Lunes, 26 de octubre de 2020

¿Por qué llama el Rey a los jueces?

Carlos Lesmes tiene la lengua muy larga. O es un mandao. Como presidente interino del Tribunal Supremo debería haberse callado la conversación privada que tuvo por teléfono con Felipe VI cuando este le llamó para expresarle un disgusto o un enfado. A no ser que sea el propio rey quien le ordenase hacer público el cabreo real por no poder asistir a la entrega de despachos a los nuevos jueces en Barcelona. El Gobierno dijo que no.

La visibilidad del rey aprovechando todas las ocasiones de gol le viene muy bien ahora mismo a la monarquía española que no está pasando por su mejor momento, después de lo que ha ido ocurriendo  en los últimos tiempos, desde el cuñado Urdangarin hasta el rey emérito. Y porque en el Congreso de los Diputados hay miembros del gobierno que mientan con frecuencia a la república, como sucedía en los años 30 con Alfonso XIII.

Es fácil entender que el rey defienda su área con campañas populares entre las que se cuenta la insólita visita de la reina a Vallecas, territorio escasamente real. Lo de salir a la calle, ir a los sitios donde está la vida de los ciudadanos y no solamente a los cines Princesa, me parece un acto mucho más natural que lo de antes. Y más rentable para su supervivencia.

Pero el rey no debe estar donde los jueces, para que no haya equívocos futuros o presentes. Apúntese una el gobierno que le cae tan mal a los que mandaron siempre.

Lo que salió por la boca de Lesmes, sea de su propiedad exclusiva o sea un mensaje, es una tremenda equivocación. La justicia se administra en nombre del rey, dijo el interino pastor de los jueces españoles. Pues no. Sea cual sea la forma, la separación de poderes en un Estado de Derecho no se negocia. Aunque Lesmes haya añadido la soberanía popular (faltaría más), lo de situar el rey como gerente de la justicia es un disparate.

En el acto de la Escuela Judicial de Barcelona estuvieron quienes debían estar: el ministro de Justicia, la fiscal general del Estado, y el presidente del Tribunal Superior  de Justicia de Cataluña como anfitrión. También debería haber estado el presidente del Tribunal Constitucional, Juan José González Rivas, pero a última hora decidió que no. Él sabrá. En una ceremonia de jueces solamente debe haber jueces. Pero tampoco faltar jueces si ocupan un cargo institucional.

Y no vale que el rey anterior, el rey emérito, haya acudido durante los últimos veinte años a hacerse la foto de familia con los jueces. Para que no haya malentendidos y por si acaso hay un mañana, el rey no debe estar con los jueces ahora mismo. ¿Por qué? Pues quizás porque lo único que diferencia a un fiscal español de un fiscal suizo es que el fiscal suizo es suizo. Por poner un ejemplo.

Si el rey actual ha rechazado la herencia del rey anterior, como hijo debe prescindir también de cosas como esta, más propias del padre.

Y si se trataba de dar empaque al acto de jueces, para eso ya estaba en primera fila el vocal José Antonio Ballestero, nombrado a propuesta del Partido Popular, Lo hizo mejor que nadie cuando al concluir el acto se levantó y gritó: ¡”Viva el Rey”! Nos trasladó de Cataluña a la Edad Media.

Que viva. Pero ejerciendo su oficio de Jefe del Estado, que no es poco. Y además de esta tarea, hacer lo que está haciendo en las plazas populares y añadir cosas propias de su estirpe como nombrar marqueses.

A nuestro paisano Vicente del Bosque le hizo marqués el rey emérito, o sea el rey anterior que tenía la costumbre de fotografiarse con los jueces. No sé si Vicente es más feliz ahora siendo marqués o lo contrario.

Cuando éramos jóvenes, Vicente del Bosque vivía en el Barrio Garrido, donde había muchas casas de ferroviarios que siempre tuvieron alguna tendencia a la revoltura política. Allí se crió y allí empezó a jugar al fútbol. Llegó a lo más alto y en el fútbol encontró todo. A ese barrio salmantino le tengo yo mucho cariño. En él vivía una noviecita joven y loca de estío, faldita tubo y chaquetón de pana colorá para el invierno. Se llamaba Pili, pero según la teoría almeriense de Lola S. Rozas debería haberse llamado Manolo. El tiempo no ha apagado  aquella lámpara, una de las cosas con vocación de eternidad son los días en que tuviste 20 años.

Florentino Pérez echó a Vicente del Real Madrid, después de triunfar el salmantino como futbolista y como entrenador. El presidente le puso en la calle porque Vicente no sabía inglés, y porque la cadera no le dejaba dar buena imagen. Ay, Florentino, qué error: tendrías que haber visto a Vicente Del Bosque joven, alto, delgadito, con melenas, y con esa labia que cautivó a Trini.

Florentino le sustituyó por un portugués bilingüe y guapito de cara. Fue un completo desastre.

En el caso del entrenador portugués las apariencias no sirvieron de nada. Pero en el caso del rey y los jueces, cuentan también.  Aunque lo que de verdad importa es que en un Estado de Derecho cada uno se sepa su papel. Así que cuando Carlos Lesmes habla por su voz o por boca de otro, cabría recuperar aquella frase bochornosa del rey emérito dirigiéndose al presidente de un país americano: ¡”Por qué no te callas!”

Y luego decirle al rey actual que estuvo bien el gobierno cuando le impidió acercarse a los jueces. Nunca es el momento, pero mucho menos ahora.

Como todos los dictadores, Franco tuvo pocos enigmas, salvo el de su nombramiento en el campo de Salamanca. Pero aún hoy nadie ha traducido su frase “No hay mal que por bien no venga”, cuando le mataron al sucesor Carrero Blanco, y su mujer le sacó de dudas con una pregunta: “¿Por qué no nombramos a Carlitos”? (Arias Navarro). Qué bien ha venido la pandemia que se lleva más de 100 españoles a diario a la tumba, pero que tapa todas las corrupciones de los políticos sean del partido que sean, y aplaza el debate sobre la monarquía, cuando el único monárquico que queda en España es Felipe González.