El juguete sexual como catalizador de nuestro autoconocimiento

Sobre consolador más antiguo del mundo hasta ahora registrado, tallado y pulido en piedra, pesan nada más y nada menos que 30.000 años de antigüedad

Con su ejemplar más antiguo bajo el peso de 30.000 años de antigüedad, los juguetes sexuales de la prehistoria han cambiado mucho a lo largo del tiempo. Nuestro sex shop de confianza es todo un museo de innovación en la materia. Y es que el placer sexual, en soledad o compartido, no es más que un ritual para conocer y conocernos.

Al menos 30.000 años de antigüedad

Más allá de su propósito estrechamente vinculado a la preservación de una especie, algunos mamíferos, como es el caso del ser humano, hemos encontrado en el sexo una válvula de placer y escape que nos une tanto a nuestros semejantes, como a nuestra propia identidad. La naturaleza de nuestro organismo está sabiamente dotada de ciertas zonas erógenas, es decir, sensibles al placer. Razón por la que, añadiendo a la ecuación el ingenio característico de la criatura humana, la evolución del placer y los recursos para alcanzarlo nos han acompañado a lo largo de toda nuestra historia. De hecho, sobre el consolador más antiguo del mundo hasta ahora registrado, tallado y pulido en piedra, pesan nada más y nada menos que 30.000 años de antigüedad.

Si bien este ejemplo prehistórico puede parecer muy rudimentario, otros hitos de la historia del juguete sexual resultan todavía más interesantes. Aunque muchos lo hayan tachado de un mero rumor, se han escrito largas páginas hablando sobre la incursión de Cleopatra en lo que habría sido un vibrador primigenio. Según cuenta la rumorología, la última reina del Antiguo Egipto guardaba abejas en una pequeña caja que después acercaba a su zona íntima para su disfrute. Sea verdad o mito, la realidad es que hoy en día podemos encontrar todo tipo de artilugios en nuestro Sex Shop habitual. Para todos los gustos, de todos los colores y motivo ritual de muchos de nosotros.   

Conocer y conocerse

En este preciso punto es preciso matizar que la ritualización del sexo, o del autoplacer, no tiene nada que ver con ninguna secta o rito estrambótico. Un ritual consiste en una celebración en pequeño comité que, en el caso del sexo, se serviría del sexo con un hermoso propósito: conocer y, más allá, conocerse. A pesar de la inversión en materia de educación sexual en las escuelas, muchos individuos llegan a la adultez sin apenas haber explorado el estimulante vergel de su propio placer. A menudo, quizás por falta de espíritu emprendedor, o de la losa que mantiene el disfrute sexual como un perpetuo tabú, el ser humano se olvida de uno de sus grandes superpoderes: la capacidad de darse placer.

Ello guarda también relación con los límites basados en el género que nos hemos obcecado en imponer para cada uno. En el caso de los vibradores, por ejemplo, aunque prácticamente todos conozcan el aclamado succionador de clítoris para estimular el cuerpo femenino, el cuerpo masculino queda apartado en el cajón de la ausencia. Un hecho que, siendo a causa de la imposición de los roles de género o de simplemente la retomada cuestión tabú que ello sugiere, nos deja a la mitad de nuestra capacidad sexual. Y es por ello preciso devolver al sexo la sencillez que merece: su normalización.


La normalización del sexo

Muchas personas, a veces demasiadas, se escudan tras el conservadurismo para tratar de ocultar el placer como si fuera aún un pecado estremecedoramente punible. Sin embargo, y aunque reservar el sexo y el autoplacer para una hermética identidad sea lo que se espere de ello, ocultarnos a nosotros mismos nuestro propio placer hace un flaco favor a nuestra felicidad y, más allá, a nuestra condición de seres humanos. Nuestro organismo reacciona mediante unos impulsos que, a través de todo un embrollo de circuitos, llegan a nuestro cerebro y nos dictan qué sentir. Por ello, tanto es natural sentir alegría, terror o melancolía, como dejarse llevar por el placer.

La normalización del sexo no consiste en llevar su peculiar campo de juego al escenario público, sino quitarle de encima el aparatoso yugo del tabú. Ya en nuestra infancia, el reconocimiento de nuestro propio cuerpo tarde o temprano recorre nuestros rincones más erógenos. Se trata tan sólo de una exploración natural que, tras un tiempo, si se aborda, trascenderá el trabajo manual para encontrar el juguete sexual y alzarlo como ídolo del templo del placer más terrenal.

Se trata de puentes que, si bien no siempre aseguran una aceleración del codiciado orgasmo, subvierten el rigor del autoplacer, y del sexo compartido, para hallar en él divertidísimos caminos. La sentencia es dura, pero incluso algunas parejas deben su relación sexual a la aportación de sus juguetes sexuales. Además, también confieren nuevas dinámicas y descubrimientos que, en definitiva y como se ha mencionado, obran en pro de nuestra introspección. He de ahí, nuevamente, la noción del placer como ritual indivisible de nuestra experiencia humana.

De la histeria femenina al sex shop

Desafortunadamente, el camino de la innovación y la inversión en I+D de los primeros vibradores y consoladores como tal toma como origen el tratamiento de la llamada “histeria femenina”. En este supuesto, anticuado y totalmente desvinculado de la realidad, los médicos del s. XIX empleaban estos utensilios, según ellos, para paliar el malestar cuando se daba en mujeres bajo el nombre de “masaje pelviano”. Si bien este método fue quedando en el olvido por suerte para todos, ello cristalizó a finales de los sesenta en manos del estadounidense Ted Marche, pionero de los juguetes eróticos.

Desde entonces, la tecnología ha allanado el camino y los consoladores, cada vez más seguros, ergonómicos y adaptados a nuestra morfología, son una herramienta de placer que habita en muchísimos de nuestros hogares. En el mercado, encontramos desde vibradores cuyo diseño se adapta con precisión a los genitales femeninos, hasta una fantasía de rugosidades y estrías en los masturbadores que se sirve de la forma del miembro masculino para lograr su propósito. Los recursos están ahí y tan sólo existe una frontera: la curiosidad ante nuestros propios sentidos.