Viernes, 30 de octubre de 2020

Cambios por doquier

Había llegado de vacaciones con tan buena disposición, que no dudó en desear cambios, cambios, cambios por doquier, con tanta energía como sentía dentro, que le salía a raudales por los cuatro costados.

Lo primero de todo, era dar un vuelco a su casa, pues la veía de pronto aburrida y falta de color. Comenzó a dar vueltas a distintas posibilidades. Cavilando recordó haber oído algo sobre una forma antiquísima de decoración, pero que se había puesto muy de moda en los últimos años.

Sin dudarlo, fue corriendo a su librería habitual a ver qué le recomendaban. Allí, pudo comenzar a leer distintos títulos en los lomos de unos libros impecables situados en hilera: “El arte de decorar tu casa”, “Cómo hacer de tu hogar un espacio puro y confortable”, “Mil consejos para cambiar tu hogar” (¡mil!, ¿no van a ser muchos?, pensó, ¡con unos pocos menos me arreglo!), “Protege tu hábitat de energía negativa” (a ver… tanto como energía negativa… tampoco es; lo único, el perro de la vecina, que ladra mucho a deshoras y no se puede pegar ojo) (sí, la vecina duerme bien, menudo cómo se oye roncar, el problema es… en fin, voy a seguir mirando libros, se dijo), “Cómo cambiar tu vida dentro y fuera de tu hogar”… (¡éste, éste es el mejor; ya que me pongo, cambio todo a tope!, reflexionó). (Para ser sincera, la verdad es que lo dijo sin mucho meditar).

Con el libro bajo el brazo salió hacia casa, al llegar soltó el llavero sobre la mesa y abrió con ilusión por la primera página: “Para una vida plena, lo primero es reequilibrar las energías”. Aquella idea le subyugó. Porque las energías ya las llevaba de serie, como su coche el airbag. Pero tenía que ser estupendo eso de canalizarlas. Así que empezó a empaparse bien de cómo se reestructuraban y distribuían, no sólo por su casa, sino también en su vida entera.

A la media hora, ya le molestaban los zapatos, que aún no se había quitado, y la espalda se le empezaba a doblar intentando memorizar todas las indicaciones que daban los autores para repartir los flujos… Con algo de dolor de cabeza, decidió ponerse las zapatillas, saltarse aquellos capítulos aburridos, e ir a lo que interesaba: “Las puertas en ángulo generan buena suerte” (levantó el brazo en señal de victoria, ¡tengo dos!); “Cambiar el mobiliario activa la armonía” (si hay que moverlo todo, lo hago, pero… ¡no sé cómo voy a poder con el armario de seis cuerpos!); “El cabecero no puede estar ante una ventana, pues produce carácter irritable” (uy, pues Julia Roberts parecía muy feliz en aquella película con ese actor que nunca me acuerdo de su nombre… bueno, ¡da igual! ¡Si hay que quitarlo, se quita!); “Los espejos frente a la cama generan infidelidades” (¿¿Comorrrr???); “Si el espejo no se puede mover porque está pegado en la pared, puede instalarse delante un biombo que contrarreste las influencias negativas que empujan hacia el engaño conyugal” (¡Arrrgggggg!) (Y aquí, la verdad, sintió un poco de opresión en el pecho, todo hay que decirlo).

Se fue a beber un vaso de agua, a ver si se le pasaba un poco el tabardillo que le estaban produciendo aquellas recomendaciones, y echando un vistazo al pasillo, lo buscó deprisa en el índice con su dedo (índice también, por cierto)… Su tensión arterial se disparó al leer: “Los pasillos demasiado largos provocan disgustos entre hermanos”, así que fue rápidamente a coger el metro para ver si el suyo era largo o corto, cosa que, hasta entonces, nunca se había planteado. Y allí, en todo el medio, midiendo en cuclillas, miraba a la cocina, al baño, al salón, a todas las puertas, a la entrada… (¡Qué impotencia! ¡Voy a tener que cambiarme de casa!, se dijo, con un agobio que le impedía, a la vez, pensar con detenimiento y que le llegara el aire a los pulmones).

Al volver a coger el libro, se abrió al azar por el capítulo “Comprar peces de colores para atraer la fortuna” (¡¡¡Los peces de colores los va a comprar…!!!) (Y aquí, he de decir que, por suerte, a pesar del enfado que tenía, se contuvo, probablemente porque no quería que yo escribiera nada inconveniente al contarte esta historia).

Cogió las llaves, salió de casa con decisión, lanzó el libro con mucha… Bueno, digamos que con mucha… fuerza en el contenedor para reciclar papel, y se fue aliviada, respirando hondo, a la floristería, donde compró unas cuantas plantas para decorar distintos espacios de su bello, tranquilo, apacible, cómodo y acogedor hogar.