De momento es septiembre

Nunca me había alegrado tanto de que llegase otro septiembre. Siempre me ha parecido uno de los meses más peculiares y especiales de todo el calendario, el que encierra un misterio que no podemos desentrañar. Me atrevería a decir que es mágico. Septiembre puede abrir y cerrar puertas a su antojo, como si fuera el amo de llaves del tiempo que nos hemos empeñado en controlar. No hacen faltan relojes de pulsera ni calendarios absurdos de pared para saber que algo está cambiando, algo que no está en nuestras manos.. Septiembre entra en escena de forma inesperada. Lo sientes a tu lado. Sientes como te vigila y te da señales de su aparición. Los abrasadores rayos de sol que doraban las tardes de verano, desaparecen lentamente y se vuelven tenues al traspasar los visillos. El cielo que se destiñe lentamente. Las hojas olvidadas y abandonadas que se amontonan en las esquinas. Efectivamente, es septiembre abriendo la puerta del otoño. Deja atrás un verano que ha podido ser mejor o peor y da miedo olvidarse de todo lo que ha pasado en esos días estivales saturados de color. Los recuerdos de planes que ya no se vivirán, las fotos que colapsan las galerías de los móviles, las páginas leídas de aquella novela. Todo eso pertenece a otra época distinta. Este mes es un marcapáginas, que marca el inicio de otro capítulo más, otra etapa más como el curso escolar que empieza bruscamente o mis andaduras en esta columna. Septiembre es un golpe de realidad y nadie podría darlo tan bien como lo hace este mes.

Yo soy muy dado a cuestionarme demasiado las cosas, algo que ya me han reprochado para no acarrearme dolores de cabeza innecesarios, pero yo sigo a mi rollo. En septiembre, en condiciones normales, no hago otra cosa que pensar en el nuevo curso escolar y en todo lo que conlleva. Organizar los cajones de la mesa de estudio, colocar los libros por orden de preferencia, revisar los apuntes de otros años y guardar meticulosamente los de éste. “Que nunca falte el orden”, ese es mi mantra favorito. Un orden que me parece imposible de lograr al tiempo que escribo esto. Utilizo este tortuoso ritual anual para pensar en las actitudes que debo cambiar de cara a la nueva etapa que empieza. Que si prestar más atención a los profesores, estudiar más las asignaturas que menos me gustan, llevarlo todo al día, no quejarme tanto… Me río yo de los propósitos de año nuevo comparados con los de nuevo curso escolar. Otra cosa que me gusta hacer es desear algo antes de volver al pupitre. Puede parecer trivial, pero mirar con retrospectiva todo lo pedido me hace darme cuenta de cómo han ido cambiado mis prioridades. Y creo que es ahí uno se da cuenta de lo que significa crecer, pues saber qué necesitas y más en el momento que vivimos, es cuánto menos importante. Pero aunque tú tengas un objetivo, septiembre siempre tiene un plan distinto, capaz de ponerlo todo patas arriba una vez más. Ya me gustaría poder predecir el futuro como las videntes de la televisión que solo viven después de la medianoche. Así no me arriesgaría a ser tan timorato otro curso más. Aunque he de decir que me intriga saber qué nos va a pasar con el bicho acechando las aulas. Empezar de cero y no volver a tener “enseñanza” online, eso le pido yo al nuevo curso. Sin embargo, mi pesimismo lo ve difícil. Lo único que sé es que de momento es septiembre.