuidos por el periódico suizo sobre todo al enfrentamiento político del Gobierno de la Comunidad de Madrid contra el Gobierno de la Nación, lloro por todos nosotros, que estamos soportando un plus innecesario de sufrimiento por sepultar la razón y el sentido común en el tiempo en el que se necesita toda la energía y bien hacer de un pueblo para librarse de un virus tan peligroso.

Mi llanto personal en Salamanca oculta mi frustración como escritor, por la negativa experiencia que desde el principio hasta el final estoy sufriendo con todas las instituciones oficiales salmantinas relacionadas con la cultura: si hubiera tenido la misma experiencia frustrante con otras instituciones no salmantinas, obviamente atribuiría mi frustración a mi ausencia de cualidades o nivel poco digno en la escritura. Pero no ha sido así: la mitad de mis más de veinte libros escritos han sido publicados por instituciones madrileñas, cordobesas, o por editoriales de prestigio de varias ciudades no castellanas. Las tres veces que he solicitado a una institución salmantina la edición de alguno de mis trabajos, que investiga dentro de un marco literario   alguna temática  central de  nuestra cultura española, se me ha denegado: Mi ensayo “LAZARILLO DE TORMES, Una misteriosa carta”, fue rechazado por la Diputación salmantina, aunque tuviera como base mi tesis doctoral, calificada con SOBRESALIENTE CUM LAUDE. Cuando presenté mi biografía sobre CERVANTES, “Un manuscrito encontrado en Esquivias”, durante el 400 aniversario de la publicación de la primera parte de El Quijote, la Junta de C y L la rechazó, pero fue premiada y publicada por la Diputación de Córdoba. Cuando hace unos meses presento mi trabajo “LA JUVENTUD DE SANTA TERESA” a una colección sobre Mujeres en España de la Universidad salmantina, la rechazan “por su formato”. Cuando presento al Premio Salamanca Ciudad de Cultura de la Institución Ciudad de Cultura mi relato “BOCCHERINI EN ESPAÑA” lo descalifican, pero queda FINALISTA EN EL PREMIO ATENEO DE SEVILLA de 2016.

¿Qué pasa con Salamanca y la cultura? ¿A qué cultura se refiere? ¿Quizás se ha perdido entre las celebraciones de los 800 años de nuestra Universidad? ¿Qué pasa con la relación de las instituciones citadas y los autores salmantinos? ¿Quizás a los que nos hemos ausentado una época por motivos profesionales nos dicen sistemáticamente “el que se fue a Sevilla perdió su silla”? En Salamanca conozco a más de un autor con similares experiencias frustrantes a la descrita aquí.

Menos mal que hay tres Instituciones salmantinas que, en mi opinión,  son tres focos de irradiación de cultura, desde hace años: El Casino de Salamanca, El Ateneo de Salamanca y la Red de Bibliotecas públicas. Podrían tomar ejemplo de las tres las instituciones “oficiales” que se pierden en senderos ajenos a la Cultura.