Martes, 22 de septiembre de 2020

“Deporte rey” de sofá

No creo que sea la mejor viñeta del recordado Forges, un genio que creó tropescientasmil, pero sí define muy bien el tema del artículo de hoy: “Están una pareja de novios acaramelados y en ese momento de besos y ternura le sugiere ella: ‘Anda, Mariano, dime algo bonito’. Él le contesta: ‘¿Algo bonito dices? Goooooool, Gooooool, Gol, Gol, Gol… Gol de Sergio. Gooooooooool”.

Esto es pasión y esto es fútbol. Arranca La Liga y estamos ante un campeonato más de sofá que nunca. Pero lo esencial no va a cambiar. ¿Qué aficionado no apreció algún tipo de éxtasis con aquellos goles que a través de las ondas cantaba como nadie el locutor argentino Héctor del Mar? Después han surgido imitadores, pero cantados como aquellos, ninguno. ¿Qué tiene el fútbol? ¿Qué tendrá cuando arrastra a tanta gente? ¿Arte? Yo he seguido el fútbol como enteradillo, nada más. Empeño difícil, pues al fútbol se le ama o se le detesta, pero mantenernos en un campo de refugio es muy difícil.

Sin embargo, puedo contestar a la pregunta que dejábamos en el aire. ¿Es el fútbol un arte? Con esa transversalidad que nos dan los años, he conocido individualidades de tal vistosidad, que puedo decir que a veces es un arte. Conocí a Di Stéfano, un todoterreno genial, pero la denominación de artistas se la adjudicaría a los Amancio, Best, Cruyff, Maradona, Ronaldinho, Romario, Futre, Neymar y Messi, jugadores con magia. Pocos más. El arte es una emoción y estos fueron y son jugadores que llegan o llegaron a emocionar. A partir de ahí, en un aparte, vienen los buenos futbolistas. Esos que acaparan una o varias de las grandes virtudes que necesita un juego de equipo: Remate, velocidad, coraje, corazón, fuerza, desmarque, astucia, etc. Imagino que con esas virtudes al aficionado le saltarán a la cabeza muchos jugadores. Kubala, Pelé, Gento, Marcial, Netzer, Gárate, Schuster, Redondo, Ronaldo Nazario, Zidane, Ronaldo, Raúl, Guti, Figo, Laudrup, Modric, etc.

Con lo anterior, o sea, los mimbres, comienza el juego, que ya hemos dicho que quizá en su totalidad el fútbol no sea un arte, sino algo parecido al ajedrez, al que se le conoce como juego y también como deporte, y en este juego han existido jugadores artistas como Bobby Fischer. Y sin dejar el ajedrez, entremos en la partida y sepamos que apoderarse del centro del campo o centro del tablero siempre será importante. Después, cuando el juego se trabe o se disloque, habrá que atacar por ese flanco donde nos dirija la razón o la intuición.

Hasta aquí, con estos escasos conocimientos y una cervecita sin alcohol bien fría, servidor presume de ver esos partidos -siempre fútbol de sofá- que merecen la pena. Y, salvo problemas puntuales, durante la hora y media se abstrae y no piensa en nada. ¿Es eso ocio? Pues entonces el ser humano necesita del ocio. En mi caso, quizá por suerte, como será la de muchos y muchas, mi ocio se dispersa hacia otras recreaciones de la vida. Con lo que, a veces, una buena película u otras actividades culturales o propias del medio y la naturaleza le ganan al fútbol y son estas las que nos sacan de casa. (Ahora con la pandemia seremos responsables y, sin dejar de salir, veremos más partidos).

El fútbol y la cultura -cine, teatro, exposiciones-, a veces enfrentados, están condenados a entenderse. Los llevamos en los genes. Coloquémosle en su trayectoria una pelota a un niño casi bebé y seguro que le dará una patada. Del fútbol dicen que lo inventaron los ingleses. Nosotros decimos que no. Le pusieron las normas, eso sí, pero el fútbol ya estaba en el Coliseum, eran los gladiadores batiéndose ante sesenta y cinco mil espectadores o las recreaciones de las antiguas batallas. El fútbol es la guerra civilizada. Es la caza. Quizá una necesidad del instinto.