Parece una cosa, pero es otra

            En un mundo que se rige más que nunca por lo que se ve, las cosas acaban aceptándose por lo que parecen. Cuando los llamados Padres de la Constitución acabaron de dar forma a nuestra ley suprema, estoy convencido que no esperaban ver, antes de fallecer, algún compañero de partido dispuesto a declararla no válida o, en otros casos, encontrar fórmulas más o menos ajustadas a la legalidad para poder bordearla. Todos fueron capaces de dar su brazo a torcer, es verdad que no sin esfuerzos, pero pensando más en nosotros que en ellos mismos. Ninguno era lerdo en la materia y todos conocían la idiosincrasia del español e intentaron dejar bien atados aquellos puntos que según sus presunciones podían ser susceptibles de alguna ofensiva. Sus temores, por desgracia, no han resultado equivocados.

            Aparte del coletazo sedicioso del 1-O, con la llegada de Sánchez al gobierno, nuestra Constitución está sufriendo las primeras embestidas marrulleras. Unas veces son los ministros de Podemos los encargados de dejar bien claras sus intenciones -hay que reconocer que, en este campo, no se esconden a la hora de hacer público su pintoresco programa-; pero otras veces es el propio presidente quien ve con buenos ojos las aspiraciones de Iglesias. En cualquier caso, suya es la iniciativa para ceder en todas las aspiraciones de independentistas, simpatizantes del terrorismo, partidarios de acabar con el régimen del 78 y toda clase de nacionalistas, si con ello consigue perpetuarse en el poder.

            En los últimos días, han sido tantas las depravaciones –seguidas del correspondiente desmentido- que se han cometido o anunciado, que uno no acaba de asimilar cómo es posible que no salgan a la palestra más personalidades de nuestra sociedad dispuestas a reprobar la maniobra que ha emprendido este gobierno y las graves consecuencias que se derivarán de ella.

            Si no era suficiente problema la terrible pandemia que con tanta violencia está socavando las bases de nuestra estabilidad, ha tenido que coincidir con la presencia de un personaje en La Moncloa decidido a pasar por encima de los principios medulares de nuestro ordenamiento jurídico, si con ello colma la ambición que exhibió para alcanzar el soñado poder.

            Consciente de que nunca alcanzará las tres quintas partes de votos del Congreso para reformar la Constitución, Sánchez está dispuesto a conseguirlo por la puerta de atrás. La historia se repite y, como decíamos la semana pasada, se quiere repetir la jugada de la Segunda República. Una ley de amnistía firmada por Azaña puso en la calle a los independentistas catalanes que habían protagonizado el golpe de Estado del 34, para salir a la calle convertidos en verdaderos héroes. Otra ley sacará a los condenados por el 1-O; y digo otra ley porque es de suponer que el indulto, cuyo inicio de trámite anunció el ministro de Justicia con manifiesto entusiasmo, tiene posibilidades de no llegar a buen puerto. No sería la primera vez que el Supremo enmendara un indulto. El peligro surge cuando la premura de unos PG que puedan sacar a Sánchez de un callejón sin salida, está haciendo posible una bochornosa bajada de pantalones como no se conocía en el Estado Español.

            De nada sirve que un día sí y otro también estemos asistiendo, desde numerosas instituciones y círculos de opinión, a todo un rosario de críticas –siempre basadas en datos constatados- sobre los tiempos y formas que se han empleado para combatir esta pandemia. El pasado día 24, el New York Times publicaba la siguiente noticia, cuya lectura recomiendo: La incompetencia de los políticos españoles puede ser tan mortal como la COVID-19. Hubo fallos y negligencias con ocasión de la llamada primera ola de contagios, y volvemos a tropezar en las mismas piedras en lo que ya es la segunda. Visto el primer fracaso, el gobierno no está dispuesto a asumir el segundo y, sencillamente, se ha quitado de en medio. En marzo, sobrepasado por los acontecimientos, aplicó el estado de alarma para asumir todas las atribuciones. Ahora, que la situación vuelve a ser tan grave como, huye de la responsabilidad como el gato del agua escaldada. Si la Comunidad de Madrid corre peligro de repetir los datos de la primera oleada – cosa muy probable- y el gobierno quiere evitarlo -¡que es su obligación!- es el único que dispone de todas las atribuciones legales para decretar su confinamiento. Lo malo es que debería aplicar esa medida a todos los lugares que arrojan las mismas proporciones que Madrid, y eso resta votos. Es mucho más cómodo lanzar a la calle a sus palmeros para tratar de recuperar la plaza de Madrid, que tanto se resiste.

