Casa desolada 

La casa de adobe, piedra, madera y teja, se cae sobre nosotros y se escapa por la chimenea derruida la historia que guarda en el lar de la lumbre, ahí donde habita el recuerdo del puchero, del gato al calor y de la silla de enea donde se sentaba, las pocas veces en las que se detenía, el amo de la casa. Aquel tiempo era laborioso y constante como el paso de las estaciones, y estaba marcado por las labores del campo y por los trabajos de la casa y el corral. Tapias adentro, todo bastaba y todo se sostenía y la ayuda de los demás no se requería más que para la siega, la matanza o la vendimia, cuando los brazos no sobran y cualquier ayuda es poca.

-No nos faltaba de nada.

Cuando Macu Vicente evoca su niñez de campo en el Libro “Centenares” que convirtiera en película otro niño de eras, el director de cine Basilio Martín Patino, habla de frío, de cobijo caliente, de calor humano, de compañía, de camas que chirriaban y desvanes misteriosos donde evocar lo desconocido. Eras y campos, cuadras y viejas estancias del olvido. Nuestras casas, ahora, son rectángulos limpios de polvo y paja, donde no anidan las telarañas ni el blanco secular de las paredes encaladas. Las casas, hechas por la mano del dueño, del habitante que se esmera en levantar las paredes y repasarlas con otra mano de piel cuando se ve la piedra, tenían una entidad que palpitaba, una solidez que consolaba, una historia ahora derruida.

En el poyo de piedra donde se sentaba el descanso gozando de un rayo de sol y de un ratito de charla con la labor, se amontonan los trozos caídos de un espacio ahora a la intemperie. Es pura piel, huesos de madera quemada, tejas que se sostienen en equilibrio bajo la lluvia que cae. Sacadas de la tierra, cocidas en el horno, las tejas castellanas se curvan como mano en la que se vierte el agua. Son materia viva, como la madera, el suelo hidráulico, pieza a pieza colocadas con el mimo del que va a pisar las baldosas del corazón, aunque a mí lo que me gustaba era el exquisito suelo de barro rojo que con el agua, parecía sangre. La casa sorprendía con sus rincones diversos, con sus sombras fecundas, con sus secretos polvorientos. La casa te helaba el corazón o te lo calentaba con creces cuando descubrías las vidas hacendosas, las vidas silenciosas, las vidas apagadas de los moradores de la pena, porque también había casas donde habitaba el silencio, y los niños no pasaban de la puerta dividida en dos.

-Los niños y los perros, a la puerta del chozo.

Cierro los ojos en las estancias de lo que no es el olvido y veo niños que corren, primos que se amontonan, baldes de zinc donde bañar al bebé antes de acostarlo a un lado de la cama. Las nuestras nunca fueron casas silenciosas, las nuestras nunca fueron casas heladoras aunque hiciera frío. Tenían ese calor rotundo y fuerte de la pana, la lana y la lumbre. Tenían vida sosegada, sí, pero palpitante, viva, renovada.

-Allí éramos todos como hermanos.

Memoria de amor que habita entre las paredes de mi casa.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.