Viernes, 30 de octubre de 2020

Pensamientos junto al río

 

El río de la vida es luz y tiniebla entre el placer y el dolor.

 

El hombre busca en los espejos del río un transcurrir de sombra,
un sol que se refugia en los paisajes olvidados del tiempo.
El hombre mira el paisaje, descubre en su imagen la abundancia del día,

con sus horas ondulantes y épicas rimando con el viento, con el propio ritmo y la cadencia infinita de un oficio medido, ángulo del lejano del sueño y de lo real, visión de agua y tierra.

 

 

Al hundir la mirada para apresar esta imagen, diluidos sus contornos, todo su ser se confunde complacido y rendido ante su ser hermoso, pues como un hilo invisible permanece, cuando la luz despierta, antes de mostrarse con su hermoso rostro, al volar la mirada por la amplia sonrisa del firmamento azul.


En su lecho duerme la blancura perfecta del silencio; el silencio
como vuelo de alondras al nacer la mañana, al rumor de algún sol.
Ante su espejo el hombre es pensamiento multitud de nadie,
referencia de aquello que es.

 

 

¿Quién le nombra cuando no es río aún y es esa corriente saltarina, que retiene toda la espuma que llega a los sentidos, qué entretiene su memoria en las horas robadas a los días?.


 

El río de la vida es agua de roca, Paraíso de Dios

Las canciones aún brillan como el sol y la luna.

El río, mi deleite es más vasto que el océano, y es como el agua que fluye volviéndose a su fuente.

 

 

Las aves serán la tarde, el regreso, el día otra vez.
Pero, ¿quién, árbol o río, podrá guardar la vida de ahora?


Como el recuerdo de los días perdidos, así está la muerte
a solas, y es amargo su fluir cuando nadie la espera.
¡Oh las mañanas doradas, los cipreses, los cedros!

 

 Mañana ya no se moverá nada, nada cambiará.

El río de la vida, es el paraíso de Dios, es agua de roca, rosa creciente, río que riega, noche que alumbra, agua que anega.

Dejo el espejo encendido en la palidez de la tarde, para que nos diga donde recomienza el amor. Nos volvemos inseguros entre los muebles del abismo, cuando no encuentras nada, sólo el espejo que descifra un mecanismo de laberinto donde la ciudad se disuelve.