Viernes, 30 de octubre de 2020

El segundo viaje, por las orillas del río Urubamba

“Yo entiendo poco de dioses; pero me parece que el río es un dios fuerte y pardo, huraño, indómito y adusto”, así comienza T. S. Eliot el poema The dry slavages, en Cuatro Cuartetos (Cátedra 1987)

Con este librito en la mochila, leído, subrayado, anotado, arrugado, desde hace más de 15 años, compañero de tantos equipajes, emprendía yo mi aventura misionera, por las orillas del rio Urubamba, hace ahora un año. El poema de Eliot me daba ánimos, y, sobre todo, sentido para una experiencia irrepetible en un internado de la selva del sur oriente peruano, con los dominicos. https://www.selvasamazonicas.org/

Llegué  a Pangoa después de un larguísimo y sofocante viaje, río Urubamba abajo, lleno de curvas, angostura, polvo asfixiante, pues allí empezaba la primavera y todavía no había llovido lo suficiente.  En medio de aquella belleza que se hacía más densa e inquietante, a medida que entrábamos más adentro en la espesura de la ceja de selva, en un viejo Toyota que por aquellos derroteros no alcanzaría ni los 40 kms. hora, yo me preguntaba por qué había emprendido tal aventura.

La extrañeza, y ¿por qué no decirlo?, cierto temor, me embargaban. Había pasado unos días festivos en la misión de Koribeni, por el 40 aniversario de la población, hasta aquí parecería un viaje de turismo, pero se acercaba la hora de la verdad. Allí adentro, más lejos, donde ya no hay carretera, ni pista, sino solo camino de tierra roja y muda, no lejos del fabuloso y temido Pongo del Mainique, estaba mi destino,  Pangoa.

Cuando llegamos,  almorzamos algo improvisado, que consistía en arroz y papas, quizá un poco de yuca, algo semejante a lo que almorzaría y cenaría cada día a lo largo de los tres meses que pasé allí. Poco a poco los adolescentes fueron subiendo de la escuela, y nos dimos a conocer… También conocí los espacios, el pequeño habitáculo donde acomodaría mi dormitorio,  en la vieja casa de adobe, que podría ser como una pensión rural de lujo comparada con las construcciones de tablas donde vivía la población, o las viviendas de aquellos lugares más  apartados de donde procedían nuestros estudiantes. Poblados cuya distancia -ida y vuelta a la escuela- no podrían cubrir en una jornada a pie, por eso vivían en el internado.

En aquella casa nos alojábamos 47 adolescentes entre 12 y 18 años, la señora J., profesora del colegio y directora del internado y yo. Cada día subía la señora S. para preparar el almuerzo, en un hogar de leña, que previamente habrían cortado los chicos, al exterior junto a los gallineros, en la parte de atrás del comedor.

Vuelvo al río, al temor y la admiración que suscitaba en mí aquel paisaje, al sentimiento de vulnerabilidad y extrañeza que me embargaba constantemente, aquel vivir en ascuas, donde los jóvenes reían, jugaban, caminaban descalzos y corrían por el pasto en busca de serpientes para descabezarlas y evitar peligrosas picaduras, sobre todo en la zona de la leñera, que es donde se solían esconder. Lavar a mano, tender la ropa saltando sobre las gallinas y los insectos, o resbalando por el barro rojizo cuando por la noche había llovido torrencialmente, despertándome en más de una ocasión sobresaltada. Sí, vivir en ascuas.

Vuelvo al río y me pregunto por el sentido de ese viaje, ahora me doy cuenta que lo llevaba inscrito en el corazón desde hacía mucho tiempo, tal vez desde que era joven, cuando soñaba con las misiones. Sin embargo la vida nos va llevando por caminos trillados, obligaciones pactadas de antemano, familiares o profesionales, no siempre motivadoras ni satisfactorias. Pero de repente un día el suelo se empieza a remover,  el horizonte amenaza tormenta, una pequeña revolución copernicana  se opera en una vida que se deja transformar, porque como decía Saint-Exupéry hay que aprender a desacostumbrarse. Entonces uno lo deja todo, rompe con los miedos y las rutinas, cierra la puerta tras de sí y se marcha. En una vida adulta y madura un viaje así tiene un significado especial, no es lo mismo que una aventura juvenil.  Lo que G. O ´Collins llama el segundo viaje: “Es un viaje que comienza cuando el vigor de la juventud declina, cuando uno se da cuenta de la posibilidad de fracasar en la vida, y cuando los sueños de los años anteriores resultan superficiales y dejan de tener sentido. Esta es la crisis de la edad mediana, de la primera madurez, este es el segundo viaje. Es un tiempo de ansiedad y conmoción interior. Pero también puede ser un tiempo de revelación, de descubrimiento de nuevas perspectivas abiertas al espíritu humano” 

Quizá hay que haber conocido penas, duelos y fracasos, en un entorno demasiado seguro y acomodaticio, a pesar de todo,  para decidir volver a empezar tan de lejos y abrir el corazón tan de dentro a otras miradas, porque, en palabras del peruano Ciro Alegría, en verdad el mundo es ancho y ajeno.