            En plena tormenta, ahogados en una crisis que ya está poniendo en peligro la mera subsistencia de muchos ciudadanos, el gobierno está empeñado en otra batalla. Ni los miles de muertos -los “oficiales”, los reales y los futuros-, ni la crisis económica, ni las continuas alcaldadas contra la Constitución y la democracia, ni el nuevo caos en la sanidad y la educación. Se ve que nada es importante si no sirve para apuntalar a un gobierno que se niega a cumplir lo que prometió cuando tomó posesión, y que está dispuesto a vender su integridad por un plato de lentejas; eso sí, aliñadas con ataques a la Corona y con concesiones a independentistas y socios de terroristas. Desde que le auparon a La Moncloa, Sánchez no ha dejado de llevar a cabo aquellas medidas que prometió no aplicar nunca. El procedimiento siempre es el mismo: anunciar una medida y poner en práctica la contraria. Cuando se le reprocha tal felonía, pone cara de póker, se olvida de la interpelación y tacha al interpelante de anti demócrata, desleal y mentiroso.

            En España hemos llegado a tal estado de cosas que tenemos asumida la mentira como la forma de manejarse los políticos. Lo que no habíamos visto desde que escogimos el régimen del 78 es un presidente del gobierno dispuesto a terminar con ese régimen pasando por encima de cualquier norma legal y, lo que es más grave, pretendiendo que todos los españoles lo aceptemos sin más y que, de no hacerlo, seremos los únicos responsables de la debacle.

            Si se menosprecia la figura del Jefe del Estado hasta el extremo de la calumnia, después de haberse comprometido a serle leal ante esa misma Constitución, todo para acceder a los deseos de una facción de secesionistas que dicen no sentirse españoles y estar dispuestos a repetir su intento, y se miente alegando unas razones que rápidamente quedan en entredicho – si tengo que posicionarme sobre la veracidad de las versiones dadas desde la Zarzuela y desde la Moncloa, lo tengo muy claro- se está dando un paso para acabar con la unidad de España y, a la vez, complacer a quienes han supeditado su apoyo a ese primer requisito. Ese gobierno parece una cosa, pero es otra.

            Si se propicia una utilización interesada –y descarada- de algunas instituciones de la Justicia, que deben mantener siempre su condición de independientes, y se está alardeando de exquisita democracia y moderno progresismo, se está entrando en el campo de un populismo antesala de dictaduras. Ese gobierno parece una cosa, pero es otra.

            Si se mira para otro lado cuando un vicepresidente se permite la licencia de asegurar en sede parlamentaria que se esforzará para que los partidos conservadores no vuelvan a sentarse en los bancos del gobierno, se está amparando una amenaza que recuerda otras pronunciadas en el mismo lugar, hace 84 años, que se tradujeron en ejecuciones frente populistas. También se es cómplice cuando un ministro asegura que el Rey maniobra contra el gobierno y se le defiende a capa y espada. Lo que sucede es que ese gobierno parece una cosa, pero es otra.

            Si se promete en sede parlamentaria vigilar el estricto cumplimiento de las penas para los condenados por el delito de sedición, pero se maquina lo necesario para modificar a la baja el código civil, y se intercambia el posible voto de apoyo de los partidos secesionistas con la promesa de facilitar su rápida salida de prisión, hablamos de un personaje que parece una cosa, pero es otra.