Viernes, 30 de octubre de 2020

Algo de tranquilidad

Volcán de Garrido. Foto de Emiliano Cruz Martín

Me he dado cuenta que la mochila de clase pesa cada vez más a medida que transcurre la semana. Los apuntes de las diversas asignaturas que curso se aglutinan en mi archivador, quizás buscando que los estudie con más atención antes de que sea demasiado tarde y me tenga que arrepentir de los resultados en los primeros exámenes. De manera casi rutinaria, termino todos los deberes sin falta y me prometo a mí mismo que lo haré lo mejor posible en los amenazantes parciales que acechan desde el calendario. Y es entonces cuando asaltan las dudas. ¿Caerá este ejercicio en el examen?, ¿esto es lo suficientemente importante para subrayarlo?, ¿fallaré en lo más fácil? Son mis cuestiones estudiantiles “favoritas” y que, de repetirlas año tras año, han terminado por adueñarse de una de las mejores suites de mis pensamientos. Debería jugar a la especulación inmobiliaria con ellas  y cobrarles altas cuotas, la verdad. Lidiar con ellas es complicado, pues sé que no se van a ir con centrar mis pensamientos de nuevo en las hojas abarrotadas de operaciones.

 Por ello se necesita un plan B para poder continuar como si nada de esto pudiera perjudicarme. Y mi plan B favorito es buscar la tranquilidad de las cosas que a primeras pueden parecer insignificantes. Y no solo los estudiantes queremos algo de tranquilidad, todas las personas sin distinción necesitan de ella. Echar un vistazo rápido a las redes sociales o a la galería de fotos del móvil con el fin de retrasar el momento del estudio, sin rozar la indeseable procrastinación, es algo poco tranquilizador y efectivo. Todos sabemos que ese “vistazo rápido” se prolongaría sin darse cuenta y llegaría a ser casi nocivo para nosotros. Es mucho mejor realizar tareas domésticas o hablar con un amigo antes de terminar pegado al móvil sin hacer nada productivo.

Mi actividad favorita para buscar la tranquilidad es pasear por los rincones de la ciudad con el fin de escapar de uno mismo. Y es que Salamanca goza de una gran cantidad de lugares donde puedes permitirte parar de pensar por una vez en todo. En el verano pasado, he dado tantos rodeos por la ciudad que he encontrado tantos como estrellas hay en el firmamento. Una tarde rara de septiembre y, por insistencia de mis amigos, acabé en lo alto del “Volcán de Garrido” y estuvimos en silencio viendo al sol escurrirse entre las nubes que oscurecían las calles y jugando a adivinar qué montañas lejanas divisábamos. El Volcán de Garrido o de Salamanca es un humilde mirador rayano al parque Würzburg y que nos muestra nuestra ciudad casi por completo. El bosque de las rojizas calles ordenadas del barrio que conviven con las altas torres de las Catedrales. La llanura dorada más allá del runrún de la ciudad. Supongo que, al fin y al cabo, subir los reducidos escalones de madera tatuada por los jóvenes mereció la pena. El Volcán de Garrido es la tranquilidad que merecemos para olvidarnos de la tormenta que se avecina.  Y, como lugar atractivo que es, también merece nuestro respeto y que sea cuidado adecuadamente y no se convierta en un escombrero o en el sitio idóneo para hacer botellones.